Escojan pues, la Sabiduría.

(32do Domingo Ordinario: Sabiduría 6:12-16; 1 Tesalonicenses 4:13-18; Mateo 25:1-13)

La parábola de las jóvenes necias y prudentes es una historia con moraleja. Habiendo fracasado en su afán de dar la bienvenida al novio cuando llegó, las necias ya no están bienvenidas de entrar a la fiesta. Su falta de sabiduría les salió caro. 

Jesús advierte a sus discípulos a que sean como las jóvenes sabias, no solamente anticipando su regreso sino también haciendo lo que sea necesario para estar preparados.

En la Biblia, la sabiduría abarca muchas ideas, tales como habilidades prácticas, sagacidad, pensamientos profundos y, como en la parábola, prudencia. Esto también incluye el estudio de las Escrituras, para tener la capacidad de aplicar el conocimiento adquirido, en vistas de distinguir lo bueno de lo malo, en concordancia con la voluntad de Dios. 

Tal cual leemos hoy en el Salmo 63, “Me acuerdo de ti en mi lecho y en las horas de la noche medito en ti”. En otro salmo (119) encontramos el famoso versículo, “Tu palabra es una lámpara para mis pasos, y una luz en mi camino”.

Pero a menos que se desee la sabiduría, esta no podrá ser encontrada. Es por eso que, en 1846, una Bella Señora se apareció a dos humildes niños en los Alpes Franceses, en un globo de luz. Ella quiso que sus palabras fueran lámpara para los pies y luz en los caminos de su pueblo.

Por su belleza y bondad, nos atrae, como a Melania y Maximino, a su luz, o más precisamente, a la luz de su Hijo crucificado. Virgen sabia como ella es, hay cosas de las cuales ella, como San Pablo, no quiere que quedemos indiferentes. Así que ilumina el camino entre Jesús y su pueblo, y nos muestra la brecha que el pecado crea entre él y nosotros.

Por último, por medio de su compasión, ella nos hace esperar la sabiduría que viene con el arrepentimiento, como también los beneficios prometidos a aquellos que vuelven al Señor. 

María habla de la oración, del Día del Señor, de la Misa, y de la cuaresma. Esto, junto con nuestro compromiso personal y devoción, son como el aceite en la parábola, símbolo de la constante renovación de nuestra vida en Cristo. 

Que nuestra lámpara esté siempre encendida para que junto al Salmista recemos, “Yo te contemplé en el Santuario para ver tu poder y tu gloria... soy feliz a la sombra de tus alas”.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

¡Miren cómo nos amó!

(Todos los Santos: Apocalipsis 7:2-4, 9-14; 1 Juan 3:1‑3; Mateo 5:1-12)

Hay dos temas recurrentes en las lecturas de hoy: recuento, y pureza.

En el Apocalipsis vemos entre los salvos a dos grupos: ciento cuarenta y cuatro mil de las tribus de Israel, y la multitud que nadie podía contar. En la 1era de Juan, nosotros somos contados (llamados) como hijos de Dios. Y hay una lista en el Evangelio enumerando muchas beatitudes – una especie de manual del discipulado.

Una de estas dice: “Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios”. Juan escribe, “El que tiene esta esperanza... se purifica”. Y en la primera lectura, las multitudes incontables “han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero”.

El Salmo une los dos temas en estas palabras: “¿Quién podrá subir a la Montaña del Señor y permanecer en su recinto sagrado? El que tiene las manos limpias y puro el corazón; el que no rinde culto a los ídolos”.

Deseamos ser contados entre los “servidores de nuestro Dios”, el término usado en el Apocalipsis. Para permanecer verdaderamente fieles en su servicio, necesitamos tener puro el corazón.

Esta noción es similar a la del oro puro; Todas las impurezas han sido removidas. En términos morales, se refiere a la integridad de la vida cristiana, la perfección del amor cristiano.

En nuestro contexto Saletense, podemos parafrasear a San Juan: “¡Miren cómo nos amó la Bella Señora! Nos llama sus hijos, su pueblo”. Al portar sobre su pecho la imagen radiante de su Hijo, ella nos muestra la misericordia infinita de Dios. Como en todas las lecturas de hoy, ella nos ofrece una esperanza brillante, que, sin embargo, se basa en un requisito básico: la sumisión, a la que ella también llama conversión.

Esta urgencia no tiene porqué desalentarnos o, peor aún, llenarnos de escrúpulos. Aun así, nos invita a un compromiso serio con la persona de Jesucristo y a la práctica de nuestra fe, a la humilde aceptación de las enseñanzas de la Iglesia, y a la honesta examinación de la conciencia.

San Juan nos dice que veremos a Dios tal cual es. Que nuestra oración sea tal que, con sencillez y humildad de corazón, podamos tener asegurada la esperanza de ser contados entre los que buscan el amable rostro de Dios.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

La Reputación

(30mo Domingo Ordinario: Éxodo 22:20-26; 1 Tesalonicenses 1:5-10; Mateo 22:34-40)

Nadie nunca podría acusar a San Pablo de adulación. Así que, cuando escribe a los tesalonicenses, ustedes “llegaron a ser un modelo para todos los creyentes, lo está diciendo de verdad. 

¡Cuán distinto son a las palabras de la Bella Señora! Su pueblo, lejos de ser tomado como modelo, se ganó una reputación completamente opuesta, que podría ser identificada como flojera espiritual. Después de su Aparición, sin embargo, un cierto número de personas, el papá de Maximino entre ellas, decidieron limpiar su imagen, por así decirlo. 

Una buena reputación es importante. A ninguno de nosotros nos gusta hacer el ridículo, que nos insulten o que nos hagan sentir menos de lo que deberíamos ser. Todos preferiríamos ser reconocidos más por el bien que hacemos que por nuestros defectos. 

Pablo les dice a los tesalonicenses que otras comunidades cristianas han oído de “cómo se convirtieron a Dios, abandonando los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero”. De ese modo ellos observaron el más grande de los mandamientos. 

Pero ellos también observaron el mandamiento de amar a su prójimo. Fueron conocidos por su celo misionero: “de allí partió la Palabra del Señor, que no sólo resonó en Macedonia y Acaya: en todas partes se ha difundido la fe que ustedes tienen en Dios”.

Los Misioneros de La Salette, las Hermanas y los Laicos cuentan con una reputación, entre otras cosas, por un buen espíritu de acogida y un deseo de promover la reconciliación. Como individuos nosotros algunas veces nos quedamos cortos, pero esperamos que se diga de nosotros que nuestro amor por Dios es tan grande que se desborda en amor por nuestro prójimo.

Debemos mantener un cierto equilibrio, especialmente cuando nuestra fe pudiera no ser bien recibida en la tierra extrajera que es ahora nuestra sociedad moderna y secular. Es entonces cuando el testimonio de nuestro modo de vida cristiano importa más.

Esto incluye la famosa lista de los frutos del Espíritu de Pablo: ”amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia”. Podríamos también añadir el testimonio de María en La Salette: sus lágrimas y su oración constante, en respuesta al pecado y al sufrimiento.

De esta manera podemos esperar vivir en paz con todos. Ojalá que nuestra reputación, al menos pueda despertar la curiosidad en los demás, y atraerlos a Aquel que nos atrajo a nosotros. 

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Cuenten su Gloria

(29no Domingo Ordinario: Isaías 45:1-6; 1 Tesalonicenses 1:1-5; Mateo 22:15-21)

Nuestra Señora les dijo a Maximino y a Melania que hicieran conocer su mensaje a todo su pueblo. En principio, aquello se trataba de contar lo que ellos habían visto y oído. El Salmo de hoy sugiere, sin embargo, un significado más profundo.

Anuncien su gloria entre las naciones, y sus maravillas entre los pueblos”. El regocijo contenido en estas palabras muestra que, aquí tampoco se trata de un tema de transmisión de información, sino de compartir el entusiasmo de nuestra fe.

La Bella Señora expresa su tristeza no solamente debido a la pobre asistencia a la Misa durante el verano, sino también por la actitud irrespetuosa de aquellos que van a la iglesia en invierno, solamente para burlarse de la religión. 

Por experiencia propia sabemos la diferencia entre asistir a Misa y participar de ella plenamente. Las distracciones son muchas e inevitables, nuestra intención al menos debe ser, como dice el salmista de hoy, para “adorar al Señor al manifestarse su santidad“, respondiendo a su sagrado nombre. 

Dar gloria a Dios es eje del acontecimiento de La Salette. Lo hacemos cuando honramos su nombre, respetamos su día de descanso, observamos las penitencias cuaresmales, rezamos bien y con fervor, y reconocemos su cuidado paternal en nuestras vidas.

Pero es en la Misa, el lugar por excelencia de la Iglesia para la adoración publica, en donde podemos exclamar: “¡Aclamen al Señor, familias de los pueblos, aclamen la gloria y el poder del Señor; aclamen la gloria del nombre del Señor!”.

La Eucaristía es llamada “la fuente y culmen de toda la vida cristiana”. Todo lo demás en nuestra vida de fe fluye de ella, y todo nos conduce de vuelta a ella. Ella “contiene todo el bien espiritual de la Iglesia” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1324).

Esto tiene consecuencias prácticas para nosotros. No solamente debemos dar gloria a Dios en la celebración digna del Sacramento, sino que debemos vivir de tal modo en la esfera pública como para “dar a Dios, lo que es de Dios”.

¿Acaso no era esto lo que María estaba haciendo cuando cantaba su Magníficat?

San Pablo escribe, “La Buena Noticia que les hemos anunciado llegó hasta ustedes, no solamente con palabras, sino acompañada de poder, de la acción del Espíritu Santo y de toda clase de dones”. Esta es la meta a la cual debemos aspirar a llegar.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

El Señor Proveerá

(28vo Domingo Ordinario: Isaías 25:6-10; Filipenses 4:12-20; Mateo 22:1-14)

En la primera lectura sólo hay que echar una mirada a todas las cosas que Dios promete aprovisionar a su pueblo. La figura de manjares suculentos y vinos añejados es tan tentadora, casi podría distraernos de todo lo demás.

Hay tanto más: “el destruirá la Muerte para siempre; enjugará las lágrimas de todos los rostros, y borrará sobre toda la tierra el oprobio de su pueblo”. Vemos que en cada caso la intervención de Dios es definitiva, completa. 

Así también en el Salmo de hoy, se resume la realidad desde nuestra perspectiva: “Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque Tú estás conmigo”.

Y aun así, parece que hoy en día estas imágenes han perdido su atractivo. Es como los invitados a la boda que no solo no quisieron venir a la fiesta, sino que abusaron de los mensajeros. Cuan desalentador puede ser esto para los creyentes el ver disminuir sus números.

En 1846, el legado anticlerical de la Revolución Francesa aún era fuerte. Ese era el contexto de la Aparición de María en La Salette. Recriminando a su pueblo, ella esperaba removerlo de su culpa; hablando de la muerte de niños pequeños, ella esperaba que su pueblo volviese a confiar en Aquel que ha destruido la muerte para siempre. 

Es una cosa, como San Pablo, saber vivir tanto en las privaciones como en la abundancia, materialmente hablando. Mucha gente sabe arreglárselas. Pero es otra cosa muy distinta privarnos de lo que el Señor nos ofrece. San Pablo hace una promesa tan maravillosa como la de Isaías: “Dios colmará con magnificencia todas las necesidades de ustedes, conforme a su riqueza, en Cristo Jesús”.

Esto necesita principalmente una cosa: el traje de fiesta, que es la fe. Y la fe viva que la Bella Señora desea hacer renacer en nosotros nos hará capaces de hacer las tres cosas que ella nos pide: convertirnos, rezar bien, y hace conocer su mensaje. 

La conversión incluye, pero no está restringida al hecho de acercarnos de nuevo a los Sacramentos. Si recordamos los siete pecados “Capitales” podemos pedirle al Señor que “ilumine nuestros corazones”, para que podamos discernir las virtudes y los comportamientos que necesitamos cultivar personalmente, “para que podamos valorar la esperanza a la que hemos sido llamados”.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Angustia, con Confianza

(27mo Domingo Ordinario: Isaías 5:1-7; Filipenses 4:6-9; Mateo 21:33-43)

San Pablo escribe, “No se angustien por nada”. Seguramente no es algo realista. De hecho, el mismo Apóstol escribió a los Corintios, “me presenté ante ustedes débil, temeroso y vacilante” (1 Cor 2:3).

El mundo que habitamos siempre le dio a cada generación un amplio motivo de preocupación. Los desastres naturales, las enfermedades, las tensiones sociales, la inseguridad económica nos rodean por todas partes. También nos toca lidiar con pérdidas personales, conflictos, inseguridad personal, etc. ¿Cómo así va a ser posible vivir libres de angustia?

Para algunos es aún más difícil encontrar tiempo para rezar, o sentirse a gusto en la oración tanto como para vivir en la paz de Cristo. 

Extrañamente, la canción de Isaías acerca de la viña de su amigo estaba, de hecho, dirigida a aumentar más la tensión de su pueblo. Las cosas que el Señor le hará a su viña se enumeran con el propósito de llamar la atención de su pueblo. El preferiría no castigarlo, pero ¿de qué otro modo podría persuadirlo para que cambie su proceder?

En La Salette, María usó la misma estrategia que Isaías, y para el mismo propósito. Si su pueblo no quería someterse, las causas de la angustia no harían más que seguir empeorando y sólo sería por culpa del propio pueblo, porque, a su manera, como los jefes de los sacerdotes y los ancianos en el Evangelio, aquel pueblo había rechazado a su Hijo.

Es ciertamente apropiado para nosotros aplicar el mensaje de Isaías, y de María, a nosotros mismos. La viña plantada por Dios con mucha dedicación en cada uno de nosotros en nuestro bautismo, necesita ser regada y podada, para que produzca uvas dulces apropiadas hacer un vino fino. La Bella Señora nos proporciona un examen de conciencia, en vistas de nuestra conversión permanente. 

San Pablo sigue diciendo, “En cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias”. Cuando la gratitud se convierte en el centro de nuestra oración, la confianza se fortalece. Llega a formar parte de una oración bien hecha.

En este contexto, yo recomiendo bastante el Libro de Tobías, como un ejemplo maravilloso. Dos personas infelices, en ambientes separados, claman por la muerte, en cada caso la oración comienza con ¡una alabanza a Dios! ¿Son la angustia y la confianza incompatibles? No, pero el amor y las lágrimas de María nos inspirarán confianza y nos librarán de la angustia.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Ver los Signos, Ser Signos

(26to Domingo Ordinario: Ezequiel 18:25-28; Filipenses 2:1-11; Mateo 21:28-32)

“¡Ustedes no hacen caso!” dice la Bella Señora, hablando de su trabajo en favor de nosotros. Un poco más tarde, en referencia a las pobres cosechas vuelve a decir: “Se los hice ver el año pasado con respecto a las papas: pero no hicieron caso”.

La actitud que ella describe podría tratarse de un simple descuido, una incapacidad de darse cuenta. Después de todo, ¿Cómo podrían los cristianos de poca fe como estos, ser capaces de reconocer los signos que vienen del cielo? Pero aquello no es una excusa, porque ni siquiera se tomaron la molestia de mirar.

En el Evangelio, Jesús les dice a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos: “Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él”. El jefe de los sacerdotes y los ancianos eran conscientes de esto, pero no lo vieron como un signo, mucho menos dirigido a ellos. Esto es lo que San Pablo llama de vanagloria.

Los Misioneros se Nuestra Señora de La Salette declaran en su Regla, “Atentos a los signos de los tiempos, de acuerdo a nuestro carisma, nos abocamos generosamente a las áreas apostólicas a las cuales nos sentimos llamados por la Providencia”. Las Hermanas de La Salette son conscientes de las urgentes necesidades de las personas que dependen de sus entornos, países y épocas”.

Los Laicos Saletenses, también, deben ser conscientes de que los tiempos cambian. El carisma de la reconciliación es único, pero su expresión es infinitamente variable. Necesitamos prestar atención a las circunstancias donde haga falta, y encontrar una manera apropiada de concretarlo.

Esto requiere de una cierta renuncia personal, es decir, poder darnos cuenta de que no lo sabemos todo y tener la voluntad de trabajar en equipo. Esto es lo que San Pablo busca hacer entender a la comunidad de Filipo, y para ello pone el ejemplo de Jesús, aquel que, “se anonadó a sí mismo”, a tal punto de llegar a ser verdaderamente uno con nosotros.

El salmista con frecuencia se humilla a sí mismo cuando admite sus pecados, pero hoy le pide a Dios no mirarlos, y ora diciendo “No recuerdes los pecados ni las rebeldías de mi juventud”. En el Sacramento de la Reconciliación, confiamos en que “Él guía a los humildes para que obren rectamente y enseña su camino a los pobres”.

Cuando estamos abiertos a recibir y compartir la misericordia de Dios, ¿Quién sabe? Podamos nosotros mismo convertirnos en signos.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Dignos del Evangelio

(25to Domingo Ordinario: Isaías 55:6-9; Filipenses 1:20-27; Mateo 20:1-16)

Hay muchos versículos bíblicos sueltos en las escrituras que pueden citarse para compendiar el Mensaje de La Salette. Encontramos uno de esos versículos en Filipenses 1:27, “Les pido que se comporten como dignos seguidores del Evangelio de Cristo”.

Ya que en muchos lugares el Aniversario de la Aparición se celebra este mes, permítanme ver cómo La Salette nos ayuda a responder a la exhortación de San Pablo.

El respeto por el Nombre del Señor y por las cosas de Dios no es simplemente algo opuesto al repudio. Sí, la falta de respeto debe evitarse; como dice Isaías, “Que el malvado abandone su camino”. Pero si nuestro respeto no nos conduce a expresar un amor profundo y perdurable por el Señor, todavía no es un “respeto digno”.

Rezar bien, incluye naturalmente evitar las distracciones – aunque a veces las distracciones lleguen a ser una verdadera oración. Pero Isaías también dice: “Que el hombre perverso abandone sus pensamientos”. Una genuina vida de oración está, por decirlo así, tan llena de oración que no hay lugar para malos pensamientos. Como dice el Salmo de hoy, “El Señor está cerca de aquellos que lo invocan, de aquellos que lo invocan de verdad”.

El espíritu evangélico, inherente en la visión de la vida Cristiana de San Pablo y en los ejemplos que el plantea, nos recuerda que el seguimiento de Cristo no es una devoción privada. Si queremos hacer que el mensaje de María sea conocido, cuanto más debemos vivir de tal modo que atraigamos a otros hacia el Evangelio. No hay que dejar lugar al pensamiento egoísta, ni a la comparación de nuestros logros (como los trabajadores de la viña) con los de los demás.

La sumisión es mucho más que hacer lo que se nos dice. Isaías nos recuerda, “Los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos”. Aquellos que quieren acomodar a Dios a su gusto y medida, tienden a echarle la culpa en los tiempos difíciles. 

Es en momentos como estos en que necesitamos recordar que “El Señor es justo en todos sus caminos y bondadoso en todas sus acciones”, no como una forma de inspirar miedo, sino para hacernos “volver al Señor, y él nos tendrá compasión”.

En Filipenses 1:6, San Pablo expresa su certeza “de que aquel que comenzó en ustedes la buena obra la irá completando hasta el Día de Cristo Jesús”. Es él el que hace dignas nuestras obras.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

El Misterio del Perdón

(24to Domingo Ordinario: Sirácides 27:30—28:7; Romanos. 14:7-9; Mateo 18:21-35)

Hoy arrancamos con estadísticas. Me pregunto, con qué frecuencia, Dios perdonó a su pueblo, en comparación con las veces en que lo castigó. Con un poquito de investigación se puede demostrar que, en una vasta mayoría de casos, el perdón es concedido o prometido.

Uno de los textos clásicos se encuentra en el Salmo de hoy: “Cuanto dista el oriente del occidente, así aparta de nosotros nuestros pecados”.

En la primera lectura y en el Evangelio, es claro que nuestro punto de partida o, si se prefiere, nuestra posición predeterminada, debe ser la prontitud – ¿nos atrevemos a decir las ansias? – de perdonar.

Durante mi investigación, sin embargo, me sorprendió también la cantidad de veces en que el perdón se asocia con la expiación. Un ejemplo típico se encuentra en Levítico 5:13: “El sacerdote practicará el rito de expiación en favor de ese hombre, por el pecado que cometió, y así será perdonado”.

Aquí está la conexión con la lectura de Romanos. Pablo escribe: “Cristo murió y volvió a la vida para ser Señor de los vivos y de los muertos”. El contexto para esta declaración queda clarificado en la oración inmediatamente siguiente: “Entonces, ¿Con qué derecho juzgas a tu hermano? ¿Por qué lo desprecias? Todos, en efecto, tendremos que comparecer ante el tribunal de Dios”.

No somos amos y señores los unos de los otros. Ese título pertenece exclusivamente a Jesús. Le fue otorgado cuándo se ofreció a sí mismo en la cruz como expiación por nuestros pecados. Como sus discípulos, nosotros no tenemos la opción de negar el perdón.

Parte de la sumisión a la cual la Bella Señora de La Salette nos llama consiste en que aceptemos la misericordia obtenida para nosotros por su Hijo. Al hacerlo, será una alegría para nosotros darle el honor que él se merece. 

El novelista Terry Goodkind escribe, “Hay magia en el perdón sincero; en el perdón que concedes, pero más en el perdón que recibes” (El Templo de los Vientos).

Cambia la palabra “gracia” en lugar de “magia” y verás cómo el texto se transforma: ya no más palabras de sabiduría, sino una invitación a entrar en uno de los grandes misterios de nuestra fe. 

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Corrección Maternal

(23ro Domingo Ordinario: Ezequiel 33:7-9; Romanos 13:8-10; Mateo 18:15-20)

En el Evangelio de hoy, Jesús prevé que inevitablemente surgirán conflictos entre los miembros de su Iglesia.

Su primera preocupación es que los asuntos puedan ser resueltos pacíficamente. Hay que evitar conflictos mayores, que desemboquen en serias divisiones que pudieran esparcirse dentro de la comunidad

Es igualmente importante, sin embargo, que los asuntos sean mantenidos al interior de la Iglesia. En 1 Corintios 6, San Pablo se queja de los creyentes que llevan los casos a las cortes civiles: “¡Por lo visto, no hay entre ustedes ni siquiera un hombre sensato, que sea capaz de servir de árbitro entre sus hermanos! ¿Un hermano pleitea con otro, y esto, delante de los que no creen?”

Muchas comunidades religiosas tienen (o tenían) un ejercicio llamado “corrección fraterna”; en pares o en pequeños grupos, los miembros se señalan las fallas los unos a los otros. Cada uno debía tomarse en serio las palabras del otro con gratitud y esforzarse por mejorar.

Algunos podrían hasta ser llamados a tener una postura más profética, especialmente si creen que la propia comunidad está en peligro de perder el rumbo. Como Ezequiel, sienten una responsabilidad personal de desafiar a los otros. 

Lo más difícil en todo esto es mantenerse fiel al mandamiento, “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Debemos comportarnos ante los demás sin causar ofensa ni ofendernos, y sin dureza de corazón. Actuando así, la reconciliación no surgirá como un tema.

Sin embargo, ya que la Iglesia está formada por personas reales, surgirán conflictos ocasionales, que van desde grandes diferencias de opinión a serias acusaciones de mal comportamiento. La primera condición para la reconciliación es que haya un deseo genuino de ambas partes.

¿Qué tiene que ver todo esto con La Salette, uno podría preguntarse? Bastante. María se acercó a un pueblo absorto en sus propios problemas y culpando a Dios por ello. Un pueblo que había perdido de vista a Cristo, tanto que la reconciliación ni siquiera se les cruzaba por la mente.

Hacía falta una Bella Señora, hablando en términos proféticos, para hacerles ver que la reconciliación era deseable y alcanzable. Por medio de sus lágrimas, ella nos ofreció una corrección maternal, dándonos el modelo de un corazón que desea verdaderamente la reconciliación.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Pág. 1 de 15
Go to top