Haciéndolo conocer

(7mo Domingo de Pascua: Hechos 7:55-60; Apocalipsis 22:12-20; Juan 17:20-26)

La mayor parte de la gente no puede recitar el mensaje completo de Nuestra Señora de La Salette, pero siempre recuerdan el comienzo: “Acérquense, hijos míos, no tengan miedo”, y el final: “Ánimo, hijos míos, díganselo a todo mi pueblo”.

Jesús ora en el Evangelio de Juan: “Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocí, y ellos reconocieron que tú me enviaste. Les di a conocer tu Nombre, y se lo seguiré dando a conocer”. En el Apocalipsis Jesús mismo es el que da el testimonio que los discípulos habrán de dar.

Un mártir es aquel que da testimonio de Cristo entregando su vida, así como el diacono Esteban. Él fue un verdadero testigo, aunque su sentencia de muerte haya sido provocada por testimonios falsos.

Jesús también ora para que sus discípulos “sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado.” Puede sonar demasiado cruel decir que los cristianos a veces dan falso testimonio, pero seguro podemos hablar de anti-testimonio.

La Bella Señora habla de esa realidad. ¿Quiénes son esos cristianos, a quienes ella llama su pueblo, pero que muestran tan poco respeto por el nombre del Señor; que no dan a Dios el día que él se escogió para sí mismo; que hacen del domingo un día de la semana como cualquier otro, y de la Cuaresma cualquier otro tiempo del año?

Seamos cuidadosos para no restringir esta reflexión solamente a las palabras que María pronunció.  Como en las Escrituras una lista no está nunca completa, así también, ella bien hubiera podido concluir esta parte de su mensaje con una frase que Jesús usó para referirse a la hipocresía de los Fariseos: “¡Y como estas, hacen muchas otras cosas!” (Marcos 7:13).

Se dice comúnmente que las acciones hablan mejor de que las palabras. Lo mismo se puede decir de la inacción. Así, en el rito penitencial de la Misa, decimos, “He pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión.”

En toda sociedad se valora la integridad. El Salmo 119:104 afirma, “aborrezco el camino de la mentira”. La Salette nos llama a vivir con integridad nuestra fe cristiana. Si queremos hacer que el Evangelio sea conocido debemos vivirlo; cualquier falsedad entre nosotros, o en nosotros, debe ser arrancada y arrojada lejos.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Mantenerlo Simple

(6toDomingo de Pascua: Hechos 15:1-2 y 22-29; Apocalipsis 21:10-23; Juan 13:23-29)

Comparado con Lourdes y Fátima, el mensaje de Nuestra Señora de La Salette es extenso y aparenta complejidad. A pesar de todo, es básicamente muy simple.

En los primeros tiempos de la Iglesia, como se describe hoy en la primera lectura, aparentemente la situación se volvió compleja, debido al ingreso de los conversos gentiles al modo de vida y de fe de los cristianos. Algunos estaban convencidos de que los nuevos creyentes debían primero convertirse al judaísmo. En el “Concilio de Jerusalén” como a veces se le llama, se encontró una buena salida, unas condiciones mínimas, tomadas no solamente desde el poder de la razón, o por mayoría de votos. Leemos, “El Espíritu Santo, y nosotros mismos, hemos decidido no imponerles ninguna carga más que las indispensables”.

En La Salette, María seleccionó algunas de estas obligaciones indispensables: oración personal, la santificación del Día del Señor, el respeto por el nombre del Señor y la práctica cuaresmal.

En la iglesia primitiva, se daba por supuesto que cualquiera que llegara a asumir seriamente los requerimientos básicos, no debía detenerse ahí. Es lo mismo en el caso de en La Salette. Es un hecho de la naturaleza humana que, cuando nos conformamos con lo mínimo, en su momento aún eso llega a descuidarse. Lo mínimo es como un fundamento de una construcción, pero un fundamento sobre la cual no se construye nada, tarde o temprano se resquebraja y se desintegra.

En el evangelio Jesús dice, “El que me ama será fiel a mi palabra.” Esta es otra manera de decir lo mismo que más arriba. El amor a Cristo es el fundamento del modo de vivir cristiano, pero “ser fiel a su palabra” es un signo de la autenticidad del amor y de la fortaleza de nuestro compromiso personal con él. Y sin embargo todo es muy simple – seguirlo en el amor, aprender a conocer su voluntad, y buscar cumplirla.

La experiencia enseña que es más fácil decirlo que hacerlo. Es por esta razón que San Pablo en muchas de sus Cartas reprende a los cristianos por sus errores a la hora de entender las implicaciones de su fe. 1 Cor. 13 (“El amor es paciente, es servicial”, etc.) por ejemplo, es tan hermoso en sí mismo que podemos llegar a olvidar que Pablo escribió aquello porque los cristianos de Corinto no estaban haciendo la conexión entre la fe y la vida.

La Salette también nos ayuda a realizar ese mismo tipo de conexión. Bastante simple, realmente.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Secar Todas Las Lágrimas

(5to Domingo de Pascua: Hechos 14:21-27; Apocalipsis 21:1-5; Juan 13:31-35)

Cuando vemos a alguien llorando, nuestra primera reacción es, a menudo, preguntar qué es lo que pasa y, quizá, pero no con tanta frecuencia, preguntar si podemos o debemos hacer algo para paliar el dolor o la tristeza que se esconde detrás de esas lágrimas.

Aquellos que a veces se sienten desconcertados o hasta ofendidos por las palabras de María en La Salette necesitan recordar las lágrimas que las acompañaban. Es el único y el mismo dolor la fuente de ambas.

En el Evangelio de hoy Jesús nos ofrece la clave fundamental para consolar al desconsolado. “Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros”. ¡Si sólo pudiéramos todos vivir perfectamente este nuevo mandamiento! No solamente haríamos todo lo que esté a nuestro alcance para responder a todos los sufrimientos que nos rodean y a los del mundo en general, sino que también nos dedicaríamos plenamente con nuestros mejores esfuerzos a eliminar las causas de tanta desdicha.

Como Pablo y Bernabé en la segunda lectura, reconocemos que “Es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”. Pero estas tribulaciones son diferentes a las de los sufrimientos que llevan a la desesperación.  Se soportan por amor, y en medio de ellas, los discípulos de Jesús se apoyan unos a otros, Más de una vez Jesús dejó en claro que sus discípulos no debían tener la expectativa de una vida fácil.

María en La Salette lloró por – y con – su pueblo mientras contemplaba sus pecados y penurias. Movida por el mismo amor que movió a su Hijo, ella respondió desde su ser de madre. Ella no puede hacer que todos nuestros problemas desaparezcan, pero nos ofrece una salida, una vía de confianza, de esperanza, de fe.

Nadie puede hacerlo todo, pero cado uno puede hacer algo, aunque sea algo sencillo, en comunión con el Señor, “hacer nuevas todas las cosas”.

En inglés el himno mejor conocido en honor a Nuestra Señora de La Salette tiene este refrán:

Secar tus lagrimas anhelo
Tu mensaje hacer conocer
De penitencia, oración y celo,
Hasta que a Dios llegue a ver.

Una manera de secar sus lágrimas es mirar por medio de sus ojos los sufrimientos de su pueblo, y entonces hacer nuestra parte para “secar todas sus lágrimas”.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

¿Por qué no lo entienden?

(4to Domingo de Pascua: Hechos 13: 14, 43-52; Apocalipsis 7:9-17; Juan 10:27-30)

¿Has pasado alguna vez por la experiencia de saber que algo era verdad, pero no fuiste capaz de convencer a otros? Para ti es perfectamente claro, pero para todos los demás es como si estuvieras hablando en un leguaje extraño, y te preguntas a ti mismo, “¿Por qué no lo entienden?”

Esta fue la experiencia de Pablo y Bernabé. Fueron a la sinagoga, deseosos de compartir con sus hermanos judíos la fantástica noticia de que las Escrituras se habían cumplido y que el Mesías había venido en la persona de Jesús de Nazaret. Hubo un interés inicial – se nos dice que casi todos en la ciudad se reunieron para escucharlos. La predicación de Pablo era clara, lógica, verificable. ¿Por qué no entendieron?

En La Salette, María se topó con una situación parecida cuando dijo: “¡Ustedes no hacen caso!” A su pueblo no le importaba la preocupación que ella sentía por ellos, no tomaban en cuenta las diferentes maneras con las que ella había intentado hacer que sean conscientes de las consecuencias de abandonar la fe.

Así que hizo lo que tenía que hacer para llamar la atención de su pueblo. Ella vino, habló, lloró, a veces con dureza – lo que haga falta con tal de que su pueblo pueda ver lo que ella vio. 

A menudo la Iglesia ha estado en la misma situación. Nosotros los cristianos tenemos grandes Buenas Nuevas para compartir, pero hay obstáculos que la fe enfrenta. La sociedad secular tiene poco respeto por los creyentes. Los escándalos en la Iglesia hacen difícil poder escuchar la voz del Pastor en medio del clamor. Las rivalidades entre los cristianos los distraen y apartan del Cristo al que todos luchan por servir. En el caso de Antioquía de Pisidia, los celos de los líderes de la sinagoga provocaron el rechazo a la predicación de Pablo; luego vino la oposición y, finalmente, la persecución.

En el tiempo de la Aparición, entre los obstáculos principales para la práctica de la fe en Francia estaba el anticlericalismo heredado de la Revolución Francesa. Además, la vida era difícil para muchísima gente. Pero Nuestra Señora de La Salette no se quedó tranquila a mirar cómo su pueblo se dirigía hacia su propia destrucción. 

Sus lágrimas, sus palabras y hasta la elección de sus testigos, fueron para asegurarse de que nosotros “lo entendiéramos”, y haciéndolo, pudiéramos contarnos entre la multitud que el Cordero de Dios pastorea y conduce hacia las fuentes del agua viva.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

¿Culpable de los Cargos?

(3er Domingo de Pascua: Hechos 5:27-41; Apocalipsis 5:11-14; Juan 21:1-19)

Una pregunta que con frecuencia se plantea en los sermones cristianos, “¿Si fueras acusado de ser cristiano, encontrarían tus acusadores evidencia suficiente para condenarte?” Los Apóstoles, en la lectura de Hechos de hoy, no arguyeron defensa alguna en contra de los cargos presentados en contra de ellos. Admitieron su culpa, y salieron del recinto “dichosos de haber sido considerados dignos de padecer por el nombre de Jesús”.

Cuando vemos la manera en que María en La Salette describió el comportamiento de su pueblo, podríamos llegar a la conclusión de que ellos fácilmente podrían haberse declarado “no culpables” de la acusación de ser cristianos.

Antes, en Hechos 4:18, a los Apóstoles se les había prohibido hablar en el nombre de Jesús. En aquel tiempo, Pedro había respondido: “Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído”. Ahora en el Capítulo 5, aunque hayan sido encontrados culpables de hablar “en ese Nombre”, son puestos en libertad, pero con una advertencia que incluye azotamiento. El versículo que viene inmediatamente después de nuestra lectura añade: “Y todos los días, tanto en el Templo como en las casas, no cesaban de enseñar y de anunciar la Buena Noticia de Cristo Jesús”.

En la Salette, por otro lado, la Bella Señora declara que su pueblo, en momentos de enojo, “no sabe jurar sin mezclar el nombre de mi Hijo”.

En el Apocalipsis leemos hoy, “También oí que todas las criaturas que están en el cielo, sobre la tierra, debajo de ella y en el mar, y todo lo que hay en ellos, decían: Al que está sentado sobre el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y poder, por los siglos de los siglos”.

El universo entero alaba al Padre y al Hijo, excepto “mi pueblo”. Se lamenta María en nombre de Dios. “Les he dado seis días para trabajar y me he reservado el séptimo, pero no quieren dármelo”.

Seamos claros. El mensaje de La Salette no se limita a las prácticas religiosas; su origen radica en una relación de respeto y de amor. Esto es lo que dio a los Apóstoles el coraje para enfrentar la persecución. 

En la versión larga del Evangelio de hoy, Jesús pregunta a Pedro, “¿Me amas?” Si como Pedro podemos responder honestamente, “Sabes que te quiero”, y vivir consecuentemente, entonces sí, somos culpables de ser cristianos.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Narrando los Hechos

(2do Domingo de Pascua: Hechos 5:12-16; Apocalipsis 1:9-19; Juan 20:19-31)

“Escribe lo que has visto, lo que sucede ahora y lo que sucederá en el futuro”. Es lo que Jesús le dice a Juan en el primer capítulo del Apocalipsis y, con bastante naturalidad, nosotros asumimos que se refiere a las visiones proféticas que serán descritas en los capítulos siguientes. Pero hay tres partes en este encargo, de las cuales la primera es “lo que has visto”. ¿Pudiera esto referirse al Evangelio de Juan y a las Cartas?

El prólogo de 1 de Juan insiste en esto:“Lo que hemos visto y oído, se lo anunciamos también a ustedes, para que vivan en comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo.”

El 20 de septiembre de 1846, una tarde de domingo. Baptista Pra, el patrón de Melania, invitó a Pedro Selme (cuyo pastor estaba enfermo y a quien Maximino había reemplazado por sólo seis días), y a Jean Moussier (otro hombre de la misma aldea, Les Ablandens) para venir a su casa. Ellos le pidieron a Melania contarles de nuevo lo que la Bella Señora les había dicho a ella y a Maximino en la ladera de la montaña el día anterior.  ¡Pero más importante aún fue que lo escribieron!

No eran personas muy instruidas, pero fueron capaces de traducir al francés las partes dichas en el dialecto local. Les llevó un buen tiempo escribirlo todo. ¿Por qué lo hicieron? La única explicación razonable es que sintieron que era importante hacerlo.

Le dieron a su documento un curioso título: “Carta dictada por la Santísima Virgen a dos niños en la Montaña de La Salette-Fallavaux”. Esto demuestra su entendimiento de que debían hacerlo conocer a otras personas. Queremos decir exactamente lo mismo cuando hablamos del mensajede La Salette

Pero miremos a nuestro Evangelio. Ya que ningún pasaje es más importante que otro. El relato de Tomás – su ausencia, su rechazo a creer, su ultimátum, su profesión de fe – merece la pena contarse.

También es un mensaje. Y para que no pasemos por alto ese punto, Juan añade: “Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre”.

El relato de La Salette tiene exactamente el mismo propósito.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

La Tumba Vacía

(La Vigilia Pascual ofrece siete lecturas del Antiguo Testamento, una del Nuevo Testamento y el Evangelio. La Misa del Domingo de Pascua también tiene opciones para elegir).

Los cuatro Evangelios hablan de las mujeres que van a la tumba el Domingo bien temprano y encuentran a unos ángeles en lugar del cuerpo de Jesús. En Lucas los ángeles les dicen a las mujeres. “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado”.

La tumba vacía es uno de los símbolos más poderosos en todas las Escrituras, probablemente debido a que una tumba representa normalmente algo tan absoluto, tan final por así decirlo. Cuando Jesús resucito de entre los muertos, obtuvo una doble victoria. Conquistó a la muerte; la muerte ya no es más el final, y por lo tanto ha perdido su poder de inspirar temor. Al mismo tiempo, el venció al pecado de una vez por todas.

En cuanto a nosotros, tenemos que entrar a formar parte de este triunfo por medio de una continua aceptación de la salvación adquirida para nosotros. Esto es más fácil decirlo que hacerlo, lo cual explica el porqué de tantas revelaciones privadas, incluyendo La Salette, que nos atraen hacia la verdad.

Hemos sido liberados. Ya no estamos más en la prisión ni en la tumba del pecado. En Romanos 6, San Pablo escribió: “Sabemos que Cristo, después de resucitar, no muere más, porque la muerte ya no tiene poder sobre Él… Que el pecado no tenga más dominio sobre ustedes”.

El mensaje de La Salette se dirige al pueblo que ha caído bajo el poder del pecado por haberse apartado del amor de Dios. Aun hoy, el titulo de María como la “Reconciliadora de los Pecadores” es validado por los peregrinos que, al visitar los Santuarios de La Salette por todo el mundo, regresan a Dios. Esto no es más fácil hoy como lo era en 1846. Se necesita de una gracia poderosa para convertir un corazón de piedra en un corazón de carne. Pero las lágrimas de María en La Salette pueden ablandar los corazones de aquellos que de otra manera pudieran resistirse a sus palabras.

San Pablo escribe: “La muerte ha sido vencida”; y, en otra parte, “Así también ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús”. De esta manera adquirimos una nueva imagen de nosotros mismos. Sí, aun somos pecadores, pero nuestro pecado no nos define.

En cambio, lo que nos define es aquel momento supremo en la vida de Jesús, su resurrección. Su triunfo es nuestro triunfo. Su tumba vacía es nuestra tumba vacía.

¡Aleluya!

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Ella que Llora

(Domingo de Ramos: Isaías 50:4-7; Filipenses 2:6-11; Lucas 22:14—23:56)

El esquema de la Pasión es el mismo en los cuatro Evangelios, pero hay detalles que son únicos en cada uno de ellos. Por ejemplo, Lucas es el único que registra el encuentro con las mujeres que lloran en el camino del calvario. Les dice, “¡Hijas de Jerusalén!, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos.” Una imagen de dolor similar es usada por Nuestra Señora de La Salette; “Los niños menores de siete años se enfermarán de un temblor y morirán en los brazos de las personas que los sostengan”.

Cualquiera que haya perdido un hijo puede entender el peso del dolor que estas palabras evocan. En La Salette María llora, en un sentido, por ella misma y por los niños, su pueblo. Sus lágrimas son una fuente de consolación para nosotros. Son también una invitación renovada de volver al Señor de todo corazón. 

Me vienen a la mente otros textos: “Nunca más se escucharán en Jerusalén ni llantos ni alaridos. Ya no habrá allí niños que vivan pocos días ni ancianos que no completen sus años” (Isaías 65:19-20); “El secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó” (Apocalipsis 21:4).

El antiguo régimen del pecado y de la muerte ha sido reemplazado por el nuevo orden de la gracia – de la esperanza, la vida, del amor – por Jesús. 

La Pasión de Lucas también incluye tres “últimas palabras” de Jesús que no se encuentran en los otros Evangelios.

La primera es: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. En La Salette, Nuestra Señora nos hace dolorosamente conscientes de nuestras ofensas, pero nos asegura su súplica incesante por nosotros.

La segunda se dirige al criminal confeso: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. La Bella Señora resalta la importancia y los beneficios de la conversión.

Y la tercera es: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Al animarnos a rezar, María nos enseña a adoptar la actitud de absoluta confianza de Jesús.

Ninguna de estas similitudes debería sorprendernos, viniendo de aquella que estuvo al pie de la cruz en el calvario y lloró por nosotros en La Salette.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Lo Mejor está por Venir

(5to Domingo de Cuaresma: Isaías 43:16-21; Filipenses 3:8-14; Juan 8:1-11)

San Pablo relata que aceptó la perdida de todas las cosas por la causa de Cristo. ¿Qué cosas? En los versículos inmediatamente anteriores a este pasaje, el declara: “En lo que se refiere a la justicia que procede de la Ley, era de una conducta irreprochable.” Él era un fariseo perfecto, en el mejor sentido de la palabra, alguien que amaba la Ley de Dios y se esforzaba en cumplirla cabalmente.

En su mundo aquello representaba una enorme pérdida, pero comparada con “el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús” llegó a considerarla un “desperdicio”. Y concluye: “Olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia adelante y corro en dirección a la meta, para alcanzar el premio del llamado celestial que Dios me ha hecho en Cristo Jesús”.

Isaías va bastante más lejos tanto como para decirnos que hay que olvidar los antiguos portentos de Dios, porque lo que está por venir es aún más grandioso: “¡Estoy por hacer algo nuevo!”

El relato del Evangelio de hoy es usualmente titulado como La Mujer Sorprendida en Adulterio. Sin embargo, en el espíritu de las lecturas de hoy, deberíamos cambiarlo por La Mujer salvada por Jesús.Salvada de dos cosas: de la lapidación y del pecado. Debemos creer que al mismo tiempo que le decía, “Vete, no peques más en adelante,” le abrió la posibilidad de tener una nueva vida. Su futuro llegará a ser más importante que su pasado.

Este es el objetivo de la conversión que a su vez es el punto central de la Cuaresma. Esta fue la esperanza de la Bella Señora al venir a La Salette. Su pueblo fue “sorprendido” en sus pecados y estaban enfrentando el castigo debido. Su hijo estaba una vez más en la posición de ejercer la sentencia o de ofrecer la salvación. Su preferencia es clara, y el mensaje para nosotros es el mismo que el dado a la mujer: “Vete, no peques más en adelante”.

Pero ¿esto es realmente posible? De hecho, lo es. El pecado significa darle la espalda a Dios. La conversión significa volver a él una vez más, buscando su gracia y su fortaleza, redescubriendo la alegría de su amor y poniendo en práctica aquel amor. Nuestra vida cristiana tendrá sus imperfecciones, pero el vivir en Cristo nos hará ser conscientes de que es él quien salva. Con lágrimas sembramos, pero por su poder, con regocijo cosecharemos.

La Salette nos invita a estar convencidos de que lo mejor está por venir.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Déjense Reconciliar

(4to Domingo de Cuaresma: Josué 5:9-12; 2 Corintios 5:17-21; Lucas 15:11-32)

La segunda lectura de hoy se lee también en la Misa en honor a Nuestra Señora de La Salette, y tiene un valor especial para los Misioneros de La Salette. Describe perfectamente nuestra misión. “Nosotros somos embajadores de Cristo, y es Dios el que exhorta a los hombres por intermedio nuestro. Por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: déjense reconciliar con Dios”.

La historia del Hijo Pródigo en el Evangelio ilustra el camino por medio del cual viene la reconciliación. El hijo indigente necesita lo que el padre puede proveer. Es así que decide humillarse a sí mismo y pedir ayuda. Pero el padre también necesita algo. Es una necesidad para él que su hijo esté bien, que sea feliz, que esté seguro. Así que, llegado el momento, el hace de aquello una realidad, recibe de vuelta a su hijo en su casa – y ¡qué gran bienvenida le da!

No podemos reconciliarnos con Dios sin desearlo, si no sentimos la necesidad. Nuestros motivos no tienen que ser perfectos, pero con todo necesitamos humillarnos ante él. Entonces descubrimos que la reconciliación ha estado ahí todo el tiempo, simplemente esperando que la aceptemos. En ese momento también nosotros descubrimos que el Padre desea intensamente nuestro regreso. Podemos decir que él también lo necesita.

Vemos esta realidad en el Sacramento de la Penitencia, hoy más comúnmente llamado el Sacramento de la Reconciliación. En el descubrimos que cuando nosotros estamos listos para regresar, el Padre está listo para darnos la bienvenida.

Hay otras dos parábolas antes del relato del Hijo Pródigo. Estas son la Oveja Perdida y la Moneda Perdida, ambas concluyen narrando la inmensa alegría que hay en el cielo cuando un pecador se arrepiente.

El hijo mayor, que es ahora el único heredero, no tiene nada que perder con el regreso de su hermano, pero, no deseaba ni necesitaba dicha reconciliación. Para él no tenía sentido, parecía algo injusto.

A veces la reconciliación requiere de retribución, enmendar las cosas. Pero estas son dos realidades diferentes. La reconciliación tiene menos que ver con la justicia que con las relaciones entre las personas. El Hijo Pródigo ha perdido su posición como heredero legal, pero la relación vital con su padre ha sido restaurada.

Todo lo relacionado con La Salette tiene que ver con aquella relación vital. ¡Déjense reconciliar con Dios!

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

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