Volver a Subir a Jerusalén

(4to Domingo de Cuaresma: 2 Crónicas 36:14-23; Efesios 2:4-10; Juan 3:14-21)

Ciro, el Rey de Persia, respetaba las culturas y las religiones de los pueblos bajo su dominio. Pero él debe haber recibido alguna clase de revelación del Dios de Israel, porque escribió: “El Señor [él usa el nombre YHWH], el Dios del cielo, me ha dado todos los reinos de la tierra”.

El autoriza a judíos en exilio por todo su vasto reino a volver, es decir, a subir a Jerusalén. El Salmo de hoy refleja el tiempo del exilio, y muestra cuán preciosa era Jerusalén para el pueblo de Dios.

El regreso a Jerusalén, es una imagen maravillosamente apta para Cuaresma. El ir implica una meta. El volver significa conversión. El subir sugiere una lucha. La Cuaresma es todo eso.

Comencemos con la noción de lucha. Uno de los dones más grandes que Dios nos ha dado es el libre albedrio. El cual justamente defendemos tanto para nosotros mismos como para los demás. Pero San Pablo nos recuerda hoy que nosotros somos obra de sus manos, “creados en Cristo Jesús, a fin de realizar aquellas buenas obras, que Dios preparó de antemano para que las practicáramos”. Acomodar nuestra voluntad a la voluntad divina tendrá su costo.

El volver, en lenguaje Cuaresmal, es regresar a nuestro Salvador. Un solo ejemplo de la Escritura servirá: “Yo he disipado tus rebeldías como una nube y tus pecados como un nubarrón. ¡Vuelve hacia mí, porque yo te redimí! (Isaías 44:22)

La meta, finalmente, no es un lugar, o una obra. Es el momento – antiguo o reciente – en el que fuimos más conscientes de la verdad enunciada en el Evangelio de hoy: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna”. Habiendo redescubierto esto para nosotros, ¿no querríamos acaso que todos en nuestro tiempo también lo supieran?

El mensaje de La Salette contiene todos estos elementos. Algunas cosas son difíciles de entender y de aceptar. Es un llamado a volver a Dios. Nos propone una meta general, y una más específica también.

Como Saletenses, ¿podríamos acaso no encontrar “la buena obra, que Dios preparó de antemano para que la practicáramos” en las palabras de María: “Hagan conocer mi mensaje”?

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

El Señor Nuestro Dios

(3er Domingo de Cuaresma: Éxodo 20:1-17; 1 Corintios 1:22-25; Juan 2:13-25)

¿Recuerdan lo que Dios le dijo a Moisés cuando este le preguntó su nombre? El Señor respondió categóricamente, “Yo soy el que soy”, y le dijo a Moisés que le dijera al pueblo, “YO SOY me envió a ustedes”.

Hoy leemos, “Yo soy el Señor, tu Dios... yo soy el Señor, tu Dios, un Dios celoso”. Podría sorprendernos el saber que, en el original hebreo, el verbo soy no aparece aquí. Pero nuestra gramática lo requiere, así que el traductor lo inserta.

En teoría, en la ausencia del verbo, alguien pudiera traducir el texto como era, o será, o, usando otras muchas variantes. Lo importante es reconocer que al Señor como aquel que es, que era, que será, puede ser, pudiera ser, etc. – pues el ES, en el sentido más absoluto, nuestro Dios.

El Señor es Dios en sí mismo, pero también y, desde nuestra perspectiva, más importantemente, él es Dios para nosotros. “Yo soy el Señor, TU Dios”. Nuestra fe se fundamenta sólidamente en este primer mandamiento. No debemos servir a otros Dioses, no debemos adorar a ídolos. Este es el cimiento de todos los Mandamientos.

Nuestra Señora de La Salette habló explícitamente del Segundo y del Tercer Mandamiento. Sin embargo, es obvio, que el pueblo que los transgredía también rechazaba el Primero. Otros ídolos habían reemplazado al Señor su Dios.

Bajo esta perspectiva, la Cuaresma es el tiempo perfecto para reflexionar sobre el estado de nuestra relación con nuestro Dios. ¿Cuán fieles hemos sido? ¿Hasta qué punto nos hemos creado otros ídolos e inclinado ante ellos?

¿Compartimos el entusiasmo por la ley del Señor, los preceptos, los mandamientos, la palabra, los juicios del Señor, que expresa el Salmo de hoy? ¿Son más atrayentes que el oro, más dulces que la miel? O en cambio, ¿son escándalo y locura, tan difíciles de aceptar para nosotros hoy como lo fue la noción de un Mesías crucificado en tiempos de San Pablo?

El salmista amaba la ley, no como un abogado, sino porque era la ley DEL SEÑOR, a quien amaba con todo su corazón. Igualmente, la Bella Señora nos recuerda los mandamientos por el amor que tiene por nosotros y por su Hijo.

Ella nos muestra que, si deseamos tener una relación de amor con Dios, y cuando nos inclinamos (sometemos) solamente a él, entonces todo lo demás vendrá por añadidura.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

¿De qué se trata Todo esto?

(2do Domingo de Cuaresma: Génesis 22:1-18; Romanos 8:31-34; Marcos 9:2-10)

El responsorial de hoy está tomado del Salmo 116. Es una oración de acción de gracias después de una crisis. Como la mayoría de los salmos, este se relaciona con nuestra propia experiencia. ¿Quién de nosotros nunca dijo?: ¡Qué grande es mi desgracia!

No fueron solamente los pecados de su pueblo la causa de la venida de Nuestra Señora a La Salette. Ella también era muy consciente de sus aflicciones: cosechas arruinadas, hambre, la muerte de los niños. Ella les aseguró su constante oración por ellos.

En tiempos de prueba, debemos consolarnos con las palabras de San Pablo que están en la segunda lectura: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”. También nos recuerda que Jesucristo murió y resucitó e intercede por nosotros.

La primera lectura, por otro lado, es perturbadora. “Dios puso a prueba a Abraham” ¡mandándole ofrecer a su amado hijo en sacrificio! Naturalmente nos preguntamos por qué Dios pediría tal cosa. Pero al final del relato él dice por medio del ángel, “Ahora sé que temes a Dios”, y entonces la promesa de la bendición se renueva enfáticamente.

¿Qué tienen que ver estas cosas con el relato de la Transfiguración en el Evangelio? El Prefacio especial para el Segundo Domingo de Cuaresma hace la conexión. “Después de anunciar su muerte a los discípulos les reveló el esplendor de su gloria en la montaña santa, para que constara... que, por la pasión, debía llegar a la gloria de la resurrección”.

De hecho, en Mateo, Marcos y Lucas, justo antes de la Transfiguración, Jesús, el Hijo amado de Dios, anuncia su pasión y luego añade: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga“.

Como en la Pasión de Cristo, todo sufrimiento puede conducir a la gloria. Abraham alcanzó su supremo momento de gloria en la disponibilidad de sacrificar a su hijo si esa era la voluntad de Dios. Él se convirtió en modelo para todos nosotros. Pero conocemos nuestras debilidades y preferimos no ser puestos a prueba.

María vino rodeada de luz para recordarnos que, aunque todos sintamos algunas veces que estamos experimentando nuestra propia pasión, podemos permanecer siempre fieles, y así seremos los testigos de la gloria de la resurrección y levantar la cosecha de las promesas de Dios, y de las promesas que la Bella Señora en persona hizo en La Salette.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Acuérdense y Vuelvan

(1er Domingo de Cuaresma: Génesis 9:8-15; 1 Pedro 3:18-22; Marcos 1:12-15)

La alianza de Dios con Noé estuvo acompañada por un signo, un arcoíris. Su claro propósito es el de prevenir que Dios se vaya a olvidar de su promesa. “No habrá otro Diluvio para devastar la tierra”.

Los signos ordinarios son aquellos que nos dan una indicación sobre algo que está por delante de nosotros. El arcoíris, y otros signos de otras alianzas, hacen lo contrario. Nos hacen mirar hacia atrás, para recordar lo que Dios ha hecho por su pueblo, y especialmente el por qué lo hizo.

La Salette se trata de conversión, arrepentimiento, y reconciliación. Aquellos a los que la Bella Señora llama “mi pueblo” habían olvidado la relación de alianza que habían pactado con su Hijo, aquel que había llamado a la gente de su tiempo a arrepentirse y creer en el Evangelio. El mensaje que ella nos trae es similar: Acuérdense, y vuelvan.

No es una sorpresa el que ella haya hablado en particular acerca de la Misa Dominical. “En este día los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la Pasión, la Resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios”. (Vaticano II, sobre la Liturgia, 106)

En toda celebración de la Eucaristía escuchamos las palabras de Jesús, “Hagan esto en conmemoración mía”. En el Salmo de hoy rezamos, “Por tu bondad, Señor, acuérdate de mí”. Aquí no se trata de mirar hacia atrás. Como con todos los signos de alianza, el propósito es de dejar que el Señor renueve su presencia y acción en nosotros, para que podamos marchar hacia adelante con fuerza y bravura renovadas.

La Cuaresma es una oportunidad de reconocer hasta qué punto nos hemos apartado del fervor inicial, y así podamos retornar a una relación de alianza impregnada de fidelidad y orientada al futuro. Esta es la “conciencia limpia” de la que San Pedro escribe en la segunda lectura.

Tanto el arcoíris como La Salette (especialmente el crucifijo de María) sirven como un recordatorio de la fidelidad de Dios. Ambos son milagros de luz y esperanza. Dios nunca más destruirá a los mortales con un diluvio, y María, si ponemos atención a sus palabras, nunca más llorará ante el prospecto de dejar caer el brazo de su Hijo.

Si durante estos cuarenta días podemos acordarnos y volver, quizá podamos mostrarles a los demás el camino de regreso, también.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Conmovidos por la Piedad

(6to Domingo Ordinario: Levítico 13:1-2,44-46; 1 Corintios 10:31—11:1; Marcos 1:40-45)

San Pablo, en la segunda lectura, describe su ministerio como “no buscando mi interés personal, sino el del mayor número, para que puedan salvarse”.

Este es exactamente el ejemplo dado por Jesús en el Evangelio. El curó a un leproso, pero no para llamar la atención sobre sí mismo. Si fuera así, ¿por qué le pediría al hombre no decirlo a nadie, y por qué Marcos mencionaría la inconveniencia que aquello le causaría a Jesús cuando su fama comenzara a expandirse?

Jesús actuó porque estaba conmovido por la piedad. Ante él se arrodillo un hombre que no solamente estaba enfermo, sino que estaba obligado por la Ley de Dios a auto aislarse, a practicar la distancia social, y a cubrirse la boca.

Conmovida por la piedad, la Madre de Jesús vino llorando a La Salette. No pidió nada para sí misma. Ella estaba preocupada por los demás: su pueblo y su Hijo.

Pudiéramos preguntarnos, “¿Cuándo fue la última vez que sentí piedad?”. Sin duda encontraremos muchos ejemplos, entre la familia y los amigos, o en las noticias sobre desastres y tragedias de todo tipo. Hay formas de marginalización dirigidas hacia otros debido a diferencias sociales, religiosas o hasta políticas. Las oportunidades para experimentar la piedad abundan.

La siguiente pregunta es más difícil. “Conmovido por la piedad, ¿cómo actué? Quizá la pregunta pudiera parecer injusta. Después de todo, Jesús y María pudieron intervenir de manera sobrenatural.

Desde luego, los sacerdotes saletenses están en la posición de administrar el Sacramento de la Reconciliación. Lo hacen con alegría, y los Santuarios de La Salette se especializan, por decirlo así, en tener a sus confesores siempre listos y disponibles.

Dado que el pecado es una enfermedad subyacente a gran parte del mal en el mundo de hoy. El Salmo de hoy nos ofrece una gran esperanza: “Yo reconocí mi pecado, no te escondí mi culpa... ¡Y Tú perdonaste mi culpa y mi pecado!”

Sacerdotes o no, todos podemos hacer algo. La mayoría de nosotros responderá espontáneamente cuando se trata de consolar a alguien si sabemos que ha sufrido una gran pérdida. Dedicados a la causa de la reconciliación, estamos decididos a nunca ser causa de perdición para nadie.

Jesús no se mostró con dudas ante el pedido del leproso. “Lo quiero”. Como Jesús, como María, hagamos lo que podamos.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Justo y Necesario

(5to Domingo Ordinario: Job 7:1-7; 1 Corintios 9:16-23; Marcos 1:29-39)

En el Prefacio, que introduce la Plegaria Eucarística en la Misa, afirmamos que es “justo y necesario, siempre y en todo lugar”, alabar al Señor nuestro Dios por las bendiciones que nombramos en la liturgia del día.

Siempre. En todo lugar. Esto parece suponer una vida de constante celebración. Pero Job, un verdadero hombre de Dios, declara, “mis ojos no verán más la felicidad”. El que se encontrara en tal estado, es triste, pero es importante que sepamos – y aceptemos – que los creyentes pueden tener días, semanas, meses o hasta años malos.

Hay que recordar que la situación de Job es el resultado de una apuesta. Dios alabó la rectitud de Job, pero el Adversario contestó, “extiende tu mano y tócalo en lo que posee: ¡seguro que te maldecirá en la cara!”. Así que Dios permitió que Satán atormentara a Job. Y aunque Job se quejó fuerte y largamente de sus sufrimientos, leemos, “En todo esto, Job no pecó ni dijo nada indigno contra Dios”.

En muchas partes de Francia en 1846, el pueblo estaba pasando por severas dificultades. Respondían usando el nombre de Jesús, no con devoto respeto, que sería lo justo y necesario hacer, sino como una manera de expresar el enojo que sentían, como bien María remarcó en La Salette.

Como Job, hay ocasiones en las que tenemos más preguntas que respuestas, que tienen que ver con nuestros propios problemas o con los de los otros. Es especialmente perturbador ver a cristianos, batallando con el miedo, las dudas, el estrés, etc., a veces abandonando la fe, alejándose de Dios en momentos cuando más lo necesitan. El llamado de la Bella Señora a la conversión se dirige precisamente a esas personas.

San Pablo escribe sobre su prédica. “es para mí una necesidad imperiosa”. El predicó el Evangelio por amor a Cristo; por amor a los demás, él se hizo “todo para todos”.

Jesús también se esforzó en llevar su predicación y ministerio sanador, enraizados en la oración, a tantos como fuera posible.

María nos pide hacer conocer su mensaje. Es nuestra tarea imperiosa. En nuestros propios tiempos de dificultad, con la cabeza inclinada si es necesario, y humildes al extremo, es justo y necesario que sepamos sobrellevar todo cuanto sea por el Evangelio y por nuestro prójimo, en la esperanza de colaborar para que todos reconozcan la presencia sanadora de Jesús.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

“Sé Quien Eres”

(4to Domingo Ordinario: Deuteronomio 18:15-20; 1 Corintios 7:32-35; Marcos 1:21-28)

En el Evangelio de hoy, la gente estaba asombrada porque Jesús “les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas”. Sin embargo, un hombre en la sinagoga, no estaba asombrado sino aterrorizado. Poseído por un espíritu impuro, fue el único que, al reconocer a Jesús, gritó con fuerza, “¡Ya sé quién eres!”. Entonces Jesús hizo exactamente lo que el demonio más temía, y lo expulsó.

El espíritu impuro lo conocía, mientras que aquellos que deberían conocerlo, no. En La Salette, la Bella Señora vio que su pueblo, a juzgar por su comportamiento, ya no conocía a su Hijo. Usando el lenguaje del Salmo (95) de hoy, ellos habían endurecido sus corazones y cerrado sus oídos a su voz.

La Salette es, por lo tanto, profética. Mientras que el proceder y la apariencia de María son muy diferentes a la manera en que usualmente imaginamos de los profetas, su mensaje, como el de los profetas, contiene exhortaciones, promesas y advertencias.

Dios le dijo a Moisés que haría surgir otro profeta como él de en medio del pueblo. “pondré mis palabras en su boca, y él dirá todo lo que Yo le ordene”. El mantuvo su promesa, a lo largo de muchas generaciones.

En el bautismo, a cada uno de nosotros se nos concedió formar parte en la dignidad del rol profético de Cristo. Esta responsabilidad puede parecer demasiada para nosotros. Por eso rezamos: “Que brille tu rostro sobre tu servidor, sálvame por tu misericordia. Señor, que no me avergüence de haberte invocado” (Antífona de comunión, Sal. 31).

El demonio llamó a Jesús “el Santo de Dios”, y tembló. Los cristianos llaman a Jesús con el mismo título, y van a él. El Salmo 95 pone en palabras esta actitud: “¡Entren, inclinémonos para adorarlo! ¡Doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó! Porque Él es nuestro Dios, y nosotros, el pueblo que Él apacienta, las ovejas conducidas por su mano”.

Nuestra adoración y nuestro estilo de vida llenos de fe son proféticos por naturaleza, atraen la atención hacia la presencia y a la acción de Dios en nuestro mundo. En otras palabras; esto debería hacer posible que los que nos rodean digan, Sé quién eres-un seguidor de Jesucristo”.

Algunos hasta pudieran reconocer una cierta cualidad saletense en nosotros, y procurar comprender qué es o, mejor aún, buscar cómo podrían adquirirla para ellos mismos.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Un Canto Nuevo

(3er Domingo Ordinario: Jonás 3:1-10; 1 Corintios 7:29-31; Mateo 1:14-20)

Comenzamos esta reflexión con la Antífona de Entrada de hoy: “Canten al Señor un canto nuevo, cante al Señor toda la tierra” (Salmo 96:1). Con esto nos ponemos en perspectiva con las lecturas y con La Salette.

En todas las lecturas, hay un cambio trascendental. Los ninivitas le hicieron caso a la predicación de Jonás. Jesús proclama: “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca”. Cuatro pescadores han abandonado sus redes para seguirlo. San Pablo nos dice; “La apariencia de este mundo es pasajera”.

La Aparición de La Salette fue también una experiencia transformadora, no sólo para Melania y Maximino, sino también para muchos otros miles de personas, llegando hasta nuestros tiempos.

La invitación a cantar un canto nuevo se aplica no al cambio en sí mismo, como si fuera sólo cuestión de novedad. Nos llega siempre en un contexto de alegría y celebración. Algo maravilloso ha sucedido – una conversión, una reconciliación – con sentimientos intensos y nuevos, buscando nuevas expresiones.

Hay muchos cantos en tantos idiomas en honor a Nuestra Señora de La Salette. Pero hay uno que está íntimamente asociado con el Santuario sobre la Montaña Santa en Francia. No hace ninguna mención de la Aparición ni del mensaje. En su lugar es una traducción poética del Ángelus, puesto en música, y que se canta al final de la procesión de las antorchas cada atardecer.

Es conocido como el Ángelus de La Salette, y los peregrinos habituales lo saben de memoria. Es, de algún modo, un canto nuevo para ellos, que les renueva el amor por la Bella Señora cada vez que lo cantan. Una nueva canción que ayuda a eliminar los hábitos viejos y negativos que a menudo intentan reapropiarse de nuestras vidas.

El Salmo de hoy contiene una maravillosa oración: “Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus senderos. Guíame por el camino de tu fidelidad, enséñame”. Necesitamos tener nuestros pies firmes sobre el suelo de la verdad de Dios que nos guía. La verdad que nunca envejece.

El canto nuevo va en ambos sentidos. Es para considerar este maravilloso texto de Sofonías 3:17: “¡El Señor, tu Dios, está en medio de ti, es un guerrero victorioso! El exulta de alegría a causa de ti, te renueva con su amor y lanza por ti gritos de alegría, como en los días de fiesta”.

¡Nuestro canto nuevo es el de Dios, y el suyo es el nuestro!

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Títulos

(2do Domingo Ordinario: 1 Samuel 3:3-19; 1 Corintios 6:13-20; Juan 1:35-42)

¿Tienes un título? Los Misioneros de La Salette escriben MS después de sus nombres, y las hermanas de la Salette SNDS. Algunos de ustedes, nuestros lectores, seguramente poseen títulos académicos, o llevan una etiqueta que indica el rol o el status en su lugar de trabajo.

En la Biblia, los nombres a menudo están en función de un propósito. Jesús le dice a Simón, “Tú te llamarás Cefas”, que significa Pedro y define su rol, su vocación. Sería interesante especular sobre el nombre que Jesús pudiera darnos a cada uno. Una cosa es cierta: sería al mismo tiempo una bendición y una obligación.

Tomando simplemente el nombre de discípulo, por ejemplo. Es cosa bella seguir a Cristo; pero el refrán de nuestra vida entonces se convierte en el del Salmo de hoy: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.

Esta es la sumisión a la que la Bella Señora nos llama al comienzo mismo de su discurso.

A veces no escuchamos el llamado o, como Samuel, no captamos su procedencia. Puede que necesitemos escucharlo muchas veces. Otra persona, como Elí, puede ayudarnos a entender lo que está pasando.

Si aceptamos uno de los títulos o ambos de los que fueron dados por Nuestra Señora de La Salette—“hijos míos, mi pueblo”—con buena razón sería de esperar de nuestra parte honrarla viviendo en consecuencia y llevando adelante la gran misión que ella nos ha confiado.

San Pablo propone dos nombres menos obvios para los creyentes: “templo del Espíritu Santo”, y “comprados, ¡y a qué precio!”. Así él establece la conexión con el código moral que distingue a los cristianos del resto de la sociedad de Corinto.

Una vez que hayamos reconocido y aceptado nuestra vocación, esta se revela a sí misma constantemente. Andrés dijo a Simón, “¡Hemos encontrado al Mesías!”. La verdad de aquella afirmación resonó en sus corazones y mentes por el resto de sus días.

Para nosotros, esto es especialmente verdadero en cuanto a la Eucaristía. En la Liturgia de la palabra decimos en nuestros corazones, “Habla, Señor, porque tu servidor escucha”. En el altar hacemos memoria del gran precio pagado por Jesús para salvarnos. ¿Dónde más podemos ser más conscientes de ser construidos como templo del Espíritu Santo? De allí sacamos la fortaleza que necesitamos para vivir nuestro nombre cristiano con título y todo.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Testimonio

(Bautismo del Señor: Isaías 55:1-11; 1 Juan 5:1-9; Marcos 1:7-11)

En el Evangelio de hoy, hay tres que dan testimonio de Jesús. El primero es Juan el Bautista, que anuncia su venida.

Los otros dos, en orden de aparición, son el Espíritu Santo, en la forma visible de una paloma, y Dios el Padre, a quien se le oye, pero no se le ve. Al comienzo del ministerio público de Jesús, ellos asumen sus roles en todo aquello que irá sucediendo. Juan el Bautista lo resume en nuestra segunda lectura: “El Espíritu da testimonio porque el Espíritu es la verdad... Y Dios ha dado testimonio de su Hijo”.

Dar testimonio de Cristo es la vocación de la Iglesia toda. Toma la forma de palabras, por supuesto, en las Escrituras y en las enseñanzas de la Iglesia.

Pero como vemos a lo largo de los Evangelios, el Padre y el Espíritu también reafirman por medio de su poder y su presencia a la persona de Jesús y a su ministerio. De ese modo se cumple lo dicho en la primera lectura de hoy: “Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, ... así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé”.

En La Salette, por importante que sea el Mensaje de la Bella Señora, su testimonio abarca mucho más que palabras. Es la luz, es el crucifijo, las rosas, las cadenas, es la elocuencia de las lágrimas.

De modo similar, hay una diferencia entre hablar con la verdad y vivirla. No hay duda que la gente del área en torno a La Salette estaba acostumbrada a los discursos religiosos tradicionales, tales como “Gracias a Dios”, pero esto no se traducía en una manera de vivir, al menos no de la manera señalada por María, es decir, la participación en la gran acción de gracias, la Eucaristía.

La vida del bautizado no es puramente sacramental, por supuesto. Toda nuestra manera de vivir debe manifestar la autenticidad de nuestra fe. En el Bautismo recibimos una vestidura blanca; así también nosotros debemos vestirnos de fe, esperanza, y amor, mientras vivimos las bienaventuranzas.

Nada de esto da a entender que las palabras no sean importantes. No podemos pensar en La Salette sin la invitación amorosa de María, su discurso, su mandato final de envío. Es posible, también, que nuestras palabras puedan ayudar a otros a comprender nuestro estilo de vida, mientras hacemos nuestra parte para la realización de la misión de la Iglesia.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

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