La Llave y la Clave

(21er Domingo Ordinario: Isaías 22:19-23; Romanos 11:33-36; Mateo 16:13-20)

Como de costumbre, hay una clara conexión entre la primera lectura y el Evangelio. Se encuentra en el simbolismo de las llaves. Eliaquím recibirá las llaves de Sebna; Jesús confía las llaves del reino de los cielos a Pedro.

A primera vista esto podría sonar a un premio que Pedro se ganó por haber dado la respuesta correcta a la pregunta, “Ustedes, ¿quién dicen que soy?” Nada está más lejos de la verdad. Es el Padre quien se lo ha revelado.

Así como esta pregunta se levanta de generación en generación, es necesario que nosotros mismos también la respondamos. La respuesta de Pedro no es evidente por sí misma. ¿Qué es lo que uno tiene que hacer al sentirse rodeado de gente que se burla de nuestra religión? Tal vez esto forma parte de lo que San Pablo se refiere al hablar de los “designios insondables y caminos incomprensibles” de Dios. Pero ¿cuál es la clave para mantener nuestra paz interior?

En La Salette, Nuestra Señora habló justamente de dicha situación. Los pocos fieles se estaban volviendo cada vez más pocos, en un mundo agresivamente anticlerical. La llave ofrecida por María es aquella que colgaba de su cuello: la imagen de su Hijo crucificado.

Ella enfatizó la importancia de nuestra relación con Jesús, y con la cruz sobre la que su hijo murió por nosotros. Lejos de vilipendiar su nombre, estamos llamados a proclamarlo de palabra y acción, “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Esto significa vivir fielmente y, sí, siendo discípulos felices.

Jesús le dijo a Pedro, “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella”. Mientras no se trate de construirnos una fortaleza mental infranqueable, esta promesa es una fuente de consuelo.

Hay otro estimulo en el Salmo de hoy: “El Señor está en las alturas, pero se fija en el humilde”. Lo mismo que Maximino y su padre al volver a casa desde las tierras de Coin, su ojo atento nos ve. 

Con María podemos rezar sin cesar. Podemos hacer nuestro el ultimo versículo del Salmo: “Tu amor es eterno, Señor, ¡no abandones la obra de tus manos!” Aun si nada cambia, podemos llegar a ser lo que Isaías llama “una estaca en un sitio firme”, inquebrantables en nuestra fe.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Un Mensaje Universal

(20mo Domingo Ordinario: Isaías 56:1-7; Romanos 11:13-32; Mateo 15:21-28)

Por razones que no son del todo claras, la misión de Jesús no incluía a los gentiles, aunque sí haya respondido a las suplicas de un Centurión Romano (Mateo 8:5-13) y, en el Evangelio de hoy, a las de una mujer Cananea.

Antes, cuando envío a los Doce en su primera experiencia misionera, les instruyó, “No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”.  Solamente al final del Evangelio de Mateo Jesús les ordenó: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos”.

Con el tiempo, y después de muchas persecuciones, la oración del Salmista, “¡Que todos los pueblos te den gracias!”, fue atendida. En cada nación, hay al menos algunas personas que cumplen la profecía de Isaías. “Yo los conduciré hasta mi santa Montaña y los colmaré de alegría en mi Casa de oración”.

Sin embargo, la universalidad (el ser inclusivo) es un desafío. En cada grupo hay una tendencia a una cierta exclusividad. En el Evangelio de hoy, los discípulos quieren que Jesús haga lo que sea para que la mujer cananea se vaya, no solamente, o tal vez, porque sea una pagana sino también porque es una molestia.

¿Te has encontrado tú mismo algunas veces tratando de evitar situaciones incómodas, gente problemática, una llamada inesperada de alguien pasando necesidad, etc., etc.? Puede ser difícil mantener el espíritu inclusivo que es inherente a nuestra Misión de Reconciliación.

San Pablo había intentado en su tiempo excluir del judaísmo a los cristianos. Después, algunos de los primeros cristianos quisieron excluir a los gentiles. Pero pronto vemos que el mayor anhelo de Pablo fue el de llevar la salvación de Cristo tanto a los judíos como a los gentiles.

Esta visión encuentra eco en las palabras finales del mensaje de María en La Salette, “Díganselo a todo mi pueblo”. Hoy hay misiones saletenses en 27 países (y seguimos descubriendo pequeños santuarios saletenses en otros lugares), pero esto nos deja con mucho más de 150 países en los que La Salette es desconocida. Comparado con la expansión del Evangelio, ¡tenemos un largo camino a recorrer!

El mensaje tiene muchos elementos, atrae a diferentes personas de maneras distintas. Esto es verdad también en cuanto a nosotros mensajeros, individualmente únicos, pero juntos, universales.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Oiré

(19no Domingo Ordinario: 1 Reyes 19:9-13; Romanos 8:1-5; Mateo 14:22-33)

El relato de Elías en la cueva plantea casi como una sorpresa el hecho de que Dios se le haya presentado en el “rumor de una brisa suave”. Después de todo en otros episodios de la vida del profeta, su relación con el Señor tenía mucho que ver con fuego, y al final Dios lo hizo subir al cielo en el torbellino.

No hay manera de predecir cuándo o cómo Dios nos hablará. Pero Elías se puso de pie delante del Señor, a tono con su presencia, listo para escuchar y servir.

La conversión de San Pablo es otro ejemplo de lo que es un encuentro inesperado con el Señor. Mil ochocientos años después, nadie podría haber previsto que Melania Calvat y Maximino Giraud, unos niños sin ninguna instrucción religiosa, escucharían la palabra de Dios por medio de las palabras de una Bella Señora. 

El Salmo de hoy describe un sorpresivo encuentro: “El Amor y la Verdad se encontrarán, la Justicia y la Paz se abrazarán”.  Vemos cómo todo se entrelaza y se combina, para que la intervención de Dios cumpla su propósito, y el de María también. 

Vivimos en un mundo donde la paz parece ser una causa perdida, la verdad ya no es más la verdad. La famosa pregunta de Pilato, “¿Qué es la verdad?” la escuchamos por doquier. Tristemente. La bondad a veces parece estar opuesta a la verdad, especialmente cuando es difícil de soportar. En La Salette, sin embargo, María fue capaz de combinar la verdad de su mensaje con la dulzura de su voz y la ternura de sus lágrimas.

El bien, la verdad, la justicia, la paz: yacen en lo más profundo de nuestro anhelo de estar en armonía con Dios, y en vivir reconciliando vidas. Pero, ¿Cómo logramos alcanzar dicha meta?

En primer lugar, debemos reconocer y aceptar que no hay garantía de éxito. Aun el mismo San Pablo, un fiel siervo de Dios como lo fue, se lamentaba de sus propios defectos. A veces hay un destello de esperanza, pero, al igual que Pedro como cuando caminó sobre el agua, podemos entrar en pánico y escuchar a Jesús diciéndonos, “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”

Jesús subió a la montaña para orar. La cueva de Elías estaba en la montaña de Dios, el Horeb. La Salette está en los Alpes. Los intensos “tiempos de Dios” a menudo son descritos como experiencias cumbres. Pero, ¿Quiénes somos nosotros para decidir cuándo, dónde o cómo el Señor nos hablará?

Es mayormente en retrospectiva en que reconocemos la voz de Dios. ¿Cuándo fue la última vez que la oíste?

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Compartir la Riqueza

(17mo Domingo Ordinario: 1 Reyes 3:5-12; Romanos 8:28-30; Mateo 13:44-52)

  Cuando decimos que algo nos gusta, ya sea - una comida favorita, un deporte o alguna música – es una manera sencilla de decir que nos deleitamos en ello.

No es del todo lo mismo, sin embargo, cuando, en el Salmo de hoy, le decimos al Señor, “Yo amo tus mandamientos y los prefiero al oro más fino. ¿En qué sentido es diferente? La respuesta yace en el posesivo plural ‘tus’. El salmista no es un abogado al que le guste andar divagando en las complejidades (y encontrando las lagunas) de la Ley. El contexto aquí es la oración, dirigida a Dios a quien ama.

En el Evangelio, las dos primeras parábolas recalcan que el reino de los cielos tiene un valor incomparable, tanto que uno debería estar dispuesto a “vender todo lo que posee” con el propósito de adquirirlo.

Hay, sin embargo, una diferencia importante entre el tesoro enterrado en el campo y el reino de los cielos. En el primer caso, la persona que encuentra el tesoro presumiblemente se lo queda, o lo usa para enriquecerse aún más.

Pero cuando se trata del reino, quien sea que lo haya adquirido y amado, se ve impulsado a compartirlo.

La Biblia es un verdadero tesoro escondido en el campo dado a nosotros por Dios. ¿Lo amamos? Nos provee de riquezas de Sabiduría, Conocimiento, Mandatos y Preceptos para conducirnos sabiamente. ¿Los amamos? Con ellos, también tenemos los Sacramentos. ¿Amamos estas perlas de gran valor, atesoradas por la Comunidad de los Creyentes?

Estas reflexiones semanales están dedicadas a aquellos que aman a La Salette. En esto también, está primero y ante todo nuestro amor por una cierta Bella Señora, a quien llamamos nuestra Madre en Lágrimas, y que vino a recordarnos de los tesoros que el Señor ha puesto a nuestra disposición.

En la versión larga del Evangelio de hoy, Jesús pregunta, “¿Comprendieron todo esto?” Sería maravilloso si nosotros, como los discípulos pudiéramos responder con un “Sí”. No necesitamos ser teólogos ni eruditos bíblicos. El salmista nos los recuerda: “La explicación de tu palabra ilumina y da inteligencia al ignorante”.

Con respecto al reino de los cielos, La Salette no es algo que debamos guardar para nosotros mismos. Estamos encargados de hacer conocer el mensaje a todo su pueblo.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Vengan, Escuchen, Vivan

(18vo Domingo Ordinario: Isaías 55:1-3; Romanos 8:35-39; Mateo 14:13-21)

Coman gratuitamente y sin pagar”, dice Isaías al prometer abundancia de comida y bebida. ¿Qué otra cosa podría ser más atrayente?

En La Salette también hay una promesa de abundancia –un montón de trigo, y papas sembradas por los campos – con una condición: conversión. Preferimos a Isaías.

Pero La Salette e Isaías no son para nada diferentes. Leyendo unas líneas más adelante en Isaías, encontramos: “Háganme caso, y comerán buena comida, se deleitarán con sabrosos manjares. Presten atención y vengan a mí, escuchen bien y vivirán”. El profeta imagina un pueblo que vive regido por la palabra de Dios. Está lanzando un llamado a la conversión y lo afirma más explícitamente unos versículos después de esta lectura: “Que el malvado abandone su camino y el hombre perverso, sus pensamientos; que vuelva al Señor, y él le tendrá compasión”.

En el Evangelio podemos encontrar cumplida la visión de Isaías. Gentes de muchas ciudades vinieron a escuchar a Jesús. Cuando sus discípulos le sugirieron que despida a la multitud para que vaya a comprar comida, él la alimentó sin pagar y sin costo alguno.

Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos para que lo distribuyeran. Esta aun no es la Ultima Cena, pero la conexión es obvia.

No es para sorprenderse, por lo tanto, que Nuestra Señora de La Salette mencione la Eucaristía Dominical. Es el lugar donde su pueblo puede encontrarse con su Hijo, ser alimentado por él, y hallar fortaleza para el camino.

Como individuos, comunidades y naciones, es inevitable que tengamos que toparnos con crisis y tragedias como aquellas de las que habla San Pablo en la segunda lectura.

La antífona de entrada de hoy refleja un tiempo de angustia: “Líbrame, Dios mío. Señor, ven pronto a socorrerme. Tú eres mi ayuda y mi libertador, no tardes, Señor” (Salmo 70). La Bella Señora no encontró la misma actitud en su pueblo. En lugar de elevar suplicas a Dios, blasfemaban con su nombre.

Cuando oramos al Señor con nuestro corazón, “Tú eres mi libertador”, confiamos en que ninguna fuerza que venga de afuera de nosotros será capaz de separarnos del amor de Cristo. Que él nos preserve de apartarnos de su lado.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Volver a lo Básico

(16to Domingo Ordinario: Sabiduría 12:13-19; Romanos 8:26-27; Mateo. 13:24-43)

Las personas que recién están conociendo acerca de La Salette se sorprenden cuando leen las palabras de la Bella Señora: “Les he dado seis días para trabajar y me he reservado el séptimo, pero no quieren dármelo”. Inmediatamente recalcan: Es el día del Señor, no el de María.

Es cierto, pero el problema se resuelve al traer a colación la naturaleza bíblica y el tono del mensaje. En los profetas y en los salmos especialmente, a veces nos hace falta intuir quién es el que está hablando, insertar mentalmente, “Así dice el Señor”. Esto también es cierto, en este caso, con el mensaje de María. 

Santificar el santo Día del Señor es el Tercer Mandamiento. Nuestra señora alude también al Segundo, “No pronunciarás en vano el nombre del Señor, tu Dios”, cuando habla de “el Nombre de mi Hijo”.

Ambos encuentran su fundamento en el Primer Mandamiento: “Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar en esclavitud. No tendrás otros dioses delante de mí”.

Esta siempre ha sido una lucha. Fácilmente nos dejamos esclavizar por otros dioses.

Es por esta razón que tanto el autor de Sabiduría como el salmista celebran la misericordia y el perdón de Dios. Dios “da lugar al arrepentimiento”, porque él es “compasivo y bondadoso, lento para enojarse, rico en amor y fidelidad”.

Todas las parábolas que leemos hoy indican que somos, individualmente y como Iglesia, una obra en construcción. San Pablo nos urge a no desanimarnos. “El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad… Y el que sondea los corazones conoce el deseo del Espíritu y sabe que su intercesión en favor de los santos está de acuerdo con la voluntad divina”. En otras palabras, él sabe lo que es mejor para nosotros.

El acontecimiento y el mensaje de La Salette encajan perfectamente con esto. Se nos desafía, en nuestra debilidad, a dejar que el Espíritu brille hasta en lo más profundo de nuestros corazones y haga lo que tiene que hacer para que la buena semilla de Dios eche raíces y crezca, como la semilla de mostaza, frondosa y fructífera.

La conversión, la alabanza a nuestro Único Dios Verdadero, la constante confianza en el – estos son los caminos que La Salette nos enseña para volver a lo básico. 

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Abundancia

(15to Domingo Ordinario: Isaías 55:10-11; Romanos 8:18-23; Mateo 13:1-23)

El P. Paul Belhumeur M.S. es un apasionado de la naturaleza y de la creación. Él es también un ávido jardinero, y entiende la importancia de una buena tierra, y hasta tiene su propia receta todo-natural para ello. Por lo tanto, le pedí que me compartiera sus pensamientos acerca de las lecturas de hoy.

En la primera lectura, el hizo notar la imagen de Dios que habla por medio de la naturaleza y compara la palabra “que sale de mi boca” con la lluvia que convierte en fértil y fructífera a la tierra.

En el Salmo, Dios ha enriquecido la tierra, haciendo que produzca frutos en inimaginable abundancia: “Tú coronas el año con tus bienes, y a tu paso rebosa la abundancia; rebosan los pastos del desierto y las colinas se ciñen de alegría”. En el Evangelio, la semilla es buena, pero necesita la tierra apropiada.

Haciendo la conexión con La Salette, el P. Paul ve la imagen de Dios en la naturaleza arruinada por el pecado; no hay abundancia. Pero la imagen de Jesús resplandece sobre el pecho de María, ofreciendo esperanza.

La versión larga del Evangelio de hoy incluye una cita de Isaías: “El corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los sane”.

El mensaje de La Salette es una respuesta ante aquella dureza de corazón. Al usar la imagen del jardín, nosotros podríamos decir que Nuestra Señora hace que su pueblo se acuerde de las herramientas disponibles para el buen cuidado del jardín del alma.

Tenemos los sacramentos. El Bautismo riega la tierra, la Eucaristía brinda los nutrientes para abonarla, la Reconciliación remueve las piedras, las espinas y otros obstáculos.

La Santa Madre Iglesia provee de herramientas adicionales: La adoración, el Rosario, una gran variedad de devociones. Entre otras, no nos olvidemos de las novenas y oraciones a Nuestra Señora de La Salette (al menos un Padre Nuestro y un Avemaría). 

Nada de esto nos garantizará una cosecha exuberante, literal o espiritualmente hablando. Eso es obra del Señor. Pero por medio de su gracia podemos preparar nuestra tierra, para que la semilla (la Palabra) eche raíces en nuestras almas, transformándolas en fértiles y fructíferas, al tiempo que hacemos conocer el mensaje de María.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Alabanza Verdadera

(14to Domingo Ordinario: Zacarías 9:9-10; Romanos 8:9-13; Mateo 11:25-30)

Mateo, Marcos y Lucas reportan, todos ellos—dos veces cada uno—que Jesús hizo que la condición del discípulo sea la de cargar con nuestra cruz y seguirlo. Leemos uno de aquellos discursos en el evangelio de la semana pasada. Solamente Mateo registra la invitación que recibimos hoy, “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré... Porque mi yugo es suave y mi carga liviana”.

Preferimos este pasaje, naturalmente, aunque sólo sea porque nos hace recordar las palabras de María a Melania y Maximino. Pero no hay contradicción entre los dos dichos. Si seguimos al Señor con todo nuestro corazón, ninguna cruz nos será demasiado pesada o demasiado amarga, aun si se trate de nuestra propia naturaleza caída y desordenada.

El comienzo del Evangelio de hoy brinda el contexto de la invitación citada más arriba. Jesús dice, “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños”.

El Padre, por medio de Jesús, invita a los humildes a entrar en comunión con él.

Notemos cómo Jesús comienza, “te alabo”. Encontramos muchas alabanzas hoy, especialmente en la primera lectura y en el salmo: alegrarse, gritar de júbilo, bendecir, alabar el nombre del Señor—junto con los motivos: Viene el Rey de la paz; “El Señor es bueno con todos y tiene compasión de todas sus criaturas”.

La Bella Señora de La Salette, al rezar sin cesar por su pueblo, le pide a su Hijo que se muestre compasivo con nosotros y, viniendo a nosotros, nos pide reorientar nuestras vidas hacia él, con todas nuestras cargas, y darle alabanza. 

San Pablo nos recuerda el hecho de que estamos “animados por el Espíritu”. Por eso podemos vivir en la esperanza segura y cierta de que el Señor nos escucha. Es el Espíritu el que también nos incita, a los que Jesús llama “los pequeños”, a dar alabanzas que sean verdaderamente aceptables a Dios cuando nos damos cuenta de las bendiciones grandes y pequeñas que él derrama sobre nosotros. 

La alabanza es más que un asunto de meras palabras. La belleza y la gratitud que inspira nos llevarán a buscar la voluntad de Dios para nosotros, y a llevarla a cabo con corazones, mentes y almas abiertos y plenos.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Hijos de la Luz

(13er Domingo Ordinario: 2 Reyes 4:8-16; Romanos 6:3-11; Mateo 10: 37-42) 

Me pregunto si Jesús estaba pensando en Eliseo y en la mujer de Sunám cuando dijo: “El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta”.

Él mismo hace muchas promesas en el Evangelio de hoy, y confirma la última con las palabras: “Les aseguro”. En el Nuevo Testamento, estas expresiones se presentan casi ochenta veces, siempre en los labios de Jesús.

El Salmista también hace una promesa: “Proclamaré tu fidelidad por todas las generaciones”. ¿Podemos afirmar nosotros lo mismo?

Una Bella Señora vino a un lugar llamado La Salette porque la fidelidad de Dios no estaba, de hecho, siendo proclamada por su pueblo. Hacía mucho tiempo que fue dejada en el olvido. Ella la proclamó con sus palabras, las cuales incluían advertencias y promesas, y de una manera más efectiva por medio del crucifijo que portaba.

Ustedes han oído muchas veces que el crucifijo resplandeciente parecía ser la fuente de la luz en la cual María se apareció y que envolvía a los niños cuando ellos se aproximaron a ella. Es como si ella se presentara “para anunciar las maravillas de Aquél que los llamó de las tinieblas a su admirable luz” (Aclamación del Evangelio).

El gran erudito saletense P. Jean Stern, M.S. escribe: “Todo lo que esta Dama es, junto con su compasión, bondad y poder, le viene de otro lado, de su Hijo, del crucificado que es verdaderamente su Hijo, pero que es, ante todo, Dios nacido del Dios verdadero”.

Jesús es la fuente de la luz. María nos lleva a él. Como San Pablo, ella no quiere que desconozcamos la relación que tenemos con Jesucristo como resultado de nuestro bautismo.

Caminando “a la luz de su rostro”, recibimos el don del conocimiento que nos ayuda a interpretar los signos de los tiempos, y el don del entendimiento y de la sabiduría, para conducirnos hacia el recto obrar, el cual “nos es tenido en cuenta” como justicia (ver Romanos 4:22).

O, en las palabras de la oración inicial de hoy: “Dios nuestro, que por la gracia de la adopción quisiste hacernos hijos de la luz; concédenos que no seamos envueltos en las tinieblas del error, sino que permanezcamos siempre en el esplendor de la verdad”.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Enemigos, ya no.

(12do Domingo Ordinario: Jeremías 20:10-13; Romanos 5:12-15; Mateo 10: 26-33) 

¿Tienes enemigos? Todos sabemos de personas a las que nos les agradamos, que pudieran tener algún resentimiento en contra nuestra. Pero los enemigos buscan hacernos daño y se regocijan con nuestros fracasos. Es fácil desear que lo mismo les pase a ellos, tal como hace Jeremías. 

El reza, “Señor de los ejércitos, que examinas al justo, que ves las entrañas y el corazón, ¡que yo vea tu venganza sobre ellos!, porque a ti he encomendado mi causa”. Su oración pidiendo justicia busca reivindicación, pero también el castigo para sus enemigos. 

El Salmo responsorial de hoy consiste de ocho versículos seleccionados del Salmo 69. Si lees todos los treinta y siete versículos, encontrarás una serie de maldiciones. Aquí una sola de muestra: ”Que se nuble su vista y no vean y sus espaldas se queden sin fuerzas”.

Como seres humanos, podemos comprender tal reacción de parte de víctimas de la injusticia. Como cristianos, sin embargo, no podemos olvidar el mandamiento de Jesús: “Amen a sus enemigos”. En el Evangelio de hoy, refiriéndose a la persecución que se avecina, tiernamente nos anima: “ustedes valen más que muchos pájaros”. Confianza, no venganza.

Como miembros de la familia saletense mundial. Intentamos regirnos bajo estos principios, con una especial preocupación por la Reconciliación. Luchar contra los males del tiempo presente significa buscar las maneras de poner fin a las enemistades doquiera que existan.

Con todo, terminar con las hostilidades no es suficiente. La Reconciliación nos llama a sanar. Nuestra oración debería ser “para que los enemigos vuelvan a la amistad, los adversarios se den la mano, y los pueblos busquen la concordia” (Segunda Plegaria Eucarística por la Reconciliación).

El texto de San Pablo para hoy, poderosamente lo declara: “Pero no hay proporción entre el don y la falta. Porque si la falta de uno solo provocó la muerte de todos, la gracia de Dios y el don conferido por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, fueron derramados mucho más abundantemente sobre todos”.

Se está refiriendo a lo que él llama, anteriormente en este capítulo, “paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo”.

Esa era el propósito de la Aparición de María en La Salette. La transformación llevada a cabo por la Reconciliación es infinitamente más grande que la ofensa que hizo necesaria la Reconciliación.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Pág. 1 de 12
Go to top