P. René Butler MS - 28vo Domingo Ordinario - Transformaciones

Transformaciones

(28vo Domingo Ordinario: 2 Reyes 5:14-17; 2 Timoteo 2:8-18; Lucas 17:11-19)

Naamán no tenía ninguna razón personal para esperar que el profeta le ayudara. Era un leproso. Además, era extranjero. Fue la hija de una esclava hebrea quien le sugirió que fuera a Samaria para hacerse curar por el profeta. Y no tenía otras opciones.

A su llegada, se sintió decepcionado cuando Eliseo no salió a su encuentro, sino que sólo le envió un mensaje diciéndole que fuera a bañarse siete veces en el rio Jordán; al principio se negó. Pero al final se sometió, y su transformación fue completa, física y espiritualmente

El leproso del relato del Evangelio de quien no sabemos su nombre tampoco tenía una razón personal para esperar que un profeta itinerante llamado Jesús lo ayudaría. Era, después de todo un samaritano. Aunque luego fuera a presentarse a los sacerdotes, ellos no tendrían nada que ver con “este extranjero”. Pero él, también, fue transformado en el cuerpo y en el espíritu.

Casi pareciera que los otros nueve leprosos sanados por Jesús daban por hecho el “por supuesto” que los sanó, ya que compartían la misma religión y nacionalidad.

En La Salette, ni Maximino ni Melania, tampoco ninguna de las personas de los alrededores tenía motivos para esperar la visita de la Madre de Dios. No fue sino hasta la tarde de aquel día que alguien comprendió quién era la que se había aparecido a los niños y les había hablado. La anciana “Mamá Carón” exclamó: “¡Es a la Santísima Virgen a quien estos niños han visto, porque no hay otra en el cielo cuyo Hijo reina!”

Desde entonces, cientos de sanaciones físicas e innumerables transformaciones espirituales han sucedido por medio del encuentro con la Bella Señora.

Naamán y el samaritano regresaron luego de ser purificados, para glorificar a Dios y darle gracias. Cada uno recibió el don de la fe. Lo mismo se puede decir de muchos peregrinos de La Salette.

Mientras más nos demos cuenta de cuán indignos somos de recibir las bendiciones de Dios, más profunda será nuestra gratitud. Idealmente se expresará en nosotros como un sentimiento constante, y también en una determinación a demostrarle al Señor que estamos verdaderamente agradecidos.

Así, las transformaciones seguirán teniendo lugar a lo largo de toda nuestra vida.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

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