Compartir la Riqueza

(17mo Domingo Ordinario: 1 Reyes 3:5-12; Romanos 8:28-30; Mateo 13:44-52)

  Cuando decimos que algo nos gusta, ya sea - una comida favorita, un deporte o alguna música – es una manera sencilla de decir que nos deleitamos en ello.

No es del todo lo mismo, sin embargo, cuando, en el Salmo de hoy, le decimos al Señor, “Yo amo tus mandamientos y los prefiero al oro más fino. ¿En qué sentido es diferente? La respuesta yace en el posesivo plural ‘tus’. El salmista no es un abogado al que le guste andar divagando en las complejidades (y encontrando las lagunas) de la Ley. El contexto aquí es la oración, dirigida a Dios a quien ama.

En el Evangelio, las dos primeras parábolas recalcan que el reino de los cielos tiene un valor incomparable, tanto que uno debería estar dispuesto a “vender todo lo que posee” con el propósito de adquirirlo.

Hay, sin embargo, una diferencia importante entre el tesoro enterrado en el campo y el reino de los cielos. En el primer caso, la persona que encuentra el tesoro presumiblemente se lo queda, o lo usa para enriquecerse aún más.

Pero cuando se trata del reino, quien sea que lo haya adquirido y amado, se ve impulsado a compartirlo.

La Biblia es un verdadero tesoro escondido en el campo dado a nosotros por Dios. ¿Lo amamos? Nos provee de riquezas de Sabiduría, Conocimiento, Mandatos y Preceptos para conducirnos sabiamente. ¿Los amamos? Con ellos, también tenemos los Sacramentos. ¿Amamos estas perlas de gran valor, atesoradas por la Comunidad de los Creyentes?

Estas reflexiones semanales están dedicadas a aquellos que aman a La Salette. En esto también, está primero y ante todo nuestro amor por una cierta Bella Señora, a quien llamamos nuestra Madre en Lágrimas, y que vino a recordarnos de los tesoros que el Señor ha puesto a nuestra disposición.

En la versión larga del Evangelio de hoy, Jesús pregunta, “¿Comprendieron todo esto?” Sería maravilloso si nosotros, como los discípulos pudiéramos responder con un “Sí”. No necesitamos ser teólogos ni eruditos bíblicos. El salmista nos los recuerda: “La explicación de tu palabra ilumina y da inteligencia al ignorante”.

Con respecto al reino de los cielos, La Salette no es algo que debamos guardar para nosotros mismos. Estamos encargados de hacer conocer el mensaje a todo su pueblo.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Vengan, Escuchen, Vivan

(18vo Domingo Ordinario: Isaías 55:1-3; Romanos 8:35-39; Mateo 14:13-21)

Coman gratuitamente y sin pagar”, dice Isaías al prometer abundancia de comida y bebida. ¿Qué otra cosa podría ser más atrayente?

En La Salette también hay una promesa de abundancia –un montón de trigo, y papas sembradas por los campos – con una condición: conversión. Preferimos a Isaías.

Pero La Salette e Isaías no son para nada diferentes. Leyendo unas líneas más adelante en Isaías, encontramos: “Háganme caso, y comerán buena comida, se deleitarán con sabrosos manjares. Presten atención y vengan a mí, escuchen bien y vivirán”. El profeta imagina un pueblo que vive regido por la palabra de Dios. Está lanzando un llamado a la conversión y lo afirma más explícitamente unos versículos después de esta lectura: “Que el malvado abandone su camino y el hombre perverso, sus pensamientos; que vuelva al Señor, y él le tendrá compasión”.

En el Evangelio podemos encontrar cumplida la visión de Isaías. Gentes de muchas ciudades vinieron a escuchar a Jesús. Cuando sus discípulos le sugirieron que despida a la multitud para que vaya a comprar comida, él la alimentó sin pagar y sin costo alguno.

Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos para que lo distribuyeran. Esta aun no es la Ultima Cena, pero la conexión es obvia.

No es para sorprenderse, por lo tanto, que Nuestra Señora de La Salette mencione la Eucaristía Dominical. Es el lugar donde su pueblo puede encontrarse con su Hijo, ser alimentado por él, y hallar fortaleza para el camino.

Como individuos, comunidades y naciones, es inevitable que tengamos que toparnos con crisis y tragedias como aquellas de las que habla San Pablo en la segunda lectura.

La antífona de entrada de hoy refleja un tiempo de angustia: “Líbrame, Dios mío. Señor, ven pronto a socorrerme. Tú eres mi ayuda y mi libertador, no tardes, Señor” (Salmo 70). La Bella Señora no encontró la misma actitud en su pueblo. En lugar de elevar suplicas a Dios, blasfemaban con su nombre.

Cuando oramos al Señor con nuestro corazón, “Tú eres mi libertador”, confiamos en que ninguna fuerza que venga de afuera de nosotros será capaz de separarnos del amor de Cristo. Que él nos preserve de apartarnos de su lado.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Volver a lo Básico

(16to Domingo Ordinario: Sabiduría 12:13-19; Romanos 8:26-27; Mateo. 13:24-43)

Las personas que recién están conociendo acerca de La Salette se sorprenden cuando leen las palabras de la Bella Señora: “Les he dado seis días para trabajar y me he reservado el séptimo, pero no quieren dármelo”. Inmediatamente recalcan: Es el día del Señor, no el de María.

Es cierto, pero el problema se resuelve al traer a colación la naturaleza bíblica y el tono del mensaje. En los profetas y en los salmos especialmente, a veces nos hace falta intuir quién es el que está hablando, insertar mentalmente, “Así dice el Señor”. Esto también es cierto, en este caso, con el mensaje de María. 

Santificar el santo Día del Señor es el Tercer Mandamiento. Nuestra señora alude también al Segundo, “No pronunciarás en vano el nombre del Señor, tu Dios”, cuando habla de “el Nombre de mi Hijo”.

Ambos encuentran su fundamento en el Primer Mandamiento: “Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar en esclavitud. No tendrás otros dioses delante de mí”.

Esta siempre ha sido una lucha. Fácilmente nos dejamos esclavizar por otros dioses.

Es por esta razón que tanto el autor de Sabiduría como el salmista celebran la misericordia y el perdón de Dios. Dios “da lugar al arrepentimiento”, porque él es “compasivo y bondadoso, lento para enojarse, rico en amor y fidelidad”.

Todas las parábolas que leemos hoy indican que somos, individualmente y como Iglesia, una obra en construcción. San Pablo nos urge a no desanimarnos. “El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad… Y el que sondea los corazones conoce el deseo del Espíritu y sabe que su intercesión en favor de los santos está de acuerdo con la voluntad divina”. En otras palabras, él sabe lo que es mejor para nosotros.

El acontecimiento y el mensaje de La Salette encajan perfectamente con esto. Se nos desafía, en nuestra debilidad, a dejar que el Espíritu brille hasta en lo más profundo de nuestros corazones y haga lo que tiene que hacer para que la buena semilla de Dios eche raíces y crezca, como la semilla de mostaza, frondosa y fructífera.

La conversión, la alabanza a nuestro Único Dios Verdadero, la constante confianza en el – estos son los caminos que La Salette nos enseña para volver a lo básico. 

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Abundancia

(15to Domingo Ordinario: Isaías 55:10-11; Romanos 8:18-23; Mateo 13:1-23)

El P. Paul Belhumeur M.S. es un apasionado de la naturaleza y de la creación. Él es también un ávido jardinero, y entiende la importancia de una buena tierra, y hasta tiene su propia receta todo-natural para ello. Por lo tanto, le pedí que me compartiera sus pensamientos acerca de las lecturas de hoy.

En la primera lectura, el hizo notar la imagen de Dios que habla por medio de la naturaleza y compara la palabra “que sale de mi boca” con la lluvia que convierte en fértil y fructífera a la tierra.

En el Salmo, Dios ha enriquecido la tierra, haciendo que produzca frutos en inimaginable abundancia: “Tú coronas el año con tus bienes, y a tu paso rebosa la abundancia; rebosan los pastos del desierto y las colinas se ciñen de alegría”. En el Evangelio, la semilla es buena, pero necesita la tierra apropiada.

Haciendo la conexión con La Salette, el P. Paul ve la imagen de Dios en la naturaleza arruinada por el pecado; no hay abundancia. Pero la imagen de Jesús resplandece sobre el pecho de María, ofreciendo esperanza.

La versión larga del Evangelio de hoy incluye una cita de Isaías: “El corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los sane”.

El mensaje de La Salette es una respuesta ante aquella dureza de corazón. Al usar la imagen del jardín, nosotros podríamos decir que Nuestra Señora hace que su pueblo se acuerde de las herramientas disponibles para el buen cuidado del jardín del alma.

Tenemos los sacramentos. El Bautismo riega la tierra, la Eucaristía brinda los nutrientes para abonarla, la Reconciliación remueve las piedras, las espinas y otros obstáculos.

La Santa Madre Iglesia provee de herramientas adicionales: La adoración, el Rosario, una gran variedad de devociones. Entre otras, no nos olvidemos de las novenas y oraciones a Nuestra Señora de La Salette (al menos un Padre Nuestro y un Avemaría). 

Nada de esto nos garantizará una cosecha exuberante, literal o espiritualmente hablando. Eso es obra del Señor. Pero por medio de su gracia podemos preparar nuestra tierra, para que la semilla (la Palabra) eche raíces en nuestras almas, transformándolas en fértiles y fructíferas, al tiempo que hacemos conocer el mensaje de María.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Alabanza Verdadera

(14to Domingo Ordinario: Zacarías 9:9-10; Romanos 8:9-13; Mateo 11:25-30)

Mateo, Marcos y Lucas reportan, todos ellos—dos veces cada uno—que Jesús hizo que la condición del discípulo sea la de cargar con nuestra cruz y seguirlo. Leemos uno de aquellos discursos en el evangelio de la semana pasada. Solamente Mateo registra la invitación que recibimos hoy, “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré... Porque mi yugo es suave y mi carga liviana”.

Preferimos este pasaje, naturalmente, aunque sólo sea porque nos hace recordar las palabras de María a Melania y Maximino. Pero no hay contradicción entre los dos dichos. Si seguimos al Señor con todo nuestro corazón, ninguna cruz nos será demasiado pesada o demasiado amarga, aun si se trate de nuestra propia naturaleza caída y desordenada.

El comienzo del Evangelio de hoy brinda el contexto de la invitación citada más arriba. Jesús dice, “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños”.

El Padre, por medio de Jesús, invita a los humildes a entrar en comunión con él.

Notemos cómo Jesús comienza, “te alabo”. Encontramos muchas alabanzas hoy, especialmente en la primera lectura y en el salmo: alegrarse, gritar de júbilo, bendecir, alabar el nombre del Señor—junto con los motivos: Viene el Rey de la paz; “El Señor es bueno con todos y tiene compasión de todas sus criaturas”.

La Bella Señora de La Salette, al rezar sin cesar por su pueblo, le pide a su Hijo que se muestre compasivo con nosotros y, viniendo a nosotros, nos pide reorientar nuestras vidas hacia él, con todas nuestras cargas, y darle alabanza. 

San Pablo nos recuerda el hecho de que estamos “animados por el Espíritu”. Por eso podemos vivir en la esperanza segura y cierta de que el Señor nos escucha. Es el Espíritu el que también nos incita, a los que Jesús llama “los pequeños”, a dar alabanzas que sean verdaderamente aceptables a Dios cuando nos damos cuenta de las bendiciones grandes y pequeñas que él derrama sobre nosotros. 

La alabanza es más que un asunto de meras palabras. La belleza y la gratitud que inspira nos llevarán a buscar la voluntad de Dios para nosotros, y a llevarla a cabo con corazones, mentes y almas abiertos y plenos.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Hijos de la Luz

(13er Domingo Ordinario: 2 Reyes 4:8-16; Romanos 6:3-11; Mateo 10: 37-42) 

Me pregunto si Jesús estaba pensando en Eliseo y en la mujer de Sunám cuando dijo: “El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta”.

Él mismo hace muchas promesas en el Evangelio de hoy, y confirma la última con las palabras: “Les aseguro”. En el Nuevo Testamento, estas expresiones se presentan casi ochenta veces, siempre en los labios de Jesús.

El Salmista también hace una promesa: “Proclamaré tu fidelidad por todas las generaciones”. ¿Podemos afirmar nosotros lo mismo?

Una Bella Señora vino a un lugar llamado La Salette porque la fidelidad de Dios no estaba, de hecho, siendo proclamada por su pueblo. Hacía mucho tiempo que fue dejada en el olvido. Ella la proclamó con sus palabras, las cuales incluían advertencias y promesas, y de una manera más efectiva por medio del crucifijo que portaba.

Ustedes han oído muchas veces que el crucifijo resplandeciente parecía ser la fuente de la luz en la cual María se apareció y que envolvía a los niños cuando ellos se aproximaron a ella. Es como si ella se presentara “para anunciar las maravillas de Aquél que los llamó de las tinieblas a su admirable luz” (Aclamación del Evangelio).

El gran erudito saletense P. Jean Stern, M.S. escribe: “Todo lo que esta Dama es, junto con su compasión, bondad y poder, le viene de otro lado, de su Hijo, del crucificado que es verdaderamente su Hijo, pero que es, ante todo, Dios nacido del Dios verdadero”.

Jesús es la fuente de la luz. María nos lleva a él. Como San Pablo, ella no quiere que desconozcamos la relación que tenemos con Jesucristo como resultado de nuestro bautismo.

Caminando “a la luz de su rostro”, recibimos el don del conocimiento que nos ayuda a interpretar los signos de los tiempos, y el don del entendimiento y de la sabiduría, para conducirnos hacia el recto obrar, el cual “nos es tenido en cuenta” como justicia (ver Romanos 4:22).

O, en las palabras de la oración inicial de hoy: “Dios nuestro, que por la gracia de la adopción quisiste hacernos hijos de la luz; concédenos que no seamos envueltos en las tinieblas del error, sino que permanezcamos siempre en el esplendor de la verdad”.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Enemigos, ya no.

(12do Domingo Ordinario: Jeremías 20:10-13; Romanos 5:12-15; Mateo 10: 26-33) 

¿Tienes enemigos? Todos sabemos de personas a las que nos les agradamos, que pudieran tener algún resentimiento en contra nuestra. Pero los enemigos buscan hacernos daño y se regocijan con nuestros fracasos. Es fácil desear que lo mismo les pase a ellos, tal como hace Jeremías. 

El reza, “Señor de los ejércitos, que examinas al justo, que ves las entrañas y el corazón, ¡que yo vea tu venganza sobre ellos!, porque a ti he encomendado mi causa”. Su oración pidiendo justicia busca reivindicación, pero también el castigo para sus enemigos. 

El Salmo responsorial de hoy consiste de ocho versículos seleccionados del Salmo 69. Si lees todos los treinta y siete versículos, encontrarás una serie de maldiciones. Aquí una sola de muestra: ”Que se nuble su vista y no vean y sus espaldas se queden sin fuerzas”.

Como seres humanos, podemos comprender tal reacción de parte de víctimas de la injusticia. Como cristianos, sin embargo, no podemos olvidar el mandamiento de Jesús: “Amen a sus enemigos”. En el Evangelio de hoy, refiriéndose a la persecución que se avecina, tiernamente nos anima: “ustedes valen más que muchos pájaros”. Confianza, no venganza.

Como miembros de la familia saletense mundial. Intentamos regirnos bajo estos principios, con una especial preocupación por la Reconciliación. Luchar contra los males del tiempo presente significa buscar las maneras de poner fin a las enemistades doquiera que existan.

Con todo, terminar con las hostilidades no es suficiente. La Reconciliación nos llama a sanar. Nuestra oración debería ser “para que los enemigos vuelvan a la amistad, los adversarios se den la mano, y los pueblos busquen la concordia” (Segunda Plegaria Eucarística por la Reconciliación).

El texto de San Pablo para hoy, poderosamente lo declara: “Pero no hay proporción entre el don y la falta. Porque si la falta de uno solo provocó la muerte de todos, la gracia de Dios y el don conferido por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, fueron derramados mucho más abundantemente sobre todos”.

Se está refiriendo a lo que él llama, anteriormente en este capítulo, “paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo”.

Esa era el propósito de la Aparición de María en La Salette. La transformación llevada a cabo por la Reconciliación es infinitamente más grande que la ofensa que hizo necesaria la Reconciliación.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Maná en el Desierto

(Cuerpo y Sangre de Cristo: Deuteronomio 2:8-16; 1 Corintios 10:16-17; Juan 6:51-58)

Moisés le dice a su pueblo que Dios deliberadamente los puso a prueba con aflicciones. A los oídos modernos, esto es tal vez más chocante que Jesús diciéndole a sus discípulos, en el Evangelio, de que coman su carne y beban su sangre. 

Cada época tiene su tiempo de prueba: persecución, enfermedad, colapso económico, hambre, etc. ¿Cómo podemos darle sentido a esto?

Leamos las palabras de Moisés más atentamente: El propósito de Dios era el doble: “Para conocer el fondo de tu corazón y ver si eres capaz o no de guardar sus mandamientos”, y “para enseñarte que el hombre no vive solamente de pan, sino de todo lo que sale de la boca del Señor”.

En La Salette la Santísima Virgen conocía muy bien la aflicción de su pueblo. Ella vino a suplicarle que honre los mandamientos de Dios. Al reconocer el hambre que padecían, ella se lamentaba de que no buscaban el Pan de la Vida. “En verano”, ella declara, “sólo van algunas mujeres ancianas a Misa. Los demás trabajan el domingo, todo el verano. En invierno, cuando no saben qué hacer van a Misa sólo para reírse de la religión”.

Volvamos a Moisés, y escuchemos sus palabras en un contexto más amplio. Antes de hablar de las aflicciones, dice:”Acuérdate del largo camino el Señor, tu Dios, te hizo recorrer por el desierto durante esos cuarenta años”.

Así, junto con la preocupación por el hambre, la sed y las serpientes, Dios le provee del maná, del agua de la roca, y de la serpiente de bronce.

San Pablo nos lo recuerda: “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo?” El escribió esto en un tiempo de prueba: había muchas divisiones en la comunidad cristiana de Corinto, y a lo que Pablo apuntaba es que, nuestro compartir de la copa y del pan, es lo que nos hace uno.

La Misa no es sólo una obligación. Es un don valioso. Cuando lo olvidamos, olvidamos precisamente lo que Jesús quería decir cuando nos ordenó, “Hagan esto en conmemoración mía”. Él nos invita a su mesa, para que podamos recibir vida del Pan de la Vida y sostenernos en tiempo de aflicción.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Quédate con nosotros, Señor.

(Santísima Trinidad: Éxodo 34:4-6 & 8-9; 2 Corintios 13:11-13; Juan 3:16-18) 

Si quiero que mi Hijo no los abandone, tengo que encargarme de rezarle sin cesar”. Las palabras de la Bella Señora reflejan la situación de Moisés en nuestra primera lectura, del libro de Éxodo.

Esta no es la primera vez que él ha dirigido sus súplicas a Dios para que no abandone a su pueblo. El Salmo 106 resume la situación: Entonces “El Señor amenazó con destruirlos, pero Moisés, su elegido, se mantuvo firme en la brecha para aplacar su enojo destructor”.

No nos sorprende el darnos cuenta de que Dios continua, hasta el día de hoy, perdonando a su pueblo (con o sin castigo). El escogió a Abraham y a sus descendientes y les hizo promesas que tiene la intención de mantener.  Juan lo plantea de manera maravillosa: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna”.

El amor y la intimidad van juntos. Los amigos comparten secretos, cado uno entrando gradualmente en el misterio del otro. Así sucedía con Dios y Moisés. En Éxodo 3, Dios le reveló a Moisés su Nombre Misterioso – Nombre que no debe nunca ser tomado en vano.

Para los cristianos el nombre de Dios en la Santísima Trinidad es Padre, Hijo y Espíritu Santo. No podemos entender este misterio adecuadamente, pero aquello no nos impide adentrarnos en él. San Pablo escribe: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo permanezcan con todos ustedes”.

Moisés invoca en oración una bendición similar: “Si realmente me has brindado tu amistad, dígnate, Señor, ir en medio de nosotros”. Esta escena es una corroboración de lo que está escrito en el capítulo previo (Éxodo 33:11): “El Señor conversaba con Moisés cara a cara, como lo hace un hombre con su amigo”.

He visto, en una capillita privada, un vitral que presenta una imagen única de Nuestra Señora de La Salette. Ella está arrodillada ante su Hijo Jesús. Él está sentado, sosteniendo un cetro en forma de cruz en su mano izquierda, mientras que su mano derecha está levantada y bendiciendo, su mirada es amorosa y llena de paz.

En este solemne y al mismo tiempo sencillo encuentro, podemos imaginar su oración, casi con las mismas palabras de Moisés: “Es verdad, este es un pueblo obstinado; pero perdona su culpa y su pecado, y conviértelo en tu herencia”.

Santísima Trinidad, único Dios, ¡quédate siempre con nosotros!

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

El Don de las Lágrimas

(Pentecostés: Hechos 2:1-11; 1 Corintios 12:3-7 y 12-13; Juan 20:19-23)

San Pablo escribe: “Hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu”. En los versículos omitidos (8-11) de la segunda lectura, nos da ejemplos de aquello, y, más tarde en el mismo capítulo, advierte a cada uno de los cristianos en contra de que vayan a pensar que los propios dones sean mejores que los de los demás.

Sin embargo, si miramos a muchos de los más grandes escritores espirituales que nos dejó la historia, hay un don que está ausente en la lista de Pablo: el don de las lágrimas.

En la Biblia, las lágrimas y el llanto se presentan a menudo como un desahogo de dolor, de remordimiento o de súplica. Sin embargo, la experiencia universal nos enseña que las lágrimas también proveen alivio a una gran variedad de otras emociones, incluyendo la alegría, la gratitud, el asombro. Todos tienen una cosa en común: un sentimiento intenso.

Debemos tener presente esto cuando pensamos en nuestra Madre llorando.  Pensar en su dolor cuando se quejó por la ingratitud de su pueblo y lo confrontó con su pecado, y especialmente cuando ella dijo, “Por más que recen, hagan lo que hagan, nunca podrán recompensarme por el trabajo que he emprendido en favor de ustedes”.

Sus lágrimas también dejaron ver la infinita ternura de una Madre, al hablar de la muerte de los niños, de la hambruna inminente, de la grieta de separación entre su pueblo y su Hijo.

Aquí déjenme mencionar algunas excepciones notables a lo que escribí más arriba acerca de las lágrimas en la Biblia. Cuando Jacob y Esaú se reencontraron después de años de alejamiento, se nos dice que: “Esaú [el perjudicado] corrió a su encuentro, lo estrechó entre sus brazos, y lo besó llorando” (Gen. 33:4). El mismo lenguaje se usa para la reunificación de José con sus hermanos (Gen. 45:14-15), y con su padre (Gen. 46:29).

En nuestra lectura de San Pablo, la palabra griega para “don” es charisma. A menudo decimos que el “carisma” de La Salette es la reconciliación. El Evangelio de hoy nos ofrece ese don, en las palabras de Jesús a sus Apóstoles: “Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen”.

Si las lágrimas de María pueden conducirnos a descubrir el inmenso amor de su Hijo por nosotros, y su anhelo de reconciliación con nosotros, y si nosotros podemos retribuirlo en plenitud, entonces ¡Qué gran don constituyen aquellas lágrimas!

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

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