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P. René Butler MS - 4to Domingo de Cuaresma - Unción

Unción

(4to Domingo de Cuaresma: 1 Samuel 16:1-13; Efesios 5:8-14; Juan 9:1-41)

David fue ungido con óleo por Samuel, y “desde aquel día, el espíritu del Señor descendió sobre David”. Una de las muchas imágenes de paz está en el salmo de hoy, “unges con óleo mi cabeza”.

Jesús hizo barro y lo puse sobre los ojos del hombre ciego. Debido al material usado, es difícil reconocer este gesto como una unción. Pero es difícil verlo de otro modo cuando consideramos su propósito. Jesús dijo del hombre que había nacido ciego “para que se manifiesten en él las obras de Dios”.

Añade, “Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”. San Pablo aplica en nosotros la misma idea: “Ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor... No participen de las obras estériles de las tinieblas”.

En La Salette, María, la que era “toda de luz” empoderó a dos niños para que cumplan una misión. Aquella, también, era una forma de unción. Y su mensaje nos hace conscientes de nuestra identidad cristiana, tristemente descuidada por tantos de aquellos a los que ella llama “mi pueblo”, pero que todavía están atrapados en las tinieblas.

Todos nosotros fuimos ungidos en el nombre de Cristo, no una vez sino dos, en el sacramento del Bautismo, con el óleo de la salvación, “para que incorporados a su pueblo y permaneciendo unidos a Cristo, vivamos eternamente”.

De verdad, es sólo por medio del Hijo de la Bella Señora que nosotros podemos producir, como San Pablo escribe, los frutos de “la bondad, la justicia y la verdad”. Podemos ver en Jesús, al que nos guía por los justos senderos.

El relato del hombre ciego de nacimiento levanta muchas preguntas – dieciséis, para ser exactos – las más relevantes: ¿Qué dices de Jesús? ¿Quieres hacerte discípulo suyo? ¿Crees en el Hijo del hombre? ¿Quién es, para que crea en él?

Haríamos bien en reflexionar estas preguntas en privado. Pudiera, sin embargo, ser más interesante, estimulante y de provecho hacérnoslas mutuamente, talvez en los momentos de oración y de compartir de fe. 

La “pregunta Saletense” es: ¿Hacen bien sus oraciones? En oración presentémonos para recibir la unción, para que así, por medio de nosotros “se manifiesten las obras de Dios”. ¡Una ambición verdaderamente noble!

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

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