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El Señor Proveerá

(28vo Domingo Ordinario: Isaías 25:6-10; Filipenses 4:12-20; Mateo 22:1-14)

En la primera lectura sólo hay que echar una mirada a todas las cosas que Dios promete aprovisionar a su pueblo. La figura de manjares suculentos y vinos añejados es tan tentadora, casi podría distraernos de todo lo demás.

Hay tanto más: “el destruirá la Muerte para siempre; enjugará las lágrimas de todos los rostros, y borrará sobre toda la tierra el oprobio de su pueblo”. Vemos que en cada caso la intervención de Dios es definitiva, completa. 

Así también en el Salmo de hoy, se resume la realidad desde nuestra perspectiva: “Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque Tú estás conmigo”.

Y aun así, parece que hoy en día estas imágenes han perdido su atractivo. Es como los invitados a la boda que no solo no quisieron venir a la fiesta, sino que abusaron de los mensajeros. Cuan desalentador puede ser esto para los creyentes el ver disminuir sus números.

En 1846, el legado anticlerical de la Revolución Francesa aún era fuerte. Ese era el contexto de la Aparición de María en La Salette. Recriminando a su pueblo, ella esperaba removerlo de su culpa; hablando de la muerte de niños pequeños, ella esperaba que su pueblo volviese a confiar en Aquel que ha destruido la muerte para siempre. 

Es una cosa, como San Pablo, saber vivir tanto en las privaciones como en la abundancia, materialmente hablando. Mucha gente sabe arreglárselas. Pero es otra cosa muy distinta privarnos de lo que el Señor nos ofrece. San Pablo hace una promesa tan maravillosa como la de Isaías: “Dios colmará con magnificencia todas las necesidades de ustedes, conforme a su riqueza, en Cristo Jesús”.

Esto necesita principalmente una cosa: el traje de fiesta, que es la fe. Y la fe viva que la Bella Señora desea hacer renacer en nosotros nos hará capaces de hacer las tres cosas que ella nos pide: convertirnos, rezar bien, y hace conocer su mensaje. 

La conversión incluye, pero no está restringida al hecho de acercarnos de nuevo a los Sacramentos. Si recordamos los siete pecados “Capitales” podemos pedirle al Señor que “ilumine nuestros corazones”, para que podamos discernir las virtudes y los comportamientos que necesitamos cultivar personalmente, “para que podamos valorar la esperanza a la que hemos sido llamados”.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Angustia, con Confianza

(27mo Domingo Ordinario: Isaías 5:1-7; Filipenses 4:6-9; Mateo 21:33-43)

San Pablo escribe, “No se angustien por nada”. Seguramente no es algo realista. De hecho, el mismo Apóstol escribió a los Corintios, “me presenté ante ustedes débil, temeroso y vacilante” (1 Cor 2:3).

El mundo que habitamos siempre le dio a cada generación un amplio motivo de preocupación. Los desastres naturales, las enfermedades, las tensiones sociales, la inseguridad económica nos rodean por todas partes. También nos toca lidiar con pérdidas personales, conflictos, inseguridad personal, etc. ¿Cómo así va a ser posible vivir libres de angustia?

Para algunos es aún más difícil encontrar tiempo para rezar, o sentirse a gusto en la oración tanto como para vivir en la paz de Cristo. 

Extrañamente, la canción de Isaías acerca de la viña de su amigo estaba, de hecho, dirigida a aumentar más la tensión de su pueblo. Las cosas que el Señor le hará a su viña se enumeran con el propósito de llamar la atención de su pueblo. El preferiría no castigarlo, pero ¿de qué otro modo podría persuadirlo para que cambie su proceder?

En La Salette, María usó la misma estrategia que Isaías, y para el mismo propósito. Si su pueblo no quería someterse, las causas de la angustia no harían más que seguir empeorando y sólo sería por culpa del propio pueblo, porque, a su manera, como los jefes de los sacerdotes y los ancianos en el Evangelio, aquel pueblo había rechazado a su Hijo.

Es ciertamente apropiado para nosotros aplicar el mensaje de Isaías, y de María, a nosotros mismos. La viña plantada por Dios con mucha dedicación en cada uno de nosotros en nuestro bautismo, necesita ser regada y podada, para que produzca uvas dulces apropiadas hacer un vino fino. La Bella Señora nos proporciona un examen de conciencia, en vistas de nuestra conversión permanente. 

San Pablo sigue diciendo, “En cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias”. Cuando la gratitud se convierte en el centro de nuestra oración, la confianza se fortalece. Llega a formar parte de una oración bien hecha.

En este contexto, yo recomiendo bastante el Libro de Tobías, como un ejemplo maravilloso. Dos personas infelices, en ambientes separados, claman por la muerte, en cada caso la oración comienza con ¡una alabanza a Dios! ¿Son la angustia y la confianza incompatibles? No, pero el amor y las lágrimas de María nos inspirarán confianza y nos librarán de la angustia.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Ver los Signos, Ser Signos

(26to Domingo Ordinario: Ezequiel 18:25-28; Filipenses 2:1-11; Mateo 21:28-32)

“¡Ustedes no hacen caso!” dice la Bella Señora, hablando de su trabajo en favor de nosotros. Un poco más tarde, en referencia a las pobres cosechas vuelve a decir: “Se los hice ver el año pasado con respecto a las papas: pero no hicieron caso”.

La actitud que ella describe podría tratarse de un simple descuido, una incapacidad de darse cuenta. Después de todo, ¿Cómo podrían los cristianos de poca fe como estos, ser capaces de reconocer los signos que vienen del cielo? Pero aquello no es una excusa, porque ni siquiera se tomaron la molestia de mirar.

En el Evangelio, Jesús les dice a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos: “Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él”. El jefe de los sacerdotes y los ancianos eran conscientes de esto, pero no lo vieron como un signo, mucho menos dirigido a ellos. Esto es lo que San Pablo llama de vanagloria.

Los Misioneros se Nuestra Señora de La Salette declaran en su Regla, “Atentos a los signos de los tiempos, de acuerdo a nuestro carisma, nos abocamos generosamente a las áreas apostólicas a las cuales nos sentimos llamados por la Providencia”. Las Hermanas de La Salette son conscientes de las urgentes necesidades de las personas que dependen de sus entornos, países y épocas”.

Los Laicos Saletenses, también, deben ser conscientes de que los tiempos cambian. El carisma de la reconciliación es único, pero su expresión es infinitamente variable. Necesitamos prestar atención a las circunstancias donde haga falta, y encontrar una manera apropiada de concretarlo.

Esto requiere de una cierta renuncia personal, es decir, poder darnos cuenta de que no lo sabemos todo y tener la voluntad de trabajar en equipo. Esto es lo que San Pablo busca hacer entender a la comunidad de Filipo, y para ello pone el ejemplo de Jesús, aquel que, “se anonadó a sí mismo”, a tal punto de llegar a ser verdaderamente uno con nosotros.

El salmista con frecuencia se humilla a sí mismo cuando admite sus pecados, pero hoy le pide a Dios no mirarlos, y ora diciendo “No recuerdes los pecados ni las rebeldías de mi juventud”. En el Sacramento de la Reconciliación, confiamos en que “Él guía a los humildes para que obren rectamente y enseña su camino a los pobres”.

Cuando estamos abiertos a recibir y compartir la misericordia de Dios, ¿Quién sabe? Podamos nosotros mismo convertirnos en signos.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Dignos del Evangelio

(25to Domingo Ordinario: Isaías 55:6-9; Filipenses 1:20-27; Mateo 20:1-16)

Hay muchos versículos bíblicos sueltos en las escrituras que pueden citarse para compendiar el Mensaje de La Salette. Encontramos uno de esos versículos en Filipenses 1:27, “Les pido que se comporten como dignos seguidores del Evangelio de Cristo”.

Ya que en muchos lugares el Aniversario de la Aparición se celebra este mes, permítanme ver cómo La Salette nos ayuda a responder a la exhortación de San Pablo.

El respeto por el Nombre del Señor y por las cosas de Dios no es simplemente algo opuesto al repudio. Sí, la falta de respeto debe evitarse; como dice Isaías, “Que el malvado abandone su camino”. Pero si nuestro respeto no nos conduce a expresar un amor profundo y perdurable por el Señor, todavía no es un “respeto digno”.

Rezar bien, incluye naturalmente evitar las distracciones – aunque a veces las distracciones lleguen a ser una verdadera oración. Pero Isaías también dice: “Que el hombre perverso abandone sus pensamientos”. Una genuina vida de oración está, por decirlo así, tan llena de oración que no hay lugar para malos pensamientos. Como dice el Salmo de hoy, “El Señor está cerca de aquellos que lo invocan, de aquellos que lo invocan de verdad”.

El espíritu evangélico, inherente en la visión de la vida Cristiana de San Pablo y en los ejemplos que el plantea, nos recuerda que el seguimiento de Cristo no es una devoción privada. Si queremos hacer que el mensaje de María sea conocido, cuanto más debemos vivir de tal modo que atraigamos a otros hacia el Evangelio. No hay que dejar lugar al pensamiento egoísta, ni a la comparación de nuestros logros (como los trabajadores de la viña) con los de los demás.

La sumisión es mucho más que hacer lo que se nos dice. Isaías nos recuerda, “Los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos”. Aquellos que quieren acomodar a Dios a su gusto y medida, tienden a echarle la culpa en los tiempos difíciles. 

Es en momentos como estos en que necesitamos recordar que “El Señor es justo en todos sus caminos y bondadoso en todas sus acciones”, no como una forma de inspirar miedo, sino para hacernos “volver al Señor, y él nos tendrá compasión”.

En Filipenses 1:6, San Pablo expresa su certeza “de que aquel que comenzó en ustedes la buena obra la irá completando hasta el Día de Cristo Jesús”. Es él el que hace dignas nuestras obras.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

El Misterio del Perdón

(24to Domingo Ordinario: Sirácides 27:30—28:7; Romanos. 14:7-9; Mateo 18:21-35)

Hoy arrancamos con estadísticas. Me pregunto, con qué frecuencia, Dios perdonó a su pueblo, en comparación con las veces en que lo castigó. Con un poquito de investigación se puede demostrar que, en una vasta mayoría de casos, el perdón es concedido o prometido.

Uno de los textos clásicos se encuentra en el Salmo de hoy: “Cuanto dista el oriente del occidente, así aparta de nosotros nuestros pecados”.

En la primera lectura y en el Evangelio, es claro que nuestro punto de partida o, si se prefiere, nuestra posición predeterminada, debe ser la prontitud – ¿nos atrevemos a decir las ansias? – de perdonar.

Durante mi investigación, sin embargo, me sorprendió también la cantidad de veces en que el perdón se asocia con la expiación. Un ejemplo típico se encuentra en Levítico 5:13: “El sacerdote practicará el rito de expiación en favor de ese hombre, por el pecado que cometió, y así será perdonado”.

Aquí está la conexión con la lectura de Romanos. Pablo escribe: “Cristo murió y volvió a la vida para ser Señor de los vivos y de los muertos”. El contexto para esta declaración queda clarificado en la oración inmediatamente siguiente: “Entonces, ¿Con qué derecho juzgas a tu hermano? ¿Por qué lo desprecias? Todos, en efecto, tendremos que comparecer ante el tribunal de Dios”.

No somos amos y señores los unos de los otros. Ese título pertenece exclusivamente a Jesús. Le fue otorgado cuándo se ofreció a sí mismo en la cruz como expiación por nuestros pecados. Como sus discípulos, nosotros no tenemos la opción de negar el perdón.

Parte de la sumisión a la cual la Bella Señora de La Salette nos llama consiste en que aceptemos la misericordia obtenida para nosotros por su Hijo. Al hacerlo, será una alegría para nosotros darle el honor que él se merece. 

El novelista Terry Goodkind escribe, “Hay magia en el perdón sincero; en el perdón que concedes, pero más en el perdón que recibes” (El Templo de los Vientos).

Cambia la palabra “gracia” en lugar de “magia” y verás cómo el texto se transforma: ya no más palabras de sabiduría, sino una invitación a entrar en uno de los grandes misterios de nuestra fe. 

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Corrección Maternal

(23ro Domingo Ordinario: Ezequiel 33:7-9; Romanos 13:8-10; Mateo 18:15-20)

En el Evangelio de hoy, Jesús prevé que inevitablemente surgirán conflictos entre los miembros de su Iglesia.

Su primera preocupación es que los asuntos puedan ser resueltos pacíficamente. Hay que evitar conflictos mayores, que desemboquen en serias divisiones que pudieran esparcirse dentro de la comunidad

Es igualmente importante, sin embargo, que los asuntos sean mantenidos al interior de la Iglesia. En 1 Corintios 6, San Pablo se queja de los creyentes que llevan los casos a las cortes civiles: “¡Por lo visto, no hay entre ustedes ni siquiera un hombre sensato, que sea capaz de servir de árbitro entre sus hermanos! ¿Un hermano pleitea con otro, y esto, delante de los que no creen?”

Muchas comunidades religiosas tienen (o tenían) un ejercicio llamado “corrección fraterna”; en pares o en pequeños grupos, los miembros se señalan las fallas los unos a los otros. Cada uno debía tomarse en serio las palabras del otro con gratitud y esforzarse por mejorar.

Algunos podrían hasta ser llamados a tener una postura más profética, especialmente si creen que la propia comunidad está en peligro de perder el rumbo. Como Ezequiel, sienten una responsabilidad personal de desafiar a los otros. 

Lo más difícil en todo esto es mantenerse fiel al mandamiento, “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Debemos comportarnos ante los demás sin causar ofensa ni ofendernos, y sin dureza de corazón. Actuando así, la reconciliación no surgirá como un tema.

Sin embargo, ya que la Iglesia está formada por personas reales, surgirán conflictos ocasionales, que van desde grandes diferencias de opinión a serias acusaciones de mal comportamiento. La primera condición para la reconciliación es que haya un deseo genuino de ambas partes.

¿Qué tiene que ver todo esto con La Salette, uno podría preguntarse? Bastante. María se acercó a un pueblo absorto en sus propios problemas y culpando a Dios por ello. Un pueblo que había perdido de vista a Cristo, tanto que la reconciliación ni siquiera se les cruzaba por la mente.

Hacía falta una Bella Señora, hablando en términos proféticos, para hacerles ver que la reconciliación era deseable y alcanzable. Por medio de sus lágrimas, ella nos ofreció una corrección maternal, dándonos el modelo de un corazón que desea verdaderamente la reconciliación.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Instados por Dios

(22do Domingo Ordinario: Jeremías 20:7-9; Romanos 11:33-36; Mateo 16:13-20)

La mayoría de los sistemas legales le otorgan a un acusado el derecho a guardar silencio. Un profeta, por el contrario – como le pasó a Jeremías– no tiene tal derecho. La palabra de Dios en su interior le quemaba con tanta intensidad que no podía ser silenciada.

Nuestra Señora de La Salette hizo lo mismo. Se sintió obligada a hablar por nosotros, en constante oración ante su Hijo; y vino con urgencia a hablarle a su pueblo, con un mensaje más amplio y más complejo, hasta podríamos decir más intenso, que en otras apariciones marianas.

Ella coloca ante su pueblo solamente una opción: negarse a someterse, o convertirse. O, para usar la terminología de San Pablo, ella le está diciendo a su pueblo, “No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto”.

Discernir la voluntad de Dios no es un ejercicio académico. Pues esto solamente tiene un propósito: capacitarnos para vivir en armonía con Dios haciendo lo que él requiere de nosotros.

¿Tal vez tuviste una experiencia grande de conversión? En aquel momento supiste, al menos de manera general, a donde Dios te estaba conduciendo. ¿Sabías en qué te estabas metiendo? ¿Fuiste capaz de ver de antemano la cruz que llevarías, las distintas maneras por medio de las cuales podrías dar tu vida por amor a Jesús?

Si no fue de inmediato, llegaste a descubrir a su debido tiempo la manera específica en la que te tocaría cumplir la voluntad de Dios. Idealmente, llegó a volverse una pasión, y alcanzaste el punto de no retorno, aunque lo hubieras deseado. El Salmo de hoy expresa dicha intensidad: “Señor, tú eres mi Dios, yo te busco ardientemente; mi alma tiene sed de ti, por ti suspira mi carne como tierra sedienta, reseca y sin agua”.

Aun teniendo un Director Espiritual, el discernimiento es algo profundamente personal. Esto explica la diferencia entre cuatro Santas Teresa: de Calcuta, de Lisieux, de los Andes y de Ávila. Todos construimos de maneras distintas sobre los mismos cimientos.

Es maravilloso saber cuánta gente llegó a apasionarse por La Salette. Aun en esto, las posibilidades son tantas, en cuanto cada uno de nosotros responde a los diferentes aspectos de la Aparición y/o del mensaje.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

La Llave y la Clave

(21er Domingo Ordinario: Isaías 22:19-23; Romanos 11:33-36; Mateo 16:13-20)

Como de costumbre, hay una clara conexión entre la primera lectura y el Evangelio. Se encuentra en el simbolismo de las llaves. Eliaquím recibirá las llaves de Sebna; Jesús confía las llaves del reino de los cielos a Pedro.

A primera vista esto podría sonar a un premio que Pedro se ganó por haber dado la respuesta correcta a la pregunta, “Ustedes, ¿quién dicen que soy?” Nada está más lejos de la verdad. Es el Padre quien se lo ha revelado.

Así como esta pregunta se levanta de generación en generación, es necesario que nosotros mismos también la respondamos. La respuesta de Pedro no es evidente por sí misma. ¿Qué es lo que uno tiene que hacer al sentirse rodeado de gente que se burla de nuestra religión? Tal vez esto forma parte de lo que San Pablo se refiere al hablar de los “designios insondables y caminos incomprensibles” de Dios. Pero ¿cuál es la clave para mantener nuestra paz interior?

En La Salette, Nuestra Señora habló justamente de dicha situación. Los pocos fieles se estaban volviendo cada vez más pocos, en un mundo agresivamente anticlerical. La llave ofrecida por María es aquella que colgaba de su cuello: la imagen de su Hijo crucificado.

Ella enfatizó la importancia de nuestra relación con Jesús, y con la cruz sobre la que su hijo murió por nosotros. Lejos de vilipendiar su nombre, estamos llamados a proclamarlo de palabra y acción, “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Esto significa vivir fielmente y, sí, siendo discípulos felices.

Jesús le dijo a Pedro, “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella”. Mientras no se trate de construirnos una fortaleza mental infranqueable, esta promesa es una fuente de consuelo.

Hay otro estimulo en el Salmo de hoy: “El Señor está en las alturas, pero se fija en el humilde”. Lo mismo que Maximino y su padre al volver a casa desde las tierras de Coin, su ojo atento nos ve. 

Con María podemos rezar sin cesar. Podemos hacer nuestro el ultimo versículo del Salmo: “Tu amor es eterno, Señor, ¡no abandones la obra de tus manos!” Aun si nada cambia, podemos llegar a ser lo que Isaías llama “una estaca en un sitio firme”, inquebrantables en nuestra fe.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Un Mensaje Universal

(20mo Domingo Ordinario: Isaías 56:1-7; Romanos 11:13-32; Mateo 15:21-28)

Por razones que no son del todo claras, la misión de Jesús no incluía a los gentiles, aunque sí haya respondido a las suplicas de un Centurión Romano (Mateo 8:5-13) y, en el Evangelio de hoy, a las de una mujer Cananea.

Antes, cuando envío a los Doce en su primera experiencia misionera, les instruyó, “No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”.  Solamente al final del Evangelio de Mateo Jesús les ordenó: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos”.

Con el tiempo, y después de muchas persecuciones, la oración del Salmista, “¡Que todos los pueblos te den gracias!”, fue atendida. En cada nación, hay al menos algunas personas que cumplen la profecía de Isaías. “Yo los conduciré hasta mi santa Montaña y los colmaré de alegría en mi Casa de oración”.

Sin embargo, la universalidad (el ser inclusivo) es un desafío. En cada grupo hay una tendencia a una cierta exclusividad. En el Evangelio de hoy, los discípulos quieren que Jesús haga lo que sea para que la mujer cananea se vaya, no solamente, o tal vez, porque sea una pagana sino también porque es una molestia.

¿Te has encontrado tú mismo algunas veces tratando de evitar situaciones incómodas, gente problemática, una llamada inesperada de alguien pasando necesidad, etc., etc.? Puede ser difícil mantener el espíritu inclusivo que es inherente a nuestra Misión de Reconciliación.

San Pablo había intentado en su tiempo excluir del judaísmo a los cristianos. Después, algunos de los primeros cristianos quisieron excluir a los gentiles. Pero pronto vemos que el mayor anhelo de Pablo fue el de llevar la salvación de Cristo tanto a los judíos como a los gentiles.

Esta visión encuentra eco en las palabras finales del mensaje de María en La Salette, “Díganselo a todo mi pueblo”. Hoy hay misiones saletenses en 27 países (y seguimos descubriendo pequeños santuarios saletenses en otros lugares), pero esto nos deja con mucho más de 150 países en los que La Salette es desconocida. Comparado con la expansión del Evangelio, ¡tenemos un largo camino a recorrer!

El mensaje tiene muchos elementos, atrae a diferentes personas de maneras distintas. Esto es verdad también en cuanto a nosotros mensajeros, individualmente únicos, pero juntos, universales.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Oiré

(19no Domingo Ordinario: 1 Reyes 19:9-13; Romanos 8:1-5; Mateo 14:22-33)

El relato de Elías en la cueva plantea casi como una sorpresa el hecho de que Dios se le haya presentado en el “rumor de una brisa suave”. Después de todo en otros episodios de la vida del profeta, su relación con el Señor tenía mucho que ver con fuego, y al final Dios lo hizo subir al cielo en el torbellino.

No hay manera de predecir cuándo o cómo Dios nos hablará. Pero Elías se puso de pie delante del Señor, a tono con su presencia, listo para escuchar y servir.

La conversión de San Pablo es otro ejemplo de lo que es un encuentro inesperado con el Señor. Mil ochocientos años después, nadie podría haber previsto que Melania Calvat y Maximino Giraud, unos niños sin ninguna instrucción religiosa, escucharían la palabra de Dios por medio de las palabras de una Bella Señora. 

El Salmo de hoy describe un sorpresivo encuentro: “El Amor y la Verdad se encontrarán, la Justicia y la Paz se abrazarán”.  Vemos cómo todo se entrelaza y se combina, para que la intervención de Dios cumpla su propósito, y el de María también. 

Vivimos en un mundo donde la paz parece ser una causa perdida, la verdad ya no es más la verdad. La famosa pregunta de Pilato, “¿Qué es la verdad?” la escuchamos por doquier. Tristemente. La bondad a veces parece estar opuesta a la verdad, especialmente cuando es difícil de soportar. En La Salette, sin embargo, María fue capaz de combinar la verdad de su mensaje con la dulzura de su voz y la ternura de sus lágrimas.

El bien, la verdad, la justicia, la paz: yacen en lo más profundo de nuestro anhelo de estar en armonía con Dios, y en vivir reconciliando vidas. Pero, ¿Cómo logramos alcanzar dicha meta?

En primer lugar, debemos reconocer y aceptar que no hay garantía de éxito. Aun el mismo San Pablo, un fiel siervo de Dios como lo fue, se lamentaba de sus propios defectos. A veces hay un destello de esperanza, pero, al igual que Pedro como cuando caminó sobre el agua, podemos entrar en pánico y escuchar a Jesús diciéndonos, “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”

Jesús subió a la montaña para orar. La cueva de Elías estaba en la montaña de Dios, el Horeb. La Salette está en los Alpes. Los intensos “tiempos de Dios” a menudo son descritos como experiencias cumbres. Pero, ¿Quiénes somos nosotros para decidir cuándo, dónde o cómo el Señor nos hablará?

Es mayormente en retrospectiva en que reconocemos la voz de Dios. ¿Cuándo fue la última vez que la oíste?

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

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