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Justo y Necesario

(5to Domingo Ordinario: Job 7:1-7; 1 Corintios 9:16-23; Marcos 1:29-39)

En el Prefacio, que introduce la Plegaria Eucarística en la Misa, afirmamos que es “justo y necesario, siempre y en todo lugar”, alabar al Señor nuestro Dios por las bendiciones que nombramos en la liturgia del día.

Siempre. En todo lugar. Esto parece suponer una vida de constante celebración. Pero Job, un verdadero hombre de Dios, declara, “mis ojos no verán más la felicidad”. El que se encontrara en tal estado, es triste, pero es importante que sepamos – y aceptemos – que los creyentes pueden tener días, semanas, meses o hasta años malos.

Hay que recordar que la situación de Job es el resultado de una apuesta. Dios alabó la rectitud de Job, pero el Adversario contestó, “extiende tu mano y tócalo en lo que posee: ¡seguro que te maldecirá en la cara!”. Así que Dios permitió que Satán atormentara a Job. Y aunque Job se quejó fuerte y largamente de sus sufrimientos, leemos, “En todo esto, Job no pecó ni dijo nada indigno contra Dios”.

En muchas partes de Francia en 1846, el pueblo estaba pasando por severas dificultades. Respondían usando el nombre de Jesús, no con devoto respeto, que sería lo justo y necesario hacer, sino como una manera de expresar el enojo que sentían, como bien María remarcó en La Salette.

Como Job, hay ocasiones en las que tenemos más preguntas que respuestas, que tienen que ver con nuestros propios problemas o con los de los otros. Es especialmente perturbador ver a cristianos, batallando con el miedo, las dudas, el estrés, etc., a veces abandonando la fe, alejándose de Dios en momentos cuando más lo necesitan. El llamado de la Bella Señora a la conversión se dirige precisamente a esas personas.

San Pablo escribe sobre su prédica. “es para mí una necesidad imperiosa”. El predicó el Evangelio por amor a Cristo; por amor a los demás, él se hizo “todo para todos”.

Jesús también se esforzó en llevar su predicación y ministerio sanador, enraizados en la oración, a tantos como fuera posible.

María nos pide hacer conocer su mensaje. Es nuestra tarea imperiosa. En nuestros propios tiempos de dificultad, con la cabeza inclinada si es necesario, y humildes al extremo, es justo y necesario que sepamos sobrellevar todo cuanto sea por el Evangelio y por nuestro prójimo, en la esperanza de colaborar para que todos reconozcan la presencia sanadora de Jesús.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

“Sé Quien Eres”

(4to Domingo Ordinario: Deuteronomio 18:15-20; 1 Corintios 7:32-35; Marcos 1:21-28)

En el Evangelio de hoy, la gente estaba asombrada porque Jesús “les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas”. Sin embargo, un hombre en la sinagoga, no estaba asombrado sino aterrorizado. Poseído por un espíritu impuro, fue el único que, al reconocer a Jesús, gritó con fuerza, “¡Ya sé quién eres!”. Entonces Jesús hizo exactamente lo que el demonio más temía, y lo expulsó.

El espíritu impuro lo conocía, mientras que aquellos que deberían conocerlo, no. En La Salette, la Bella Señora vio que su pueblo, a juzgar por su comportamiento, ya no conocía a su Hijo. Usando el lenguaje del Salmo (95) de hoy, ellos habían endurecido sus corazones y cerrado sus oídos a su voz.

La Salette es, por lo tanto, profética. Mientras que el proceder y la apariencia de María son muy diferentes a la manera en que usualmente imaginamos de los profetas, su mensaje, como el de los profetas, contiene exhortaciones, promesas y advertencias.

Dios le dijo a Moisés que haría surgir otro profeta como él de en medio del pueblo. “pondré mis palabras en su boca, y él dirá todo lo que Yo le ordene”. El mantuvo su promesa, a lo largo de muchas generaciones.

En el bautismo, a cada uno de nosotros se nos concedió formar parte en la dignidad del rol profético de Cristo. Esta responsabilidad puede parecer demasiada para nosotros. Por eso rezamos: “Que brille tu rostro sobre tu servidor, sálvame por tu misericordia. Señor, que no me avergüence de haberte invocado” (Antífona de comunión, Sal. 31).

El demonio llamó a Jesús “el Santo de Dios”, y tembló. Los cristianos llaman a Jesús con el mismo título, y van a él. El Salmo 95 pone en palabras esta actitud: “¡Entren, inclinémonos para adorarlo! ¡Doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó! Porque Él es nuestro Dios, y nosotros, el pueblo que Él apacienta, las ovejas conducidas por su mano”.

Nuestra adoración y nuestro estilo de vida llenos de fe son proféticos por naturaleza, atraen la atención hacia la presencia y a la acción de Dios en nuestro mundo. En otras palabras; esto debería hacer posible que los que nos rodean digan, Sé quién eres-un seguidor de Jesucristo”.

Algunos hasta pudieran reconocer una cierta cualidad saletense en nosotros, y procurar comprender qué es o, mejor aún, buscar cómo podrían adquirirla para ellos mismos.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Un Canto Nuevo

(3er Domingo Ordinario: Jonás 3:1-10; 1 Corintios 7:29-31; Mateo 1:14-20)

Comenzamos esta reflexión con la Antífona de Entrada de hoy: “Canten al Señor un canto nuevo, cante al Señor toda la tierra” (Salmo 96:1). Con esto nos ponemos en perspectiva con las lecturas y con La Salette.

En todas las lecturas, hay un cambio trascendental. Los ninivitas le hicieron caso a la predicación de Jonás. Jesús proclama: “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca”. Cuatro pescadores han abandonado sus redes para seguirlo. San Pablo nos dice; “La apariencia de este mundo es pasajera”.

La Aparición de La Salette fue también una experiencia transformadora, no sólo para Melania y Maximino, sino también para muchos otros miles de personas, llegando hasta nuestros tiempos.

La invitación a cantar un canto nuevo se aplica no al cambio en sí mismo, como si fuera sólo cuestión de novedad. Nos llega siempre en un contexto de alegría y celebración. Algo maravilloso ha sucedido – una conversión, una reconciliación – con sentimientos intensos y nuevos, buscando nuevas expresiones.

Hay muchos cantos en tantos idiomas en honor a Nuestra Señora de La Salette. Pero hay uno que está íntimamente asociado con el Santuario sobre la Montaña Santa en Francia. No hace ninguna mención de la Aparición ni del mensaje. En su lugar es una traducción poética del Ángelus, puesto en música, y que se canta al final de la procesión de las antorchas cada atardecer.

Es conocido como el Ángelus de La Salette, y los peregrinos habituales lo saben de memoria. Es, de algún modo, un canto nuevo para ellos, que les renueva el amor por la Bella Señora cada vez que lo cantan. Una nueva canción que ayuda a eliminar los hábitos viejos y negativos que a menudo intentan reapropiarse de nuestras vidas.

El Salmo de hoy contiene una maravillosa oración: “Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus senderos. Guíame por el camino de tu fidelidad, enséñame”. Necesitamos tener nuestros pies firmes sobre el suelo de la verdad de Dios que nos guía. La verdad que nunca envejece.

El canto nuevo va en ambos sentidos. Es para considerar este maravilloso texto de Sofonías 3:17: “¡El Señor, tu Dios, está en medio de ti, es un guerrero victorioso! El exulta de alegría a causa de ti, te renueva con su amor y lanza por ti gritos de alegría, como en los días de fiesta”.

¡Nuestro canto nuevo es el de Dios, y el suyo es el nuestro!

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Títulos

(2do Domingo Ordinario: 1 Samuel 3:3-19; 1 Corintios 6:13-20; Juan 1:35-42)

¿Tienes un título? Los Misioneros de La Salette escriben MS después de sus nombres, y las hermanas de la Salette SNDS. Algunos de ustedes, nuestros lectores, seguramente poseen títulos académicos, o llevan una etiqueta que indica el rol o el status en su lugar de trabajo.

En la Biblia, los nombres a menudo están en función de un propósito. Jesús le dice a Simón, “Tú te llamarás Cefas”, que significa Pedro y define su rol, su vocación. Sería interesante especular sobre el nombre que Jesús pudiera darnos a cada uno. Una cosa es cierta: sería al mismo tiempo una bendición y una obligación.

Tomando simplemente el nombre de discípulo, por ejemplo. Es cosa bella seguir a Cristo; pero el refrán de nuestra vida entonces se convierte en el del Salmo de hoy: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.

Esta es la sumisión a la que la Bella Señora nos llama al comienzo mismo de su discurso.

A veces no escuchamos el llamado o, como Samuel, no captamos su procedencia. Puede que necesitemos escucharlo muchas veces. Otra persona, como Elí, puede ayudarnos a entender lo que está pasando.

Si aceptamos uno de los títulos o ambos de los que fueron dados por Nuestra Señora de La Salette—“hijos míos, mi pueblo”—con buena razón sería de esperar de nuestra parte honrarla viviendo en consecuencia y llevando adelante la gran misión que ella nos ha confiado.

San Pablo propone dos nombres menos obvios para los creyentes: “templo del Espíritu Santo”, y “comprados, ¡y a qué precio!”. Así él establece la conexión con el código moral que distingue a los cristianos del resto de la sociedad de Corinto.

Una vez que hayamos reconocido y aceptado nuestra vocación, esta se revela a sí misma constantemente. Andrés dijo a Simón, “¡Hemos encontrado al Mesías!”. La verdad de aquella afirmación resonó en sus corazones y mentes por el resto de sus días.

Para nosotros, esto es especialmente verdadero en cuanto a la Eucaristía. En la Liturgia de la palabra decimos en nuestros corazones, “Habla, Señor, porque tu servidor escucha”. En el altar hacemos memoria del gran precio pagado por Jesús para salvarnos. ¿Dónde más podemos ser más conscientes de ser construidos como templo del Espíritu Santo? De allí sacamos la fortaleza que necesitamos para vivir nuestro nombre cristiano con título y todo.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Testimonio

(Bautismo del Señor: Isaías 55:1-11; 1 Juan 5:1-9; Marcos 1:7-11)

En el Evangelio de hoy, hay tres que dan testimonio de Jesús. El primero es Juan el Bautista, que anuncia su venida.

Los otros dos, en orden de aparición, son el Espíritu Santo, en la forma visible de una paloma, y Dios el Padre, a quien se le oye, pero no se le ve. Al comienzo del ministerio público de Jesús, ellos asumen sus roles en todo aquello que irá sucediendo. Juan el Bautista lo resume en nuestra segunda lectura: “El Espíritu da testimonio porque el Espíritu es la verdad... Y Dios ha dado testimonio de su Hijo”.

Dar testimonio de Cristo es la vocación de la Iglesia toda. Toma la forma de palabras, por supuesto, en las Escrituras y en las enseñanzas de la Iglesia.

Pero como vemos a lo largo de los Evangelios, el Padre y el Espíritu también reafirman por medio de su poder y su presencia a la persona de Jesús y a su ministerio. De ese modo se cumple lo dicho en la primera lectura de hoy: “Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, ... así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé”.

En La Salette, por importante que sea el Mensaje de la Bella Señora, su testimonio abarca mucho más que palabras. Es la luz, es el crucifijo, las rosas, las cadenas, es la elocuencia de las lágrimas.

De modo similar, hay una diferencia entre hablar con la verdad y vivirla. No hay duda que la gente del área en torno a La Salette estaba acostumbrada a los discursos religiosos tradicionales, tales como “Gracias a Dios”, pero esto no se traducía en una manera de vivir, al menos no de la manera señalada por María, es decir, la participación en la gran acción de gracias, la Eucaristía.

La vida del bautizado no es puramente sacramental, por supuesto. Toda nuestra manera de vivir debe manifestar la autenticidad de nuestra fe. En el Bautismo recibimos una vestidura blanca; así también nosotros debemos vestirnos de fe, esperanza, y amor, mientras vivimos las bienaventuranzas.

Nada de esto da a entender que las palabras no sean importantes. No podemos pensar en La Salette sin la invitación amorosa de María, su discurso, su mandato final de envío. Es posible, también, que nuestras palabras puedan ayudar a otros a comprender nuestro estilo de vida, mientras hacemos nuestra parte para la realización de la misión de la Iglesia.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Nuestra Historia y la de Ellos

(Epifanía: Isaías 60:1-6; Efesios 3:2-6; Mateo 2:1-12)

El relato de los Magos es una de las narrativas más conocidas de la Biblia. No deja de encantarnos, pero también nos invita a hacer una reflexión personal.

Al mirar tu pasado, ¿puedes recordar quién o qué fue tu estrella de Belén, y que te condujo hacia Jesús? Muchos cristianos famosos han descrito las circunstancias de sus conversiones. Todos ellos hablan de una experiencia clave o de un encuentro significativo. Súmate a esa conversación. Pregúntate: ¿Quién, Qué, Cuándo, Dónde, Cómo?

Llegados a Jerusalén, los Magos perdieron de vista la estrella, y tuvieron que confiar en las indicaciones de los eruditos de la Sagrada Escritura. Después, “La estrella que habían visto en Oriente los precedía... Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría”. Intenta revivir tu propia experiencia de gozo, aquella que tuviste cuando descubriste tu fe en Cristo Jesús.

Nuestra alegría sería aún más grande si todos los que nos rodean la compartieran. Es difícil entender por qué algunas de las personas que amamos nunca llegaron a saber lo que es creer profundamente. En nuestro contexto Saletense, es aquí donde experimentamos el desafío más grande que es “hacer conocer el mensaje”.

Los Magos, postrándose ante el niño, le rindieron homenaje. En nuestro caso, esto podría representar los sentimientos iniciales de culpa por pecados pasados, o la gratitud por las bendiciones ignoradas, o el asombrarse: ¿Por qué yo?

“Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra” ¿Qué tesoros trajiste, qué dones le ofreciste?

Al responder a esa pregunta, considera la oración del ofertorio de la Misa: “Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este pan, que recibimos de tu generosidad”.

San Pablo les escribe a los Efesios acerca de “la gracia de Dios, que me ha sido dispensada en beneficio de ustedes”. Somos mayordomos, no dueños, de nuestros dones; estos han sido confiados a nosotros para el servicio.

El Señor nos ayudará a discernir cuales de nuestros dones cumplirán mejor su voluntad. ¿ Es posible para nosotros el pensar que nuestro carisma saletense no estuviera entre ellos?

Él también nos concederá el deseo, quizá hasta la necesidad, de servir a su pueblo por medio de la acción y de la oración.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

A donde la Fe nos Conduzca

(La Sagrada Familia: Génesis 15:1-6 & 21:1-3; Hebreos 11:8-19; Lucas 2:22-40)

La fe se menciona veinticuatro veces en el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos, casi siempre en la frase “por la fe”. Las lecturas de hoy resaltan la fe de Abrahám y de Sara, y la promesa de Dios de una familia y de una descendencia tan numerosa como las estrellas.

En la primera lectura se nos dice: “Abrám creyó en el Señor, y el Señor se lo tuvo en cuenta para su justificación”. Fue Dios el que le atribuyó cierto poder a la fe de Abrám, y esto sirvió de base para el pacto a realizarse.

Este poder actúa en dos direcciones. Dios acepta nuestra fe y responde a nuestras oraciones, tal como vemos en los espléndidos ejemplos de Simeón y Ana en el Evangelio de hoy. Al mismo tiempo, sin embargo, vemos la transformación que la fe ejerció en sus vidas; Ana “no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones”. Mientras que Simeón vivió para ver el día en que la promesa del Señor se cumpliría.

La fe compartida obra del mismo modo en los grupos, en las familias, en las comunidades, y en la Iglesia. Cuando la fe de algunos se pierde, la adversidad resultante afecta al grupo. Un cierta Bella Señora observó esto desde su lugar en el cielo, y decidió intervenir. Sus palabras se parecen mucho a las que Dios pronunció ante Abrám en Génesis: ”No temas. Yo soy para ti un escudo. Tu recompensa será muy grande”.

La fe redescubierta tiene al menos el mismo impacto que la fe que nunca se perdió. El papá de Maximino es un buen ejemplo. Una vez que llegó a creer en la Aparición, recuperó su fe cristiana y regresó a los sacramentos que hacía ya mucho tiempo había abandonado, y con más fervor que nunca.

No debería sorprendernos el saber que muchos laicos saletenses han experimentado precisamente una conversión así. Pero ¿por qué limitarla a los laicos? Con certeza podemos incluir a las Hermanas y a los Misioneros.

La fe nos plantea exigencias, y a veces podemos sentir la pesadumbre, especialmente cuando consideramos nuestras propias debilidades y dudas. Pero, como Abrahám y Sara, Simeón, Ana, sin mencionar a María y José, podemos ir a donde la fe nos conduzca.

Recemos para que las experiencias de vida suyas y nuestras puedan intercalarse con las palabras, “por la fe”.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

¿Quién? ¿Yo?

(4to Domingo de Adviento: 2 Samuel 7:1-16; Romanos 16:25-27; Lucas 1:26-38)

Cuando vieron por primera vez un globo de luz en el lugar donde habían comido su almuerzo de pan y queso, Maximino le dijo a Melania que agarrara bien su bastón, en caso de peligro. Estaban aterrorizados. 

La Bella Señora comprendió el miedo de los niños. Ella, también, se “quedó desconcertada” con el saludo del ángel. Así hizo con los niños lo que el Ángel había hecho por ella, diciéndoles: “No tengan miedo” y explicándoles el propósito de su venida.

¿Alguna vez fantaseaste sobre cómo reaccionarias tú mismo si te encontraras en una situación similar? Pudieras pensar, ¿Qué? ¿Quién? ¿Yo? ¡Esto no es posible!

Pero miremos a los patriarcas, a los profetas y a los apóstoles. Algunos se sintieron indignos de su llamado, o no preparados, y hasta temerosos; pero ninguno de ellos dudó de la autenticidad de dicho llamado. Aunque algunos tambalearon al caminar, todos menos uno, permanecieron fieles. 

Miremos al Rey David. En nuestra primera lectura, como en muchos otros lugares, Dios lo llama “mi servidor David”, como sabemos, él tenía serios defectos y había cometido pecados graves. Ser absolutamente perfecto claramente no es una condición previa para servir al Señor.

El Salmo de hoy describe la promesa de Dios a David como sigue: “Yo sellé una alianza con mi elegido, hice este juramento a David, mi servidor: Estableceré tu descendencia para siempre, mantendré tu trono por todas las generaciones”. El ángel en el Evangelio declara que aquellas palabras se cumplen en Jesús: “Su reino no tendrá fin”.

Parafraseando la oración inicial de hoy, reconocemos que Dios ha derramado la gracia de la reconciliación en los corazones de aquellos que han respondido a la invitación de Nuestra Señora de La Salette de “acercarse”. Ella nos invita a tener corazones que pertenezcan íntegramente al Señor, como dicen las Escrituras acerca de David (1 Reyes 11:4) esa es nuestra parte en la relación del pacto. 

Entonces estaremos listos para emprender la obra de Dios, confiada a nosotros, aun conociendo él nuestras faltas más que nosotros mismos.

María nos ha dado el ejemplo. Su sí al ángel cambió el mundo. Nosotros podemos decirle sí, procediendo según sus palabras y esperando hacer la diferencia. ¿Quién? ¡Tú!

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

¡Estén siempre alegres!

(3er Domingo de Adviento: Isaías 61:1-11; 1 Tesalonicenses 5:16-24; Juan 1:6-28)

Todos conocemos personas que no son siempre contentas. Algunas simplemente expresan una disposición sombría; otros temen lo que está por venir, o tal vez están atravesando el duelo por una pérdida, reciente o antigua. En estos o en otros casos similares, se hace difícil escuchar la exhortación de San Pablo: “Estén siempre alegres”.

La Madre que llora de La Salette se lamenta por el sufrimiento y la vulnerabilidad de su pueblo, y hasta se queja por tener que rezar por nosotros sin cesar. Su Aparición podría considerarse como un evento desafortunado si no fuera por una sola cosa: “vengo a contarles una gran noticia”. Estas palabras son similares a las de Isaías.“El Señor me envió a llevar la buena noticia a los pobres”.

María se apareció en la hendidura de una peña, pero después de hablar con los niños subió a un lugar más alto y luego se elevó más allá del alcance de ellos antes de perderse de vista. Fue un movimiento desde el dolor hacia la gloria. 

La Salette es un lugar de alegría. Esto es cierto no solamente para la montaña donde la Bella Señora puso sus pies sino también para cada uno de los santuarios de La Salette. Muchos llegan cargando sus penas, sí; pero la mayoría se va con un espíritu que, como el de María, “se estremece de gozo en Dios, mi Salvador”, y haciéndose eco de Isaías: “Yo desbordo de alegría en el Señor, mi alma se regocija en mi Dios”.

Se trata con frecuencia de una alegría interior, una paz serena, lo cual no equivale a jovialidad. Puede ser que los miedos no se vayan o las lágrimas no se detengan o no haya un cambio de personalidad. Este sentir no siempre puede describirse con palabras, pero tampoco se puede negar.

Juan el Bautista es presentado en el Evangelio de hoy con estas palabras: “Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él”.

He aquí un desafío para ti. Cambia el texto a, “Una persona llamada [tu nombre] fue enviada por Dios, para dar testimonio de la luz”. ¿Es éste un pensamiento feliz?

Tenemos razones para creer que el Bautista fue feliz en su ministerio, porque en Juan 3:29, cuando supo que todos estaban yendo a Jesús, respondió: “mi gozo es ahora perfecto”.

El versículo justo antes del Evangelio de hoy dice: “La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella”. Esto debería también ser la verdad de nuestra alegría. Que nada pueda nunca prevalecer contra ella.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

Justicia Reconfortante

(2do Domingo de Adviento: Isaías 40:1-11; 2 Pedro 3:8-14; Marcos 1:1-8)

Hace unos cuatro meses, tuvimos el mismo Salmo Responsorial (85) de hoy, y comentamos las mismas palabras “La Justicia y la Paz se abrazarán”, como opuestos. En el contexto de las lecturas de hoy, sin embargo, la perspectiva es diferente.

En las lenguas modernas, la justicia es un término legal. En las noticias, escuchamos de personas o grupos “exigiendo” justicia. Pero en la Biblia, tiene un sentido primordialmente teológico. “Como la paz, es un don de Dios para su pueblo fiel.

Isaías se expresa con unas maravillosas y reconfortantes palabras, prediciendo el fin del exilio, que se dio como un castigo de Dios por las iniquidades de su pueblo. San Pedro nos recuerda las promesas de Dios acerca de “un cielo nuevo y una tierra nueva donde habitará la justicia”. Algunas traducciones ponen “rectitud”. Sea como fuere, se trata del estado de aquellos que son lo que se supone deben ser.

En este sentido, Juan el Bautista fue justo, porque fue fiel a su vocación. María, también, fue justa cuando, en la anunciación, reconoció y acepto su papel como la servidora del Señor. Ambos, en su humilde servicio, eran como deberían ser.

Cuando consideramos el Mensaje de María en La Salette, tendemos a asociar la justicia con “el brazo de mi Hijo”, pero cuando admitimos nuestra inclinación por el pecado y nos sometemos humildemente tal cual ella nos pide, nos disponemos a escuchar sus palabras tiernas y reconfortantes.

Con frecuencia prestamos mucha atención al crucifijo que María lleva sobre su pecho. Hoy no es una excepción. Vean como refleja las palabras de Isaías como si estas estuvieran dirigidas a la Bella Señora: “¡Súbete a una montaña elevada, levanta con fuerza tu voz, levántala sin temor, di: ¡Aquí está tu Dios!

De tal modo escribe San Pedro, “El Señor no tarda en cumplir lo que ha prometido, sino que tiene paciencia con ustedes porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan”.

Palabras reconfortantes ciertamente. Lo que añade un poco más tarde es más desafiante: “¡qué santa y piadosa debe ser la conducta de ustedes!”

Cuan rebosante acto de vida pudiera ser si, indignos como somos, fuéramos siempre capaces de reconfortar, hablar con ternura, y proclamar el perdón de los pecados, con amor, verdad, justicia y paz. Esta es una forma más de hacer conocer el mensaje de la Salette.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

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