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P. René Butler MS - 3er Domingo de Pascua - El Camino Saletense

El Camino Saletense

(3er Domingo de Pascua: Hechos 2:14,22-33; 1 Pedro 1:17-21; Lucas 24:13-35)

La noción de camino aparece al largo de las lecturas de hoy. La lectura de Hechos parafrasea el Salmo de hoy, incluso en las palabras: “Me harás conocer el camino de la vida”. El Evangelio muestra a Jesús y a dos discípulos en camino de Emaús. 

En este punto del camino quiero brindar mi reconocimiento al Sr. Wayne Vanasse, un Asociado Saletense, quien llego a ser un valioso colaborador en estas reflexiones. Estudiamos las lecturas de manera independiente el uno del otro, y luego comparamos notas en aquello que percibimos como “Conexiones Saletenses”.  En esta ocasión a ambos nos llamó fuertemente la atención la imagen del camino de la vida.

No hay duda de que la Bella Señora vino otra vez a mostrarle a su pueblo aquel camino de la vida. Parte de su mensaje es, si se quiere, un eco de las palabras de Pedro en la segunda lectura: “vivan en el temor mientras están de paso en este mundo”, esto es, mientras permanecemos temporalmente en un lugar durante nuestro camino a otro destino.

Una de las características de La Salette es que María se movió. Estaba primeramente sentada cuando se apareció, luego se levantó y dio unos cuantos pasos hasta el lugar donde los niños se encontraron de cerca con ella, y finalmente pasó entre ellos, atravesó un pequeño arroyo y ascendió por el típico zigzag de la montaña, hasta una planicie más alta en donde desapareció.

Lo que Jesús hizo con los discípulos en el camino de Emaús, así hizo María con Maximino y Melania, ella tomó la iniciativa, ella “se acercó y siguió caminando con ellos” Ellos no solamente siguieron sus movimientos, sino que ella los invitó a hacer conocer su mensaje a “todo mi pueblo”. Esto abrió un camino único para cada uno de ellos.

En nuestra propia vida, nos sucede con facilidad, cerramos nuestros ojos y nos negamos a reconocer a Jesús como nuestro compañero en el camino de la vida. Fue en un momento Eucarístico compartido por Jesús con los dos discípulos en el que “sus ojos se abrieron y lo reconocieron”.

Sin embargo, antes, él los había preparado, por medio de interpretarles las escrituras, haciendo que sintieran arder sus corazones.

Conforme recorremos por el camino de nuestra vida, ¿Qué es lo que hace arder nuestros corazones? ¿Cómo propagamos ese fuego?

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

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