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Un Espíritu Generoso (5to Domingo de Cuaresma: Jeremías 31:31-34; Hebreos 5:7-9; Juan 12:20-33) ¿Te confundes cuando lees en la Carta a los Hebreos que Jesús, “aunque era Hijo de Dios, aprendió qué significa obedecer,... Czytaj więcej
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Volver a Subir a Jerusalén (4to Domingo de Cuaresma: 2 Crónicas 36:14-23; Efesios 2:4-10; Juan 3:14-21) Ciro, el Rey de Persia, respetaba las culturas y las religiones de los pueblos bajo su dominio. Pero él debe haber recibido alguna clase de... Czytaj więcej
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El Señor Nuestro Dios (3er Domingo de Cuaresma: Éxodo 20:1-17; 1 Corintios 1:22-25; Juan 2:13-25) ¿Recuerdan lo que Dios le dijo a Moisés cuando este le preguntó su nombre? El Señor respondió categóricamente,... Czytaj więcej
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quinta-feira, 31 dezembro 2020 16:29

Congregatio - 31/12/2020

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quinta-feira, 31 dezembro 2020 10:49

Rosario Internacional

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segunda-feira, 28 dezembro 2020 09:53

Necrologium 2020

Missionários de Nossa Senhora de La Salette morreram em 2020

Requiem aeternam dona eis, Domine,

et lux perpetua luceat eis.

Requiescant in pace. Amen.Necrologium 2020_2.jpg

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sábado, 26 dezembro 2020 22:09

Boletim - Salette Info 2020

Salette Info - Boletim da Congregação

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Títulos

(2do Domingo Ordinario: 1 Samuel 3:3-19; 1 Corintios 6:13-20; Juan 1:35-42)

¿Tienes un título? Los Misioneros de La Salette escriben MS después de sus nombres, y las hermanas de la Salette SNDS. Algunos de ustedes, nuestros lectores, seguramente poseen títulos académicos, o llevan una etiqueta que indica el rol o el status en su lugar de trabajo.

En la Biblia, los nombres a menudo están en función de un propósito. Jesús le dice a Simón, “Tú te llamarás Cefas”, que significa Pedro y define su rol, su vocación. Sería interesante especular sobre el nombre que Jesús pudiera darnos a cada uno. Una cosa es cierta: sería al mismo tiempo una bendición y una obligación.

Tomando simplemente el nombre de discípulo, por ejemplo. Es cosa bella seguir a Cristo; pero el refrán de nuestra vida entonces se convierte en el del Salmo de hoy: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.

Esta es la sumisión a la que la Bella Señora nos llama al comienzo mismo de su discurso.

A veces no escuchamos el llamado o, como Samuel, no captamos su procedencia. Puede que necesitemos escucharlo muchas veces. Otra persona, como Elí, puede ayudarnos a entender lo que está pasando.

Si aceptamos uno de los títulos o ambos de los que fueron dados por Nuestra Señora de La Salette—“hijos míos, mi pueblo”—con buena razón sería de esperar de nuestra parte honrarla viviendo en consecuencia y llevando adelante la gran misión que ella nos ha confiado.

San Pablo propone dos nombres menos obvios para los creyentes: “templo del Espíritu Santo”, y “comprados, ¡y a qué precio!”. Así él establece la conexión con el código moral que distingue a los cristianos del resto de la sociedad de Corinto.

Una vez que hayamos reconocido y aceptado nuestra vocación, esta se revela a sí misma constantemente. Andrés dijo a Simón, “¡Hemos encontrado al Mesías!”. La verdad de aquella afirmación resonó en sus corazones y mentes por el resto de sus días.

Para nosotros, esto es especialmente verdadero en cuanto a la Eucaristía. En la Liturgia de la palabra decimos en nuestros corazones, “Habla, Señor, porque tu servidor escucha”. En el altar hacemos memoria del gran precio pagado por Jesús para salvarnos. ¿Dónde más podemos ser más conscientes de ser construidos como templo del Espíritu Santo? De allí sacamos la fortaleza que necesitamos para vivir nuestro nombre cristiano con título y todo.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

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Testimonio

(Bautismo del Señor: Isaías 55:1-11; 1 Juan 5:1-9; Marcos 1:7-11)

En el Evangelio de hoy, hay tres que dan testimonio de Jesús. El primero es Juan el Bautista, que anuncia su venida.

Los otros dos, en orden de aparición, son el Espíritu Santo, en la forma visible de una paloma, y Dios el Padre, a quien se le oye, pero no se le ve. Al comienzo del ministerio público de Jesús, ellos asumen sus roles en todo aquello que irá sucediendo. Juan el Bautista lo resume en nuestra segunda lectura: “El Espíritu da testimonio porque el Espíritu es la verdad... Y Dios ha dado testimonio de su Hijo”.

Dar testimonio de Cristo es la vocación de la Iglesia toda. Toma la forma de palabras, por supuesto, en las Escrituras y en las enseñanzas de la Iglesia.

Pero como vemos a lo largo de los Evangelios, el Padre y el Espíritu también reafirman por medio de su poder y su presencia a la persona de Jesús y a su ministerio. De ese modo se cumple lo dicho en la primera lectura de hoy: “Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, ... así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé”.

En La Salette, por importante que sea el Mensaje de la Bella Señora, su testimonio abarca mucho más que palabras. Es la luz, es el crucifijo, las rosas, las cadenas, es la elocuencia de las lágrimas.

De modo similar, hay una diferencia entre hablar con la verdad y vivirla. No hay duda que la gente del área en torno a La Salette estaba acostumbrada a los discursos religiosos tradicionales, tales como “Gracias a Dios”, pero esto no se traducía en una manera de vivir, al menos no de la manera señalada por María, es decir, la participación en la gran acción de gracias, la Eucaristía.

La vida del bautizado no es puramente sacramental, por supuesto. Toda nuestra manera de vivir debe manifestar la autenticidad de nuestra fe. En el Bautismo recibimos una vestidura blanca; así también nosotros debemos vestirnos de fe, esperanza, y amor, mientras vivimos las bienaventuranzas.

Nada de esto da a entender que las palabras no sean importantes. No podemos pensar en La Salette sin la invitación amorosa de María, su discurso, su mandato final de envío. Es posible, también, que nuestras palabras puedan ayudar a otros a comprender nuestro estilo de vida, mientras hacemos nuestra parte para la realización de la misión de la Iglesia.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

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sexta-feira, 18 dezembro 2020 21:20

Mianmar - Capítulo...

MIANMAR – REGIÃO MARIA MÃE DA MISSÃO

Capítulo Regional: 14-17.12.2020, Pyin OO Lwin, Mianmar

Novo Conselho Regional

Pe. Jerome Saw Eiphan, superior regional (no centro)

Pe. Nicodemus Than Aye, vigário regional (para a esquerda)

Pe. David Kyaw Zwa Latt, conselheiro regional (para a direita)

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Nuestra Historia y la de Ellos

(Epifanía: Isaías 60:1-6; Efesios 3:2-6; Mateo 2:1-12)

El relato de los Magos es una de las narrativas más conocidas de la Biblia. No deja de encantarnos, pero también nos invita a hacer una reflexión personal.

Al mirar tu pasado, ¿puedes recordar quién o qué fue tu estrella de Belén, y que te condujo hacia Jesús? Muchos cristianos famosos han descrito las circunstancias de sus conversiones. Todos ellos hablan de una experiencia clave o de un encuentro significativo. Súmate a esa conversación. Pregúntate: ¿Quién, Qué, Cuándo, Dónde, Cómo?

Llegados a Jerusalén, los Magos perdieron de vista la estrella, y tuvieron que confiar en las indicaciones de los eruditos de la Sagrada Escritura. Después, “La estrella que habían visto en Oriente los precedía... Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría”. Intenta revivir tu propia experiencia de gozo, aquella que tuviste cuando descubriste tu fe en Cristo Jesús.

Nuestra alegría sería aún más grande si todos los que nos rodean la compartieran. Es difícil entender por qué algunas de las personas que amamos nunca llegaron a saber lo que es creer profundamente. En nuestro contexto Saletense, es aquí donde experimentamos el desafío más grande que es “hacer conocer el mensaje”.

Los Magos, postrándose ante el niño, le rindieron homenaje. En nuestro caso, esto podría representar los sentimientos iniciales de culpa por pecados pasados, o la gratitud por las bendiciones ignoradas, o el asombrarse: ¿Por qué yo?

“Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra” ¿Qué tesoros trajiste, qué dones le ofreciste?

Al responder a esa pregunta, considera la oración del ofertorio de la Misa: “Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este pan, que recibimos de tu generosidad”.

San Pablo les escribe a los Efesios acerca de “la gracia de Dios, que me ha sido dispensada en beneficio de ustedes”. Somos mayordomos, no dueños, de nuestros dones; estos han sido confiados a nosotros para el servicio.

El Señor nos ayudará a discernir cuales de nuestros dones cumplirán mejor su voluntad. ¿ Es posible para nosotros el pensar que nuestro carisma saletense no estuviera entre ellos?

Él también nos concederá el deseo, quizá hasta la necesidad, de servir a su pueblo por medio de la acción y de la oración.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

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A donde la Fe nos Conduzca

(La Sagrada Familia: Génesis 15:1-6 & 21:1-3; Hebreos 11:8-19; Lucas 2:22-40)

La fe se menciona veinticuatro veces en el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos, casi siempre en la frase “por la fe”. Las lecturas de hoy resaltan la fe de Abrahám y de Sara, y la promesa de Dios de una familia y de una descendencia tan numerosa como las estrellas.

En la primera lectura se nos dice: “Abrám creyó en el Señor, y el Señor se lo tuvo en cuenta para su justificación”. Fue Dios el que le atribuyó cierto poder a la fe de Abrám, y esto sirvió de base para el pacto a realizarse.

Este poder actúa en dos direcciones. Dios acepta nuestra fe y responde a nuestras oraciones, tal como vemos en los espléndidos ejemplos de Simeón y Ana en el Evangelio de hoy. Al mismo tiempo, sin embargo, vemos la transformación que la fe ejerció en sus vidas; Ana “no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones”. Mientras que Simeón vivió para ver el día en que la promesa del Señor se cumpliría.

La fe compartida obra del mismo modo en los grupos, en las familias, en las comunidades, y en la Iglesia. Cuando la fe de algunos se pierde, la adversidad resultante afecta al grupo. Un cierta Bella Señora observó esto desde su lugar en el cielo, y decidió intervenir. Sus palabras se parecen mucho a las que Dios pronunció ante Abrám en Génesis: ”No temas. Yo soy para ti un escudo. Tu recompensa será muy grande”.

La fe redescubierta tiene al menos el mismo impacto que la fe que nunca se perdió. El papá de Maximino es un buen ejemplo. Una vez que llegó a creer en la Aparición, recuperó su fe cristiana y regresó a los sacramentos que hacía ya mucho tiempo había abandonado, y con más fervor que nunca.

No debería sorprendernos el saber que muchos laicos saletenses han experimentado precisamente una conversión así. Pero ¿por qué limitarla a los laicos? Con certeza podemos incluir a las Hermanas y a los Misioneros.

La fe nos plantea exigencias, y a veces podemos sentir la pesadumbre, especialmente cuando consideramos nuestras propias debilidades y dudas. Pero, como Abrahám y Sara, Simeón, Ana, sin mencionar a María y José, podemos ir a donde la fe nos conduzca.

Recemos para que las experiencias de vida suyas y nuestras puedan intercalarse con las palabras, “por la fe”.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

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