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Preparando el camino
(Segundo Domingo de Adviento: Isaías 40:1-11; 2 Pedro 3:8-14; Marcos 1:1-8)
En 1972, cuando era un seminarista estudiando en Roma, mis papás vinieron a Europa y viajamos a la Santa Montaña de La Salette, que está a 1800 metros sobre el nivel del mar.
Tomamos el bus desde Grenoble (a unos 215 metro sobre el nivel del mar) viajando al largo de una carretera estrecha, sinuosa y cada vez más empinada. ¡Mi pobre madre estaba aterrorizada, y miraba el piso del bus durante la mayor parte del viaje! Seguramente ella hubiera preferido que los valles fueran rellenados y las montañas aplanadas.
En el antiguo este, nuevas carreteras debieron ser construidas con anticipación a la visita de un monarca, o al menos las viejas carreteras reparadas. No es distinto a la moderna costumbre de colocar la alfombre roja.
La llamada de Isaías para preparar en camino del Señor no tiene nada que ver con las montañas y los valles físicos. Su preocupación, como la de Juan Bautista, era el hecho de que los altibajos y las cosas difíciles de nuestras vidas pueden algunas veces convertirse en obstáculos ante el plan que Dios tiene para nosotros.
Aquellos que suben a la Montaña donde la Virgen María se apareció encuentran el mismo mensaje: un llamado al arrepentimiento y al perdón de los pecados. En su mensaje ella nos recuerda, en un lenguaje sencillo, de los medios ordinarios para alcanzar esa meta.
Juan el Bautista fue enviado a preparar el camino del Señor Jesús. Su objetivo era que sus propios discípulos estuvieran listos para abandonarlo y seguir a Aquel que viniera detrás de él. El cumplió ese papel seriamente, con toda humildad. En el Evangelio de Juan, él se refiere a Jesús y a sí mismo: “Él debe crecer, yo disminuir”
De manera similar en la Salette, María no pidió nada para sí misma. Todo lo que ella quería era persuadir a su pueblo para que siguiera de nuevo a su Hijo, volviendo a la práctica de su fe.
“¡Ven Señor Jesús!” es un tema recurrente en Adviento. Se refiere no solamente a la próxima Fiesta de la Navidad, sino al regreso definitivo de Jesús al final de los tiempos. San Pedro escribe que nosotros no deberíamos solamente esperar por esa venida, sino que debemos vivir para apresurarla.
Tan desafiante como es el llamado a la conversión, así debería ser realmente muy atractivo para nosotros. Después de todo, ¿Por qué no quisiéramos estar en una relación correcta y cercana con Dios?
María prepara el camino del Señor hacia nosotros, y el nuestro hacia él.
Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

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