Carta - Páscoa 2024
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P. René Butler MS - 31er Domingo del Tiempo Ordinario - El Señor nuestro Dios

El Señor nuestro Dios

(31er Domingo del Tiempo Ordinario: Deut. 6:2-6; Heb. 7:23-28; Marcos 12:28-34)

Los Israelitas, en Egipto y en Canaán, estaban rodeados por pueblos que adoraban a muchos dioses. Moisés y los profetas a menudo tenían que recordarles que ellos tenían un solo Dios, el Señor.

En el Cristianismo, hay un Salvador, Jesús, en quien “Dios quiso que residiera toda la Plenitud. Por él quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” Col. 1:19-20). Entonces, ¿por qué llamamos a Nuestra Señora de La Salette la Reconciliadora de los Pecadores?

Ella no se atribuyó a si misma este título. Fueron los fieles los que se lo dieron. No eran teólogos, tampoco herejes. Ellos entendieron, lo mismo que nosotros, que María es reconciliadora por asociación con el Único Reconciliador. Por un lado, ella reza sin cesar por nosotros; por otro lado, ella viene a conducirnos a él, portando el símbolo supremo de la reconciliación sobre su pecho, su Hijo Crucificado, como la Carta a los Hebreos lo declara, “él puede salvar en forma definitiva a los que se acercan a Dios por su intermedio, ya que vive eternamente para interceder por ellos”.

La Bella Señora básicamente nos invita a hacer nuestras las palabras del Salmista: “¡Yo te amo, Señor, mi fuerza, Señor, mi Roca, mi fortaleza y mi libertador, mi Dios, el peñasco en que me refugio, mi escudo, mi fuerza salvadora, mi baluarte!”

Resalta de manera particular el uso de la palabra ‘roca’. Se usa muchas veces como una metáfora para Dios como el fundamento firme de nuestra fe. Jesús la usó al final del Sermón del Monte para describir sus enseñanzas (Mt 7:24).

Notemos también la insistencia con respecto al pronombre ‘mi’. Dios no es sólo fuerza, roca, fortaleza, etc., de forma abstracta, sino que es reclamado de manera personal. De forma parecida, llamamos a Dios ‘nuestro’ Padre, y a Jesús ‘nuestro’ Señor y, sí, a la Santísima Virgen ‘nuestra’ Señora.

La misma insistencia se ve en el ‘primero’ de todos los Mandamientos, que se cita en el Evangelio y en Deuteronomio. “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas” La fe no es puramente teología, o un conocimiento académico de las Escrituras. A menos que la fe se transforme en nuestra fe, mi fe, la tuya también, el elemento más importante estará faltando.

Traducción: Hno. Moisés Rueda, M.S.

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