O Conselho Geral dos Missionários Saletinos criou a Equipe de Coordenação Internacional dos Leigos Saletinos, composta pelos Coordenadores Nacionais dos Leigos Saletinos das Províncias/Regiões. Para Coordenar essa Equipe, indicou o Sr. Mario Apone, Leigo Saletino do Brasil.
A primeira reunião dessa Equipe aconteceu entre os dias 20 e 23 de março de 2017, na Casa Geral dos Missionários Saletinos, em Roma, Itália, e contou com a presença dos Padres Silvano Marisa e Adilson Schio, respectivamente Coordenador Geral e Vigário Geral dos Missionários Saletinos.
Os participantes dessa primeira reunião foram:
Mario Apone – Coordenador Internacional dos Leigos Saletinos
Antonella Portinaro – Coordenadora Nacional (Itália)
Maria Clélia Pinto – Coordenadora Nacional (Argentina-Bolívia)
Vilmari Aparecida Pedrozo – Coordenadora Nacional (Brasil)
Sunil Mathew – Coordenador Nacional (Índia)
Wojtek Chudziak – Coordenador Nacional (Estados Unidos da América)
Maria Aparecida Ercolin Apone – Secretária Nacional (Brasil)
¿Qué pasó?
(Tercer domingo de Pascua: Hechos 2:14,22-33; 1 Pedro 1:17-21; Lucas 24:13-35)
Si los dos discípulos en el camino de Emaús hubiesen tenido celulares, tal vez nunca se hubieran puesto a conversar con aquel viajante misterioso que se les unió. En el mundo de ellos, sin embargo, era normal recibirlo bien y tenerlo como compañero de camino. Hablaron con él, lo escucharon y lo invitaron a cenar. Y luego, de repente, se fue.
En una montaña, alejada de cualquier carretera, dos niños se encontraron con una misteriosa y bella señora. Ella disipó sus temores, les habló, los animo a ser portadores de sus palabras. Y luego se fue.
Los discípulos reconocieron a Jesús al partir el pan. Los niños primeramente pensaron que aquella señora era una esposa o una madre golpeada; después de que desapareció, los niños supusieron que podía ser una gran santa, pero fue una mujer anciana de aquella región la que reconoció que debió haber sido la Santísima Virgen.
Los elementos más significativos que tienen en común estos dos relatos es que lo que les pasó a los discípulos y a los niños. Experimentaron un cambio, fueron transformados,
A pesar de estar bien entrada la noche, los discípulos emprendieron el regreso a Jerusalén para compartir su experiencia. De estar abatidos y tristes se convirtieron en hombres de ánimo encendido. ¿“No sentíamos arder nuestro corazón”?
En todos los relatos se nos dice que Maximino y Melania tenían un ánimo entusiasta, pero tenían que cuidar las ocho vacas y no podían apurarse para bajar de la montaña, Cuando al fin regresaron a su pequeña aldea de Ablandens, la niña tenía otras tareas que cumplir y no dijo nada. El niño, por otro lado, cuando su empleador le preguntó sobre cómo fue su día, bien animado le contó a él y a otros lo que había pasado.
Pero no únicamente los niños, ni solamente los discípulos en el camino de Emaús fueron transformados. Aquel fuego que ardía en sus corazones cundió y se esparció más allá de ellos.
Otros “se prendieron fuego” por así decirlo, entre ellos, los Misioneros de Nuestra Señora de La Salette, las Hermanas de Nuestra Señora de La Salette, y un gran número de laicos alrededor del mundo, todos deseosos de esparcir aquel mismo fuego, el compartir de las Buenas Noticias de Cristo Resucitado que se hacen eco en la “Gran Noticia” de la Bella Señora.
(Traducido por Hno. Moisés Rueda MS Cochabamba, Bolivia)
La Fe
(Segundo Domingo de Pascua: Hechos 2,42-47; 1 Pedro 1,3-9; Juan 20:19-31)
Tendemos a pensar en la fe como un asunto mental, como un conocimiento o conciencia de cualquier verdad. Pero vemos en las lecturas de hoy que la fe es mucho más que eso.
La primera comunidad de los creyentes se sentía guiada por una fe que los llevaba a compartir con los demás todo lo que tenían. Aquellos creyentes a quienes San Pedro escribió, tenían el deseo de hacer evidente su fe por medio de las pruebas. Y Tomás el Apóstol, exaltado por la fe en Cristo Resucitado, exclamó desde lo más profundo de su ser: “¡Señor mío y Dios mío!”
En el caso de la Aparición de Nuestra Señora de La Salette, la repuesta de los que llegaron a creer tomó inicialmente dos formas.
La primera era un retomar la práctica de su fe. El padre de Maximino, el Sr. Giraud, como Tomás en el Evangelio, no llego a creer de manera fácil. Pero una vez que se convirtió en creyente, la primera cosa que hizo fue ir a confesarse. Después de eso, fue a misa a misa todos los días por el resto de su vida. (Murió cerca de dos años y medio después.)
La segunda fue una profundización en el entendimiento del rol de María en nuestra vida. Eran los creyentes comunes, no la Iglesia oficial, los que le dieron a Nuestra Señora de La Salette su título de Reconciliadora de los pecadores.
Sí, la reconciliación con Dios, la reconciliación con la Iglesia – el Señor Giraud es un buen ejemplo de ello – estos son efectos naturales y espontáneos de fe en la Bella Señora. Y, como la fe de la que se nos habla en las lecturas de hoy, nos lleva a “Regocijarnos con una alegría gloriosa e indescriptible”, “con exultación y sinceridad de corazón” justamente como “los discípulos que se regocijaron cuando vieron al Señor.”
Tal vez nosotros mismos hemos experimentado periodos de duda. Todos conocemos a gente que tiene poca o nada de fe. Esto es muy entristecedor para cualquiera que entiende la diferencia real entre el saber normal y la fe.
El saber tiene que ver con el contenido, con hechos que pueden ser útiles, fascinantes y hasta hermosos. Pero después de todo no son realmente importantes. Santo Tomas de Aquino, uno de los más grandes teólogos, se dio cuenta un día que todo lo que había escrito le parecía paja.
La fe nos afecta de muchas importantes maneras, y nos provee un sólido fundamento para nuestras vidas. La fe es importante.
(Traducido por Hno. Moisés Rueda MS, Cochabamba, Bolivia)
(Lecturas del Domingo: Hechos 4:37-43; Col. 3:1-4 o 1 Cor. 5:1-8; Juan 20:1-9)
En muchos idiomas usamos la frase, “ver para creer”
Cuando el discípulo amado entró a la tumba de Jesús; “Vio y creyó” aquí no se trata de un caso de “ver para creer”. ¿Qué es lo que vio? La tumba vacía. En otras palabras: no vio nada. Y creyó. La tumba se convirtió, así como estaba, en un portal hacia la más profunda convicción de fe.
Las primeras personas que subieron al lugar donde Nuestra Señora se apareció, más arriba de la villa de La Salette, no vieron nada. Bueno, sí, por supuesto que vieron todo igual como lo hubieran podido ver antes de la aparición, pero no vieron nada que confirmaría el relato contado por Maximino y Melania.
Y ninguno al ver a los dos niños podría espontáneamente sentirse inclinado a creerles. Esos dos niños no eran nadie.
En la primera lectura, Cornelio y su familia creyeron en las palabras de Pedro. Oyeron y creyeron. Y así las cosas continúan hasta el día de hoy. Como San Pablo dice en Romanos 10,14 ¿Cómo creerán si no han oído hablar de él?... La fe nace de la predicación.
La mayoría de los que escucharon lo que Maximino y Melania tenían para decir, se convirtieron en creyentes. Había un toque de verdad en sus palabras, acompañadas por algo nuevo en la manera en que contaban las cosas cada vez que hablaban de su “Bella Señora” Ellos se convirtieron en “testigos” no solo porque vieron y oyeron algo, sino porque fielmente siguieron adelante con la misión de hacer conocer el mensaje.
Desde un punto de vista material, ninguno de los que vivimos en el presente pudo haber visto lo que los apóstoles y otros testigos de la Resurrección vieron.
Desde otro punto de vista, sin embargo, la mayoría de nosotros hemos visto, en los momentos más sombríos de nuestra vida, lo que María Magdalena y Pedro y el discípulo amado vieron: el vacío, la nada, lo hueco. Ellos tenían todas las razones para perder la esperanza, pero uno de ellos, al menos, creyó, a pesar de todo.
Nuestros momentos más oscuros, por lo tanto, pueden llegar a ser un portal hacia la fe. Como la tumba vacía, esos momentos no tienen que ser el final, sino un glorioso nuevo comienzo. ¡El Señor verdaderamente ha resucitado! (traducido por Hno. Moisés Rueda MS, Cochabamba Bolivia)
Sufrimiento Redentor
(Domingo de Ramos: Isaías 50,4-7; Filipenses 2,6-11; Mateo 26,15—27,66)
La primera vez que participé en la procesión eucarística de la tarde en la Santa Montaña de La Salette, era a finales de los años 60 del siglo pasado. Al final, todos se arrodillaron sobre el suelo sin pavimento, con sus manos extendidas en forma de una cruz, y cantaban “Perdona a tu pueblo oh Señor, no estés por siempre enojado…”
Este era un acto de “reparación” y una forma popular de devoción, que consistía en hacer algo doloroso o incómodo como una manera de expiación por el pecado, y una compensación por aquellos “pobres pecadores” impenitentes.
Nuestra Señora de La Salette dijo. “Por mucho que recen, por más que hagan, jamás podrán recompensarme por el trabajo que he emprendido a favor de ustedes” Este tipo de desafío alentó aun más el movimiento de reparación que ya existía.
Autoimponerse un compartir en los sufrimientos de Cristo es una manera de participar en su acción redentora, la cual a su vez era el acto más grande de Expiación ante el Padre. Jesús se “humillo a sí mismo”, escribe San Pablo. Como el Siervo Sufriente Jesús se negó a defenderse, como vemos en el relato de la Pasión según San Mateo.
Al llevar un crucifijo grande, la Bella Señora dirige nuestra atención hacia la Pasión y muerte de Jesús. Ella que, en el Evangelio de Lucas, se llama a si misma la “servidora del Señor” y la “pequeña sierva” de Dios, se apareció de forma humilde en una actitud de debilidad, llorando en frente de los dos niños, dos extraños.
La Pasión según San Juan, que escucharemos el Viernes Santo, describe la escena de María al pie de la Cruz. Ahí se realiza la profecía de Simeón: “Y a ti, una espada de atravesará el alma” (Lucas 2,35) Ella participó íntimamente en su sufrimiento redentor.
En Colosenses 1,24 San Pablo escribe; “Yo me alegro cuando tengo que sufrir por ustedes, pues así completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en favor de su cuerpo, que es la Iglesia” Los teólogos no se ponen de acuerdo en cuanto al significado exacto de ese texto, pero encontramos una resonancia de esas palabras en el mensaje de María: “¡Hace tanto tiempo que sufro por ustedes!”
Jesús sufrió por nosotros. María sufre por nosotros. ¿No podríamos también nosotros, de alguna manera, entrar en sus sufrimientos?
(Traducido por Hno. Moisés Rueda MS, Cochabamba, Bolivia)
(Quinto domingo de Cuaresma: Ezequiel 37,12-14; Romanos 8,1-11; Juan 11,1-45)
Tarde o temprano las puertas de la muerte se nos cerraran por detrás, así como le sucedió a Lázaro. En gran parte del Antiguo Testamento, la tumba es la última prisión, el último exilio, estar apartado de Dios. Los muertos “fueron arrancados de tu mano” clama el salmista. “¿Acaso harás milagros por los muertos?” “¿Se levantarán para alabarte?” (Sal 88, 6.11) Sin embargo, por medio de Ezequiel, Dios, usando la imagen de la muerte, promete la liberación del exilio: “Oh pueblo mío, yo mismo abriré sus sepulcros, los haré salir de sus tumbas, y los llevaré de regreso a la tierra de Israel”
“Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios”, escribe San Pablo. Con esto él quiere decir que aquellos que no tienen el Espíritu, aquellos que no tienen vida espiritual, esos viven en un exilio auto impuesto y separados de Dios.
Ellos son el pueblo al cual María llama “mi pueblo”. Su comportamiento demuestra que han rechazado la salvación obtenida para ellos por su Hijo. Ellos mismos se han separado de su pueblo, de “la tierra de los vivientes” (Isaías 53,8). Ellos, “no pueden agradar a Dios”.
La Bella Señora está profundamente preocupada por las consecuencias de esa actitud: ella llora por el hambre que es inminente y, peor aún, por la muerte de los niños. La invitación que ella les hace a Maximino y Melania, “Acérquense”, está destinada a todo su pueblo.
Es en el espíritu de Ezequiel que Nuestra Señora, la Reina de los Profetas, desde su propia iniciativa nos hace una promesa. Hay esperanza, una gran esperanza para su pueblo, “si se convierten”. Su mensaje parafrasea el Salmo 95: “Si escuchan hoy su voz y no endurecen su corazón” lo cual nos trae a la memoria otra promesa de Ezequiel: “Les daré un corazón nuevo, y un espíritu nuevo infundiré en ustedes. “Les daré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne.” (Ezequiel 36,26)
La fe de Marta y María es ejemplar. Al contrario de aquellos que endurecen sus corazones y responsabilizan a Dios de sus problemas, ellas continúan creyendo en Jesús, aunque El no haya llegado a tiempo para evitar la muerte del hermano
Jesús nos demuestra que nunca es tarde para poner nuestra confianza en El. María en La Salette nos ayuda a hacer memoria de lo mismo. Nunca es tarde para la reconciliación.
(Traducido por Hno. Moisés Rueda MS Cochabamba, Bolivia)
Ver la luz, Ser luz
(Cuarto domingo de Cuaresma: 1 Samuel 16:1-13; Efesios 5:8-14; Juan 9:1-14)
Si nunca fuiste cuestionado por personas que no quieren creerte, ya tienes una buena idea acerca de las cosas por las que tuvo que pasar el hombre ciego de nacimiento. Y así puedes saber también lo que experimentaron los dos niños que vieron a Nuestra Señora de La Salette.
Ellos fueron primeramente sometidos a interrogación, por el alcalde, quien no quería que su poblado se vea asociado con nada como una aparición, y de ningún modo él mismo estaba dispuesto a creerla. Llegó hasta a intentar sobornar a Melania, cuya familia era desesperadamente pobre, para que niegue lo que había visto y oído.
Después de todo, ¿quién podría esperar razonablemente que alguien creyese que la Santísima Virgen pudiera haber venido a este lugar remoto y a personas como esas? Pero como leemos en la primera lectura, “Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón”.
Y naturalmente, hasta los clérigos eran escépticos. Lo último que querían era tener un fraude perpetrado en el nombre de Nuestra Señora. Ellos, también, interrogaron a los niños, intentando hacerles tropezar; pero, al contrario de lo que pasó con el alcalde, ellos resultaron convencidos por lo menos de dos cosas: los niños no mentían, y no eran ni remotamente capaces de inventar una historia tal como esa y además con un mensaje tal.
Conforme más luz se ponía sobre el acontecimiento, más la verdad del acontecimiento se hacía evidente. San Pablo escribe que “la luz produce toda clase de bondad, justicia y verdad” Y aun va más allá hasta a afirmar que los cristianos son luz.
El ciego de nacimiento recibió la luz por etapas: físicamente primero y luego espiritualmente. La hostilidad que encontró le ayudo a profundizarse más en el entendimiento de lo que le había ocurrido, preparándole para su profesión de fe al final del relato.
Ya estamos pasando la mitad de la Cuaresma. Se nos da la oportunidad de ser gradualmente iluminados, ya sea en un periodo de seis semanas o de año en año. La disciplina de la Cuaresma no se supone que sea fácil. Por medio de esa disciplina somos desafiados o nos desafiamos a nosotros mismos para dirigirnos aún más hacia la luz que es Cristo.
Ya es tiempo de transformarnos en luz.
(Traducido por Hno. Moisés Rueda MS Bolivia)
Domingo 19 de marzo de 2017.
(Tercer Domingo de Cuaresma: Exodo17, 3-7; Romanos 5,1-8; Juan 4,5-42
Hay muchas vertientes fluyendo en las montañas alrededor de La Salette; solo una es llamada milagrosa, y lo es por dos razones. La primera, normalmente seca durante el verano, pero desde el 19 de septiembre de 1846, nunca ha dejado de fluir. Y la segunda, un gran número de curas milagrosas han sido atribuidas a sus aguas.
El evangelio de hoy nos habla de un pozo. Sus aguas no eran consideradas milagrosas, y ningún milagro les fue atribuido, pero este pozo fue testigo de un milagro de conversión, no solo de la mujer Samaritana sino de muchos otros del poblado vecino.
La vertiente en el desierto que Dios hizo que fluyera de la roca por medio de Moisés fue una respuesta a las quejas de su pueblo. Ellos fueron demasiado lejos a tal punto de preguntar: “Está el Señor en medio de nosotros o no”.
La Bella Señora hablo con tristeza a cerca de aquellos que no reconocen la presencia del Señor en medio de ellos, de aquellos que juran metiendo en medio nombre de Su hijo. Ella vino para decirnos que el Señor esté verdaderamente en medio de nosotros, es decir, entre nosotros y dentro de cada uno de nosotros. Sus palabras se hacen eco de las que San Pablo escribe, “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones”
Eso es lo que muchos han experimentado en la Santa Montaña de La Salette. A través de lo que podríamos llamar la milagrosa fuente de las lágrimas de María, como también por medio de sus advertencias y ánimos, los peregrinos han llegado a conocer y a encontrarse con el amor infinito de Dios que se hace presente en sus vidas. Se ha dicho muchas veces que los milagros de La Salette, los más verdaderos y profundos tienen lugar en el confesionario.
Una imagen bíblica parecida a de la vertiente es la del torrente, una corriente veloz que viene de las nieves que se funden o de un fuerte temporal. Algunos torrentes de agua son tan violentos que se llevan por delante todo lo que encuentran en su curso.
Esta imagen puede tener un sentido positivo. Cuán difícil es resistirse ante las lágrimas que corren por las mejillas de la Santísima Virgen. Cuán difícil es resistirse al torrente de amor que Dios nos da una vez que nos hemos hecho consientes de él.
La cuaresma es el tiempo perfecto para hacer ese descubrimiento, o para profundizarnos en él. Es un recordatorio, en clave distinta, por decirlo así, del Emanuel. Dios con nosotros, Dios entre nosotros.
(Traducido por Hno. Moisés Rueda MS, Cochabamba, Bolivia)
(Segundo Domingo de Cuaresma: Génesis 12,1-4; 2 Timoteo 1,8-10; Mateo 17,1-9)
La forma imperativa de un verbo se usa para dar órdenes. Esto sucede en todas las lecturas de hoy. También marca el comienzo y el final del mensaje de La Salette
Los imperativos no otra cosa que órdenes, una persona diciéndole a otra lo que debe o no hacer. A veces, no obstante, realzan la importancia o la urgencia de aquello que se ordena hacer.
Dios tenía un plan para Abram. Era urgente que Abram dejase todo atrás para seguir dicho plan, sin saber hacia dónde lo conduciría.
San Pablo le recuerda a Timoteo acerca de la importancia de soportar las adversidades a causa del Evangelio. El sufrimiento que es un mal en sí mismo, encuentra sentido y valor cuando es llevado por la causa de Cristo.
La Transfiguración de Jesús establece el escenario para el mandato que viene del cielo “Escúchenlo”. ¿Que podría ser más dramático, más urgente? Y, qué podría ser más importante después de tal experiencia que el reconfortante mandato de: “No teman”?
Los primeros imperativos de la Bella Señora, “Acérquense hijos míos, no tengan miedo” son seguidos inmediatamente por las palabras, “Estoy aquí para contarles una gran noticia” y el mandato final de “Háganlo conocer” se da de dos maneras ligeramente diferentes.
Un Misionero de La Salette de Angola una vez explicó que, en su cultura, el curso normal para enviar un mensaje sería de hacer venir al mensajero a tu casa, tomar asiento contigo para una charla y una taza de té. Luego le comunicarías el mensaje y el mensajero partiría. Pero si el mensaje es especialmente urgente, tú te encontrarías con el mensajero en la puerta y le comunicarías el mensaje de inmediato. Así, el hecho de que la Virgen Santa haya permanecido de pie e iniciado inmediatamente la transmisión de su mensaje es otra señal de la importancia y urgencia de lo que ella vino a decirle a su pueblo.
La cuaresma tiene un carácter de urgencia que la distingue de todos los demás tiempos litúrgicos. Comienza con el mandato: “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás” o “Arrepiéntete, y cree en el Evangelio “
¿Y bien? ¿Qué estás esperando?
(Traducido por Hno. Moisés Rueda MS, Cochabamba, Bolivia)
(Primer Domingo de Cuaresma Génesis 2,7-9 y 3,1-7; Romanos 5,12-19; Mateo 4,1-11)
Jesús cita Deuteronomio 8;6. Vale la pena resaltar el contexto de esas palabras: Él te afligió, haciéndote pasar hambre, [en el desierto]… para enseñarte que el hombre no vive sólo de pan, sino de todo lo que sale de la boca de Dios”
Hay dos momentos en su mensaje en que Nuestra Señora de La Salette se hace eco de este pensamiento: Primeramente, cuando ella habla de una “gran hambruna” que sobrevendrá en gran parte de Europa. Y luego cuando ella se queja de que su pueblo come carne durante la Cuaresma.
Hoy la abstinencia de carne ya no es más algo requerido universalmente para los católicos a excepción del Miércoles de Ceniza, Viernes Santo y los viernes de Cuaresma, pero el desafío permanece. Para María no se trata de romper una norma, sino del significado mismo de la Cuaresma
El relato de las Tentaciones de Jesús lo clarifica: Si no nos alimentamos con la Palabra de Dios, la vida que vivimos no es más que una sombra, solo una cáscara de lo que debería ser. Si no ponemos nuestra esperanza en la Gracia de Dios, la cual, como San Pablo escribe, “se desborda para muchos”, aun nuestras más profundas esperanzas no pueden alcanzar su realización total.
La serpiente ofreció a Adán y Eva una falsa esperanza, y así ellos introdujeron en el mundo el pecado con todas sus consecuencias. El diablo le ofreció a Jesús falsas esperanzas, pero él no se dejó engañar.
El no niega la importancia del pan. Pero el pan no es suficiente. La psicología nos dice que únicamente alimentar a un niño no es suficiente para su bienestar. Las relaciones humanas son todavía más esenciales.
El tiempo de Cuaresma y la Bella Señora nos recuerdan de la necesidad de tener una sana relación con Dios. Por supuesto que las necesidades materiales no pueden y no deben ser ignoradas, pero en otro lugar en el Evangelio de Mateo, Jesús nos dice: “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia y todas las cosas se le añadirán” (Mt 6, 33).
Es una buena señal que el Miércoles de Ceniza, que no es un Día Santo de Precepto, esté entre los días con más asistencia a Misa. Su significado puede cambiar de año en año. Lo cual es algo bueno también.
(Traducido por Hno. Moisés Rueda MS, Cochabamba, Bolivia)